La primera que se escapó 36
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Samuel traía el móvil encendido, con la pantalla llena de números.

Vera no dormía. Había hecho la cincuenta y cinco hacía poco, a lo que ella calculaba que eran las tres, y se había quedado sentada debajo del ventanuco con la piedra en la mano, mirando las rayas nuevas al lado de las viejas.

Las suyas eran más gruesas. Más blancas.

Las de Inés eran finas, hechas con algo de metal, y la cal se había cerrado un poco sobre ellas con los años.

Samuel no fue al escalón esta vez. Cruzó el sótano casi corriendo y se puso de rodillas frente a ella con el móvil en alto y la pantalla vuelta hacia su cara.

—Mira. Mira esto. —Le temblaba la pantalla en la mano.

El vídeo. Su cara en una pantalla pequeña, blanca de flash, con la pared de cal detrás. Debajo, un número: 412.000.

—A las dos y cuarenta lo he colgado. Desde Toro, desde la gasolinera.

He hecho capturas antes de volver. —Samuel hablaba deprisa, bajito, con una alegría que le salía por todas partes y que no sabía dónde poner—.

Menos de una hora. Cuatrocientas doce mil.

Son las tres y media de la mañana y lo están poniendo en la tele, Vera.

En todas. Lo ha compartido gente que no conozco de nada.

Gente de Madrid. De Barcelona. De México.

Vera miró su propia cara en la pantalla. No se reconoció. Parecía mayor. Parecía segura. Cuatrocientas doce mil personas le habían visto la cara y ninguna sabía dónde estaba. Menuda fama, pensó.

—Mira lo que dicen.

Bajó con el pulgar a los comentarios y empezó a leerlos en voz alta, uno detrás de otro, sin esperar.

—«Pobre cría. Qué valiente.» «Esa madre a la cárcel ya.» «Diecinueve años sabiendo que había un inocente preso. Asco.» «Justicia para Anselmo Rebollo.» «Yo me acuerdo del caso, mi madre era de Toro, siempre decían que el del desguace no era.» «Que hable la madre.» «Que hable.» «QUE HABLE.»

Leía y se reía, una risa corta, por la nariz, de no creérselo. Vera escuchaba y miraba la pared.

Esa madre a la cárcel ya.

Le vino la cara de su madre en la cocina, blanca, con el sudor encima del labio. La apartó. No la apartó del todo.

—Tienes hambre —dijo Samuel de pronto, levantando la vista del móvil—. Tienes que tener hambre. Espera.

Subió la escalera de dos en dos. Y dejó la puerta abierta.

Vera miró el hueco de arriba. Por primera vez desde el viernes, la puerta de tablas estaba abierta del todo, y arriba había una luz distinta, amarilla, de lámpara, y un olor a casa. A leña quemada. A café.

Oyó a Samuel moverse arriba. Una nevera que se abría. Un cajón.

No subió del todo. Fue hasta el pie de la escalera y subió tres escalones, no más, con la piedra en la mano, y miró. Él no la estaba poniendo a prueba. Simplemente se le había olvidado cerrar.

Desde el tercer escalón se veía lo que había arriba.

No mucho. Un trozo de cocina. Una pared encalada con un calendario viejo de una cooperativa.

Una chimenea grande, de campo, con la boca negra y un rescoldo todavía rojo.

Al lado de la chimenea, apoyado contra la piedra, un atizador de hierro con la punta doblada.

Y más allá, en la pared del fondo, una puerta de madera gruesa, la de la calle, con dos cerrojos de los antiguos, uno arriba y otro abajo, y una cerradura grande de las de llave larga.

La llave no estaba en la cerradura.

Oyó la nevera cerrarse. Bajó los tres escalones y volvió al colchón.

Samuel bajó con dos platos. Tortilla de patatas fría, de las de bolsa, cortada en cuadrados, y pan. Le dio uno y se sentó con el otro en el escalón. La puerta de arriba seguía abierta. Comieron.

Vera buscó la llave con los ojos sin mover la cabeza. La vio cuando Samuel se inclinó para dejar el plato en el escalón. Asomaba del bolsillo derecho del pantalón, una llave de hierro, larga, antigua, con una anilla grande.

Vera bajó la vista a su tortilla.

—Está buena —dijo, con la boca llena.

—Es de bolsa.

—Ya. Está buena igual.

Samuel sonrió. Era la primera vez que le veía sonreír de verdad. Se le iba toda la cara hacia arriba, las ojeras, la mandíbula, y parecía de pronto mucho más joven. Casi un chaval.

—Esta noche se acaba —dijo—. Pase lo que pase.

—¿Qué quieres decir con eso?

—A las diez menos veinte te llevo a casa, diga lo que diga tu madre. —Se había puesto serio otra vez—. Diga la verdad o no la diga. A esa hora se cumplen las cuarenta y ocho horas y te llevo a tu casa. Te lo juro. Yo no soy como ellos.

Vera se quedó con el trozo de pan en la mano.

Casa. Su casa. Sintió alivio. Y debajo del alivio, pena, y no supo de qué.

—¿Y si ella no dice nada?

—Pues la gente ya lo sabe. —Señaló el móvil—. Ya lo has dicho tú. Ya da igual lo que diga ella. Lo que importa es que la gente lo sepa. Eso me lo enseñó él.

—¿Quién es él? —preguntó Vera, sin mirarlo, pasando el pan por el plato.

Samuel tardó en contestar. Se miró las manos.

—Un hombre que me salvó. —Lo dijo bajo—.

Cuando murió mi padre yo tenía diecisiete años y no quería seguir.

En serio. No quería. Y apareció él. Me escuchó.

Me dijo que había conocido el caso por dentro, que nunca se lo había creído, que yo tenía razón.

Nadie me había dicho nunca que yo tenía razón.

—Hizo una pausa—. Me enseñó muchas cosas.

Me enseñó que la gente dice la verdad cuando se le acaba el tiempo. Solo entonces. Nunca antes.

Vera dejó de mover el pan.

Samuel se levantó, recogió los dos platos y subió. Esta vez, al llegar arriba, se volvió y esperó un momento en el umbral, mirándola desde lo alto de la escalera, con la luz amarilla de la cocina detrás.

—Él dice que tu madre acabará contándolo todo —dijo—. Que solo necesita que se le acabe el tiempo.

Cerró la puerta. El cerrojo.

Sola otra vez con la bombilla, Vera hizo la cincuenta y seis a lo que calculó que eran las cuatro.

A las cinco, la cincuenta y siete. A las seis, con las manos heladas y los ojos abiertos, la cincuenta y ocho.

Entre raya y raya no durmió. Se quedó quieta contra la cal, con la piedra en el puño, y la frase de Samuel le fue dando vueltas hasta que dejó de oír las palabras y le quedó solo lo otro.

Se le acabe el tiempo.

Lo otro era la forma en que estaban puestas las palabras, la manera de caer al final sin subir la voz.

Samuel lo había dicho con su voz normal, la de un hombre grande que habla flojito para no molestar.

Pero debajo había otra voz. Una que no era la suya.

Más baja. Más tranquila. Una voz que contaba despacio, uno, dos, tres, cuatro, en una habitación con calor, con un reloj haciendo tic encima de una mesa.

Vera la conocía.

No sabía de qué. No sabía de quién. Pero la conocía.