La primera que se escapó 35
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—Desde el jueves a última hora —dijo el guardia de Zamora, un chaval con las orejas rojas de frío—. Aquí hay trenes a Madrid a primera hora. Si alguien ve el coche, piensa que ha cogido uno.

—Eso es lo que quería que pensáramos.

Llorente dio la vuelta al coche con la linterna. Cerrado. Sin forzar. Las ruedas bien, los cristales enteros. Nada en los asientos. Una botella de agua vacía en el suelo del copiloto, un tique de gasolinera, un rosario colgado del retrovisor que no pegaba con nada de lo que sabía de él.

Si el León estaba aquí desde el jueves, Samuel llevaba desde el jueves en otro coche.

A las 04:08 llamó a Cuesta. Cuesta tardó diez minutos en devolverle la llamada, y cuando lo hizo tenía la voz de haberse vestido corriendo.

La tía. Benita, la hermana del padre, la que lo crio, la de la calle del Río.

El sábado a mediodía un guardia había llamado a su puerta y nadie había abierto.

Nadie había mirado el garaje. Benita estaba en Benavente desde el martes, en casa de otra hermana, por una operación de cadera.

Cuesta la había despertado por teléfono.

La mujer había tardado en entender qué le preguntaban.

—El Renault —dijo Cuesta—. Tiene un Renault 19 en el garaje, de su marido, que en paz descanse. No lo usa nunca. Granate. Le he mandado a un guardia a mirar. El garaje está vacío, teniente.

Llorente apuntó la matrícula en la libreta. Pidió que la pusieran en todas partes. Un Renault 19 granate con treinta años encima, en una comarca de caminos de tierra. Alguien tenía que haberlo visto.

A las 04:15 llegaron los de Criminalística, con los ojos hinchados y los monos blancos a medio subir.

Abrieron el León con la llave que se había dejado Samuel en el cajetín de la entrada del piso de Zamora, la de repuesto, la que habían recogido el sábado en el registro.

Abrieron las puertas. Abrieron el maletero.

Estaba casi vacío. Una manta de viaje doblada, un triángulo de emergencia, unos cables de batería. El guardia de Criminalística levantó el suelo del maletero, la tabla forrada de moqueta, y debajo estaba el hueco de la rueda de repuesto, con la rueda.

Y entre la rueda y la chapa, encajada, una caja de puros.

De madera clara, con una etiqueta de colores medio arrancada. La sacaron entre dos, con cuidado, y la pusieron encima de la manta de viaje, a la luz de las linternas. El de Criminalística levantó la tapa con la punta de un bolígrafo.

Dentro, sobre el fondo de madera, sueltas, sin algodón ni caja ni nada, había cuatro lunas de plata.

Cuatro. Del tamaño de una uña. Con su poste y su cierre. Iguales entre sí e iguales a las dos que llevaba Llorente en fotos en el móvil desde el viernes por la noche.

El chaval de las orejas rojas se santiguó.

Una por víctima. Lorena. Sheila. Rocío. Tamara. El otro pendiente de cada par, el que no había aparecido nunca, el que se había quedado el asesino todo ese tiempo. Ahí, en el maletero del hijo, debajo de una manta de viaje, en el aparcamiento de una estación.

Llorente se quedó mirando la caja.

Lo vio entero, antes de que pasara. En una hora estaría en las redes, en todas, con foto o sin ella: el hijo guardaba los trofeos del padre.

Rebollo sí fue. El hijo lo sabía y lo guardaba y se ha llevado a la cría para vengarse.

Y todo lo que Mara Ferreras había dicho aquella tarde delante del puesto, con el folio temblando, no iba a valer nada.

Ni lo de Inés, ni lo de la nave, ni lo de Rebollo.

Una mujer que llevaba diecinueve años mintiendo y que ahora, de repente, con la hija secuestrada, se ponía a desdecirse.

Nadie iba a creer a esa mujer. Y encima estaba el vídeo de la cría, que Llorente había visto dos veces antes de dormirse, en la silla del puesto: su madre sabía que Rebollo era inocente.

Se agachó junto al maletero y enfocó con la linterna.

El hueco de la rueda de repuesto tenía polvo.

Una capa gris, fina, uniforme, de meses, en la chapa y en la goma de la rueda.

La caja de puros, no. La tapa estaba limpia.

Los cantos estaban limpios. Donde había estado apoyada, en la chapa, había una marca rectangular sin polvo, nítida, de bordes rectos.

Llorente mantuvo la linterna sobre la marca.

Pensó en un cajón. En una oficina de chapa, al fondo de una nave, un martes a las 23:12. Clips. Una grapadora sin grapas. Un calendario de neumáticos. Y el miércoles a las 10:00, en el mismo cajón, una cajita y dos tarjetas.

Un cajón que ayer estaba vacío.

Hizo la foto del polvo con el móvil, desde tres ángulos, como hacía fotos de todo desde la academia. Le pidió al de Criminalística que lo anotara en el acta, con la hora, y el de Criminalística la miró raro y lo anotó.

A las 04:50 le sonó el móvil. Un número fijo de Castrovado. Lo cogió de pie, al lado del maletero abierto, con la caja de puros todavía encima de la manta.

—¿Ves? —La voz de Sáez sonaba despierta, clara, casi contenta, la voz de un hombre que lleva desde 2007 esperando tener razón—.

Rebollo sí fue. Tanto lío, tanta tele, tanta declaración.

Y el hijo con los pendientes en el maletero.

Ya te lo dije, niña. Tú encontraste la cajita. No vengas ahora con dudas.

Llorente no contestó enseguida.

Miró la caja. Miró a los dos de Criminalística, al chaval de las orejas rojas, a los de la patrulla de Zamora, que no habían apagado el motor.

Nadie más. Nadie había salido de aquel aparcamiento desde que se abrió el maletero.

Nadie lo había contado todavía a nadie, salvo a ella, y ella solo a Cuesta, y Cuesta a quien estuviera de guardia en el puesto a esas horas.

Pedrosa. Pedrosa estaba de guardia en el puesto.

—¿Cómo sabe lo del maletero, capitán? —dijo—. Todavía no lo ha dicho nadie.