La primera que se escapó 38
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—Es Vera.

Su madre llevaba despierta desde antes. La radio de la nevera estaba encendida, muy bajita, y en el fregadero había dos tazas lavadas.

—Me lo ha mandado la de enfrente —dijo Encarna—. Lo está viendo todo el mundo.

Mara miró la pantalla.

Su hija. La cara de su hija, blanca de flash, contra una pared de cal sucia. El pelo apelmazado, sin peinar. La sudadera del revés con el cuello asomando por la chaqueta vaquera. Los ojos. Los ojos de Vera, oscuros, fijos en la cámara, sin pestañear.

Mara tocó el triángulo de la pantalla con el dedo.

—Me llamo Vera Ferreras. Tengo dieciséis años. Estoy bien. No me han hecho daño.

La voz le llegó por el altavoz del móvil, pequeña, metálica, y la cocina entera se quedó quieta alrededor. Su madre dejó de secar la taza que tenía en la mano. La radio siguió hablando sola.

Vera contó. Contó el secuestro de 2007. Contó que se llamaba Inés Valverde.

Contó que no lo supo hasta hacía tres semanas, por un desconocido, por internet.

Que su madre nunca le había contado nada.

Nunca. Que en su casa esas cosas no se decían.

Contó lo del pendiente en la mesita, y que le había preguntado qué era, y que su madre le había dicho que era una baratija.

Cada frase era verdad. Mara las fue recibiendo una por una, con el cuerpo quieto y las manos encima del hule.

—Y hace años, cuando yo era pequeña, una vez me dijo que sabía que el señor Rebollo era inocente.

Mara dejó de respirar.

—Que lo sabía. Y no hizo nada.

Encarna se volvió hacia ella. Mara lo notó sin mirarla.

—Mamá. —La cara de Vera, más cerca de la cámara, los ojos brillantes—. Di la verdad. Por favor. Dila entera.

El vídeo se acabó y se congeló en la última imagen, la boca de Vera medio abierta, y encima, en letras blancas, el número de reproducciones. Más de un millón.

Encima del vídeo, el móvil de su madre empezó a encender notificaciones, una detrás de otra, de un periódico, de otro, de la radio. Mara las leyó sin querer.

El hijo de Rebollo guardaba los trofeos del asesino del Puente.

Hallan en el coche del secuestrador las lunas de las cuatro víctimas.

La hija de la superviviente del Puente: «Mi madre sabía que Rebollo era inocente».

Debajo, en la pantalla de su madre, alguien había compartido el vídeo en un grupo de vecinos. Los comentarios bajaban solos. Mentirosa. Qué asco de mujer. Diecinueve años. Esa no se escapó de nada. Asesina.

Asesina.

Encarna le quitó el móvil de delante con un gesto rápido y lo puso bocabajo en la encimera.

A las 07:25 llamaron a la puerta. Encarna fue a abrir. Volvió seguida de Llorente, que traía la chaqueta de plumas mojada de niebla y la cara de no haber dormido. Encarna las miró a las dos y salió de la cocina. Dejó la puerta entornada.

Llorente se sentó enfrente. Miró el abrigo azul marino en el respaldo de la silla de Mara. No dijo nada del abrigo.

—Imagino que ya lo ha visto. Y lo de los trofeos.

—Sí. Las dos cosas.

Llorente le contó lo del Seat León en la estación, en cuatro frases, sin adjetivos. La caja de puros. Las cuatro lunas. Cuando terminó, bajó la vista al hule.

—Yo no me lo creo —dijo al fin, en voz más baja—. Todavía no puedo decirle por qué. Pero no me lo creo.

Mara levantó la cabeza. La teniente nunca le había dicho hasta entonces lo que pensaba.

—¿Puedo verlo otra vez? —dijo Mara.

Llorente sacó su propio móvil, buscó el vídeo y lo dejó sobre la mesa, entre las dos.

Mara lo vio otra vez. Ya no escuchaba las palabras. Miraba a su hija. La cara. La boca. Los ojos, que se movían un poco a la izquierda cuando decía algo difícil, hacia donde tenía que estar Samuel. Las manos, fuera de plano. Los hombros.

Y en la frase de Rebollo, lo vio.

Dos dedos. Un segundo. Vera se apartaba el pelo de la oreja izquierda, un gesto de nada, por un mechón que molesta. Y los dos dedos se quedaban un instante más en el lóbulo, apretándolo, antes de bajar.

Mara paró el vídeo. Lo echó atrás con el pulgar. Lo volvió a poner.

Ahí estaba. En la misma frase, justo al llegar a «inocente». Dos dedos en el lóbulo de la oreja izquierda.

Mara se echó hacia atrás en la silla.

—¿Qué pasa? —dijo Llorente.

—Está mintiendo.

Llorente se inclinó sobre la pantalla.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó.

—Se toca la oreja. —Mara señaló con el dedo, sin tocar el cristal—. La izquierda. El lóbulo. Lo hace desde los seis años, desde el día que juró que no había roto ella el espejo del baño. Cuando miente, se lo toca. No se da cuenta. No lo sabe nadie más que yo.

Llorente volvió a poner el vídeo. Lo vio con la cara pegada al móvil. Lo echó atrás. Lo vio otra vez.

—Joder —dijo, muy bajo.

Mara miró la taza de café frío. Le vino, sin que la llamara, una tarde de octubre de 2007.

El banco de la ribera. Las pipas. Inés con una luna de plata delante del ojo, mirando el cielo a través de la curva.

La luna es mentirosa. Cuando la ves así, con forma de C, parece que está creciendo.

Y está menguando. Te dice lo contrario de lo que hace.

El vídeo parecía una acusación. Una hija que acusaba a su madre delante de un millón de personas. Y no lo era. Era otra cosa.

Vera no se lo decía a ella. Se lo decía a él. A Samuel. Le estaba dando lo que él quería oír, con la voz firme y la cara seria, para que se fiara de ella y bajara la guardia. Su hija, en un sótano, con dieciséis años, había cogido lo que tenía a mano y lo había usado.

Y lo peor era que la frase era verdad.

Mara no se lo había dicho nunca a Vera. Pero lo había sabido. Lo había sabido en una sala de vistas de Zamora, detrás de un biombo, en 2009, al oír la voz ronca de aquel hombre. Y no había hecho nada. Vera se lo había inventado, y se lo había inventado bien. Había acertado sin saberlo.

—Hay que decirlo —dijo Llorente—. Que es mentira. Que la cría lo ha dicho bajo presión. Así se le quita la mitad del ruido.

—No lo voy a desmentir —dijo Mara, con la voz muy tranquila.

Llorente levantó la vista.

—Nunca. Ni ahora ni después. Si lo desmiento, él lo sabe. Y si él lo sabe, sabe que ella le ha mentido.

Llorente apretó los labios. Asintió una vez.

En la radio de la nevera daban las 07:58. Mara miró la cara de su hija, congelada en el móvil, con la boca medio abierta y los ojos fijos en la cámara.

—Está mintiendo —dijo.

Y después, más bajo:

—Bien.