La primera que se escapó 34
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Mara estaba sola en el centro del Puente, de cara a la vega norte, y no reconocía nada.

Los pies la habían traído. Los mismos pies.

Se agarró a la barandilla. El hierro estaba helado y mojado. Empezó a contar los remaches sin querer, desde el último que tenía delante hacia el norte. Uno. Dos. Tres. Los fue tocando con la mano izquierda mientras andaba hacia el otro lado.

Treinta y uno. Treinta y dos.

Se paró. Los había contado así. Aquella madrugada.

Descalza, con la mano cerrada, con el pitido.

Si llegaba a cien, no iba a pasar nada. No había llegado a cien.

Se le había ido la cuenta en el cuarenta y algo, cuando bajaron los faros por la carretera del río y se abrió una puerta y una chica con un chaquetón verde se le acercó despacio, con las manos abiertas, como a un perro que muerde.

Siguió andando. Dejó de contar.

Quería hacerlo al revés. Recorrer la huida desde el final, desde el Puente, hasta donde fuera. El Puente, el carrizal, la ribera, el camino, el rastrojo, la casa. Si llegaba al camino, lo reconocería. Si llegaba al camino, sabría dónde estaba la casa.

Llegó al extremo norte. Los tablones se acababan en un escalón de piedra.

Después empezaba la tierra, un sendero que bajaba entre las zarzas hacia la orilla y se perdía en la niebla a los diez metros.

A la derecha, río arriba, los chopos. A la izquierda, río abajo, los chopos.

Todo igual. Todo gris. Ni una luz. Ni un tejado.

No le sonaba nada.

Se quedó allí, en el último tablón, con la mano en el último remache. Cerró los ojos. Buscó el carrizal, las cañas, el agua fría hasta los tobillos, los faros barriendo. Lo tenía. Buscó la ribera, las raíces, la carrera. Lo tenía, a trozos. Buscó el camino.

El camino estaba. La tierra aplastada, fría, con piedras pequeñas. El frío en los pies. Pero no estaba en ningún sitio. No tenía árboles alrededor, ni una curva, ni una cuesta, ni nada que dijera por dónde iba. Era un camino suelto, flotando en lo negro, con una casa al fondo.

Abrió los ojos. Niebla.

Bajó un pie al escalón de piedra. Luego el otro.

Tenía delante el sendero, tierra oscura entre las zarzas, y la niebla que se lo comía a los diez metros.

Podía seguir. Podía bajar a la orilla norte y andar río arriba, sola, a oscuras, a ver si los pies se acordaban de lo que ella no.

Dio un paso en la tierra. Otro. Las zarzas le rozaron el pantalón.

Se paró. Le temblaban las piernas y no era de frío. Delante no había nada que ver y todo le daba miedo, la niebla, los chopos, el ruido del agua, y no sabía si era miedo de ahora o de entonces. Volvió a subir al escalón. Volvió al último tablón. Se agarró al último remache con toda la mano.

Media vida contando otra historia, diciendo nave, diciendo orilla sur. Y esa misma tarde, en el hostal, tren. Lo había dicho tantas veces que la otra orilla se le había borrado. Ya no sabía si se acordaba de algo o se acordaba de haberlo contado.

—No deberías estar sola aquí.

La voz vino de detrás, a pocos metros. Baja.

Mara se volvió. Había un hombre alto en los tablones, con el abrigo abrochado hasta arriba, recortado contra la luz amarilla de la única farola, al fondo. Terminó de acercarse sin prisa.

—Te he visto desde la ventana —dijo Lamela cuando llegó a su lado—. No podía dormir. Y he visto a alguien en el Puente, a estas horas. —La miró—. Estás helada.

—Estoy bien —dijo ella, con la mandíbula apretada para que no le temblara.

—Estás helada, Mara.

No discutió. Se quedaron los dos de pie en el último tramo de tablones, mirando la niebla del lado norte.

—Me ha llegado otro mensaje —dijo ella—. A las diez menos veinte.

Lamela no preguntó qué decía. Esperó.

Mara sacó el móvil y se lo enseñó. Él lo leyó con el móvil lejos de los ojos. Así había leído la foto de Vera en la nave. No cambió nada en su cara. Ni una ceja. Le devolvió el móvil.

—¿Es verdad? —preguntó. La misma pregunta que Llorente, dicha de otra manera, más suave.

—Sí. —Mara miró el agua que no se veía—. Alguien me vio salir. Me paré en el camino, me di la vuelta, miré la casa. Y alguien me vio. Estaba ahí, Andrés. En algún sitio. Mirándome.

Lamela tardó en hablar. Tenía las manos quietas en los bolsillos del abrigo. La niebla le había dejado gotas diminutas en el pelo gris y en los hombros.

—¿Qué más recuerdas del camino? —dijo.

Lo dijo con una calma perfecta. Con la voz de la consulta, la de los jueves, la que no subía nunca. Una pregunta más, de las que hacía siempre, para que ella siguiera hablando.

Mara buscó. Algo que tenía en las manos y no en la cabeza. Algo que no se contaba.

—Nada más —dijo.

—¿Oías algo? —Igual de suave—. ¿Olía a algo?

Mara se quedó quieta. Por un momento, en el Puente, le pareció que algo se le acercaba desde muy lejos, un olor, una cosa pequeña y seca que no era del campo. Se le fue.

—A rastrojo —dijo—. A campo de noche.

Lamela asintió, como si fuera la respuesta que esperaba de una paciente cansada a esas horas.

Se desabrochó el abrigo, se lo quitó y se lo echó a ella por los hombros.

Pesaba. Estaba caliente por dentro, del cuerpo de él.

Olía a la consulta, a tardes de jueves, a algo que Mara conocía desde los diecisiete y que nunca se había parado a nombrar.

Se lo subió hasta la barbilla con la mano buena.

Pensó, sin querer, en otro abrigo, en otro Puente, en una chica con la cara redonda echándole su chaquetón por encima en esos mismos tablones, y el pensamiento se le fue antes de terminarlo.

—Te llevo al hostal —dijo Lamela—. No vas a dormir, ya lo sé. Pero no vas a estar aquí sola.

—Tengo que avisar a mi madre.

—Tu madre está dormida. Le mando un mensaje.

Mara no tenía fuerzas para decirle que no por segunda vez aquel día. Asintió.

Él se dio la vuelta para irse. Y en vez de girar hacia el pueblo, hacia la farola y la patrulla y el hostal, dio dos pasos hacia el otro lado.

Hacia el escalón de piedra y el sendero que bajaba a la vega, a la niebla.

Dos pasos largos, seguros, sin mirar, como se da un paso por una calle que se hace todos los días.

Se paró. Se volvió hacia ella con una media sonrisa, un poco cansada, un poco avergonzada, la de un hombre al que han pillado distraído.

—Perdona —dijo—. Por las mañanas camino por ese lado.