La primera que se escapó 37
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—¿Y Inés?

Luisa Valverde estaba en la entrada de urgencias, en bata.

Una bata de felpa rosa, gastada en los codos, abierta por encima de un camisón, con zapatillas de casa y el pelo aplastado de un lado, de la almohada.

Tenía los ojos muy abiertos y la boca también, y respiraba como si hubiera venido corriendo desde Castrovado.

Mara la vio desde la camilla, por el hueco de la cortina.

Tenía una manta térmica por encima, dorada, que crujía cada vez que respiraba, y los pies vendados hasta los tobillos, y una vía en el brazo izquierdo.

La mano derecha la tenía cerrada debajo de la manta.

No se había abierto en toda la mañana. Tenía la boca seca, con un sabor a moneda que no se le iba.

—¿Dónde está Inés? —Luisa miraba las camillas una por una.

Entró sin que nadie la dejara. Una enfermera le dijo algo y ella no la oyó.

Antes de aquello, todo había pasado en trozos.

La ambulancia. El techo blanco de la ambulancia, lleno de cosas colgadas que se movían con las curvas.

La guardia de la cara redonda sentada a su lado en el banco, con el chaquetón todavía puesto encima de Mara, sin hablar.

Un hombre con bata verde que le pedía que abriera la mano, que la abriera, bonita, que no pasaba nada.

Y ella que no podía. Y el pitido, todo el rato, detrás de los ojos.

Al bajar de la ambulancia, la guardia le había quitado el chaquetón de los hombros con cuidado, para devolvérselo a sí misma, y Mara había notado el frío de golpe en la espalda, el frío de verdad, el de fuera, y había estado a punto de agarrarlo con la mano izquierda para que no se lo llevara.

No lo había hecho. La guardia se había ido por el pasillo con el chaquetón en el brazo, sin volverse.

Una enfermera joven le había limpiado los pies en una palangana de agua templada que se fue poniendo marrón y al final roja.

Con unas pinzas, uno a uno, le fue sacando de las plantas trozos de rastrojo, astillas finas, amarillas, clavadas en la carne.

Las iba dejando en una gasa encima de la camilla.

Mara las contó sin querer. Veintitrés. La enfermera no le preguntó cómo se las había clavado.

Le dijo que era muy valiente por no quejarse.

Un pasillo. Luces en el techo pasando una detrás de otra, como las rayas de la carretera.

Voces. Y de pronto una voz que conocía, gritando en el pasillo, una voz de hombre rota como no la había oído nunca: su padre.

Julio Quiroga, que no levantaba la voz ni en el fútbol, gritando su nombre en un pasillo de hospital.

Entró en el box sin que nadie pudiera pararlo y la abrazó con la manta térmica y todo, crujiendo, y Mara notó que su padre temblaba, que le temblaba la espalda entera debajo de la chaqueta, y no supo qué hacer con los brazos.

Los dejó donde estaban. Y su madre detrás, sin gritar, con la cara blanca y las manos juntas contra el pecho.

Luego un hombre de uniforme. Mayor, con bigote, con la gorra debajo del brazo. Olía a tabaco y a colonia de afeitar. Se sentó en una silla al lado de la camilla, muy cerca, y le habló con frases cortas, como a una niña pequeña.

—Soy el capitán Sáez, Mara. De la Guardia Civil. Tú tranquila. Ya estás bien. Solo necesito que me digas unas cosas.

Y ella se las dijo.

¿Te acuerdas de lo que pasó? Me cogieron. ¿Dónde? Volviendo de la verbena. ¿Ibas sola?

—Estaba sola.

La primera vez, en el Puente, le había salido antes de que nadie le preguntara nada. Como un vómito. La segunda, en la ambulancia, a la guardia, en voz baja, casi sin mover la boca. La tercera, al médico de la bata verde. La cuarta, ahora, al capitán.

Estaba sola. Cada vez le costaba menos. Se dio cuenta en ese momento, con el capitán delante, y se asustó un poco, y lo repitió para que no se le notara.

—¿Te dieron algo en los días de antes? —preguntó el capitán, mirándola con atención—. ¿Algún regalo sin firmar? ¿Algo que te llegara al buzón?

Mara se quedó quieta.

El banco de la ribera. Las pipas. Inés abriendo la cajita encima de las rodillas. Alguien me quiere. Y ella mirando su propio buzón aquella tarde, vacío, una factura de la luz y un folleto.

—No —dijo, sin mirarlo.

Era verdad. Era lo único verdadero que había dicho desde el Puente. A ella no le habían mandado nada.

El capitán la miró un momento más y apuntó algo en una libreta pequeña. Le dio una palmada en la mano izquierda, la de la vía, se levantó y salió, y Mara lo oyó hablar en el pasillo con su padre en voz baja. Y después, Luisa.

—¿Y Inés? —repitió Luisa, ya junto a la camilla.

Tenía las manos agarradas al borde de la cortina—.

No ha dormido en casa. No ha dormido desde el viernes.

Genaro dice que se habrá ido con alguno.

Pero el viernes salisteis juntas. Salisteis juntas, Mara.

Encarna me dijo que ibais juntas a la verbena.

Mara la tenía muy cerca. Luisa olía a vino. No mucho. Lo de siempre, lo de la cocina, el olor de aquella casa pegado a la bata. Tenía los ojos rojos y una mancha de café en el pecho de la bata.

En su cabeza se abrió un ventanuco. Negro. A ras de suelo. Una mano que resbalaba por su mano, despacio, por las yemas, hasta la punta del dedo corazón. Lo cerró.

—Nos separamos en el Puente —dijo.

—¿En el Puente? —Luisa se le acercó más—. ¿A qué hora? ¿Se fue sola? ¿Por dónde se fue?

—Por la estación. —Mara miraba la mancha de café de la bata—. Sola. No sé la hora. Tarde. —Tomó aire—. Hablaba de irse a Madrid.

Luisa no se movió.

La enfermera volvió a decir algo. Esta vez Luisa la oyó.

Soltó la cortina y dio un paso atrás, y otro, y detrás tenía una silla de plástico naranja, de las del pasillo, y se dejó caer en ella.

Las zapatillas de casa le quedaban grandes.

Una se le salió del pie y quedó en el suelo, del revés. Nadie la recogió.

En el pasillo pasaban cosas. Su padre hablando con el capitán.

Una camilla con un viejo. Una limpiadora con un cubo y una fregona.

La madre de Mara entró, miró a Luisa en la silla, dudó un momento y se sentó en la camilla, al lado de su hija, y le puso la mano en la frente.

No le preguntó nada, ni siquiera por Inés.

Mara cerró los ojos. Debajo de la manta, la mano derecha se le apretó más. Las uñas se le clavaban en la palma y no aflojó.

Pasó un rato. No sabía cuánto. El reloj de la pared, encima de la puerta, marcaba las 09:52 cuando volvió a abrirlos.

Luisa seguía en la silla naranja con un pie descalzo. Tenía la cabeza baja y las manos entre las rodillas, y estaba hablando sola. Muy bajo. Mara tuvo que dejar de respirar para oírla.

—Sin la lata no se va.

Lo dijo una vez. Luego otra, más bajo todavía, mirando la zapatilla del suelo.

—Sin la lata no se va.

En el pasillo, el capitán Sáez se reía de algo con un médico. Su padre hablaba por teléfono. La enfermera apuntaba cosas en una carpeta. Su madre le acariciaba el pelo con la mirada perdida en la pared. Nadie la escuchó.

Mara sí.