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—Él dice que hay que apretar más.
Samuel estaba sentado en el último escalón con el móvil viejo entre las manos, los brazos apoyados en los muslos y la cabeza baja. Había bajado sin hacer ruido, o Vera no lo había oído, y cuando levantó la vista ya estaba ahí, abajo, en la penumbra, con la luz azul de la pantalla en la cara.
Él.
Vera siguió en el colchón. Hasta entonces había sido alguien que sabía cosas, alguien que estuvo cerca de la investigación. Ahora era él. Un hombre. Uno que decía cosas y Samuel las repetía.
—¿Apretar qué? —preguntó Vera.
Samuel se frotó los ojos con el pulgar y el índice de la mano herida. Tenía los nudillos negros de costra.
Vera no quiso saber qué era apretar. Se lo notó en el estómago antes que en la cabeza: una cosa fría que se le encogía.
Apretar a quién. Apretar cómo. Miró la pared, las rayas.
Había hecho la cincuenta y una a lo que ella había calculado que eran las once, con la piedra, y la cincuenta y dos le tocaba pronto.
—Mira —dijo Samuel. Se levantó, cruzó el sótano y le puso el móvil delante. Esta vez no se lo quitó enseguida. Esperó a que leyera.
Un mensaje enviado. Sábado, 21:40.
Hora 24. Te paraste en el camino y miraste atrás. Cuéntales por qué seguiste corriendo.
Vera lo leyó dos veces.
Te paraste en el camino. Miraste atrás.
Su madre a los diecisiete, fuera ya, libre, corriendo por un rastrojo en la oscuridad. Parándose. Dándose la vuelta. Mirando la casa donde se había quedado la otra. Y luego echando a correr otra vez.
Se lo guardó. No sabía dónde ponerlo todavía, así que lo dejó al lado de lo de la promesa, en el mismo sitio, para más tarde. Y al lado dejó otra cosa, una pregunta que no hizo: cómo sabía él aquello. Cómo sabía nadie que alguien se había parado en un camino, de noche, sola, hacía tanto tiempo.
—No ha contestado —dijo Samuel, quitándole el móvil—. Nada. Dos horas y nada. La Guardia Civil está con ella todo el rato. Le han puesto a la de Madrid pegada al culo. Y ella no dice nada.
—A lo mejor no puede.
—Puede. —Samuel volvió al escalón y se sentó otra vez—. Él dice que puede. Que lo tiene todo dentro y que solo hay que apretar.
Vera se quedó mirándolo. El forro polar gris, los hombros caídos, las ojeras, la mano con costra agarrada al móvil. Dos días sin dormir. Tres. No sabía cuántos.
Y pensó: si él aprieta, ¿qué me va a pasar a mí?
La pregunta le dio frío. La apartó enseguida, como apartaba las otras, y en el hueco que dejó se le ocurrió otra cosa. Muy rápido. Tan rápido que no le dio tiempo a pensar si estaba bien.
—Grábame.
Samuel levantó la cabeza, sin entender.
—Que me grabes. Con el móvil. —Se puso de pie, con las dos mantas por los hombros—. Yo diré lo que ella no dice. Lo que me ha hecho a mí. Tú lo cuelgas. Que lo vea todo el mundo. Así sí que aprieta.
Samuel la miró mucho rato.
—¿Harías eso?
—Es mi madre. —Vera se encogió de hombros—. Me ha mentido toda la vida. Graba antes de que me arrepienta.
Samuel se levantó del escalón. Miró las paredes del sótano, una detrás de otra, y fue a ponerla delante de la de la escalera, la que no tenía nada, ni ventanuco ni rayas ni argollas. Cal sucia. Nada que se pudiera reconocer.
—Aquí. Quítate las mantas.
Vera las dejó caer. Hacía frío. Debajo llevaba la sudadera del revés y la chaqueta vaquera. Tenía el pelo pegado a la frente y las manos sucias de tierra. Samuel levantó el móvil con las dos manos, como había hecho por la mañana.
—¿Sonrío o no hace falta?
—Cuando quieras —dijo él, sin reírse.
Vera miró la lucecita roja y se puso derecha.
Empezó por lo verdadero. Era más fácil.
Dijo su nombre y su edad. Dijo que estaba bien, que no le habían hecho daño.
Dijo que su madre se llamaba Mara Ferreras y que en 2007, en Castrovado, la secuestraron con otra chica que se llamaba Inés Valverde.
Que ella no lo supo hasta hacía tres semanas.
Que su madre nunca le había contado nada.
Nunca. Ni el nombre de aquella chica. Que se había enterado por internet, por un desconocido, a los dieciséis años.
Que su abuela tampoco. Que en su casa esas cosas no se decían.
Dijo que el viernes su madre encontró un pendiente en la mesita, un pendiente de la chica que se quedó, y que ella le preguntó qué era, mirándola a la cara, y su madre le dijo que era una baratija.
La voz le salió firme. Se sorprendió de lo firme que le salía. Samuel no se movía detrás del móvil. Solo le subía y le bajaba el pecho.
Luego dijo la otra cosa.
No la tenía pensada. Le salió del mismo sitio que las demás, con la misma voz.
—Y hace años, cuando yo era pequeña, una vez me dijo que sabía que el señor Rebollo era inocente. —Se apartó el pelo de la oreja izquierda con dos dedos, los dejó un momento en el lóbulo y siguió—. Que lo sabía. Y no hizo nada.
Samuel bajó el móvil un centímetro. Lo volvió a subir.
—Mamá —dijo Vera, mirando la lucecita—. Di la verdad. Por favor. Dila entera.
Se calló y Samuel dejó de grabar. Siguió con los ojos en la pantalla, y Vera vio que le temblaba la barbilla y que lloraba.
No hacía ruido. Le caían las lágrimas por la cara sin que moviera nada, la boca cerrada, la mandíbula quieta por primera vez desde que lo conocía, como si todo el cuerpo se le hubiera parado menos los ojos.
—Lo sabía —dijo, con la voz rota—. Lo sabía. Diecinueve años.
Vera recogió las mantas del suelo y se las volvió a poner por los hombros. Tenía las manos heladas. Se sentó en el colchón, de cara a la pared de la escalera, la que no tenía nada.
Sabía lo que acababa de hacer. Lo sabía con una claridad que le daba náuseas.
Su madre iba a ver aquel vídeo. Lo iba a ver medio país.
Y en ese vídeo su hija decía una cosa que su madre no había dicho nunca, con la cara seria y la voz firme, y nadie en el mundo iba a poder demostrar que no era verdad. Ni siquiera su madre.
Samuel se secó la cara con la manga del forro. Miró el vídeo en la pantalla, pasándolo hacia atrás y hacia delante con el pulgar. Vera le contó las respiraciones. Diecisiete, hasta que dejó de sorberse la nariz.
—Se lo voy a contar a él antes de colgarlo —dijo—. Él sabe cuándo.
Vera se lo guardó con lo demás. Él sabía cuándo. Él decidía las horas.
Samuel se acercó hasta quedar a un paso de ella, de pie, sin agacharse esta vez.
—Gracias —dijo, muy bajo.
—De nada.
Vera se tocó el lóbulo de la oreja izquierda.