Inés. Hora 24
Un motor.
Inés se pone de pie de un salto. Se le va la cabeza, se agarra a la pared. El tobillo le arde dentro del candado nuevo y no le importa.
Es un coche. Viene por la carretera. Lo oye crecer, cambiar de marcha, acercarse.
Mara.
Con la Guardia Civil, con quien sea. Mara que viene.
Se sube al colchón y mira el ventanuco. Negro. La reja otra vez en su sitio, con sus cuatro tornillos. Y entonces la luz: una claridad amarilla que entra un momento por los barrotes, barre la cal de arriba abajo y le pinta rayas en la cara.
—¡Aquí! —Le sale ronco, sin voz, un graznido—. ¡Aquí abajo!
La luz sigue. Pasa. Se va hacia la izquierda y se pierde.
El motor no se para. Sigue por la carretera, cada vez más bajo, cada vez más lejos, hasta que ya no se oye.
Inés se queda de pie en el colchón con las manos en la cal, mirando el ventanuco negro.
Luego se sienta.
Él no baja. No hay pasos arriba, ni puerta, ni cuarto escalón. Solo la oscuridad y el cubo y la sed.
Para no oír la sed, se cuenta Madrid en voz alta.
—Un balcón. De hierro. Pequeño. Con la ropa tendida.
—Traga. No hay nada que tragar—. Una tele que funcione.
El metro. La línea verde. Me bajo en la parada que tengo rodeada en el plano.
No te he dicho cuál. Es sorpresa. Salgo a la calle y tú estás en la cocina, riéndote de algo, con las manos llenas de harina porque no sabes freír un huevo sin ponerlo todo perdido.
—Y te digo: tonta. Y tú me dices: tonta tú.
Se calla. Escucha. Nada.
Mete la mano debajo del colchón y saca el pendiente doblado. Busca a tientas la última raya. Cuenta los grupos con la yema. Cuatro de cinco. Tres sueltas. Y aprieta la punta contra la cal.
Veinticuatro.
—Un día, Mara. Un día —dice, a la oscuridad.