32
Lo había dejado allí, bocarriba, al lado del reloj verde, después de devolverle el suyo a Llorente. La pantalla iluminó el techo del coche desde abajo, blanca, y la niebla de fuera se puso blanca también, pegada a los cristales. Ninguna de las dos se movió.
Llorente miró el móvil y después a ella.
—Léalo usted —dijo Mara.
—Es suyo —dijo Llorente, sin tocarlo.
Mara lo cogió con la mano izquierda. Estaba frío. El mismo número. Sin foto.
Hora 24. Te paraste en el camino y miraste atrás. Cuéntales por qué seguiste corriendo.
Lo leyó una vez. No hizo falta más.
Siguió mirando la pantalla hasta que se apagó sola y quedó un rectángulo negro con el reflejo de su propia cara encima, pequeña, gris, con la boca entreabierta.
Te paraste en el camino y miraste atrás.
El camino. La tierra aplastada, fría, con piedras pequeñas que se le metían en las heridas de los pies. Las piernas que se le pararon solas. La vuelta. La casa a cuarenta pasos, negra, sin una luz. El rectángulo del ventanuco a ras de suelo, más negro todavía.
Nadie sabía eso. Nadie. No estaba en la declaración ni en el atestado, ni en las sesiones, ni en las fotocopias que se iban pasando de mano en mano por medio Zamora.
No se lo había contado a su madre, ni a Lamela en todos aquellos años de consulta, ni en los peores días, ni aquella vez de 2011 que pasó media hora callada en el sillón gris sin poder decir por qué.
Tampoco a Llorente aquella tarde en la cocina, ni a Luisa hacía una hora, con la lata en el regazo. A nadie.
Ni siquiera se lo había contado a sí misma, casi. Aquel minuto en el camino lo tenía guardado en un sitio donde no entraba, igual que no se entra en un cuarto donde ha muerto alguien.
Y alguien lo sabía.
Mara miró la niebla por el parabrisas. La luz del porche de Luisa, al otro lado, era una mancha amarilla sin bordes.
Si alguien sabía que se había parado en el camino, es que alguien lo había visto. No lo había adivinado. No se lo había inventado. Te paraste. Miraste atrás. Así, con esas palabras, las dos cosas, en el orden en que habían pasado.
Alguien lo había visto. Alguien estaba fuera.
Allí, en el coche, con la calefacción apagada y la niebla contra los cristales, le vino entero, de golpe.
El rastrojo. La casa. El camino. Ella sola en mitad de la noche, de pie, jadeando, con los pies sangrando, mirando hacia atrás.
Y en algún sitio de aquella oscuridad, en el rastrojo, en la cuneta, detrás de un árbol, a veinte metros, a cinco, alguien mirándola pararse y volverse.
Mirándola irse.
Y el motor que se había ido por la carretera sin que nadie bajara del coche. Nadie había salido a buscarla aquella noche. Nadie había tenido que salir.
Bajó la ventanilla. Entró el frío, húmedo, con olor a río y a leña de alguna chimenea.
La calle estaba vacía. La niebla se había tragado la esquina y la farola era una mancha.
No había nadie. Nadie la miraba ahora. Lo pensó y no se lo creyó, y subió la ventanilla hasta arriba y echó el seguro de las cuatro puertas.
Tiró de la manilla de la suya para comprobarlo. Aguantó.
No se había escapado.
Durante diecinueve años había sido la primera que se escapó.
La chica del Puente. M. Q., de diecisiete años, que huyó de su captor de madrugada por una ventana.
La valiente. Lo había sido para su madre, para los periódicos, para el juez, para Lamela, que se lo había dicho aquel martes, con el álbum abierto encima del hule.
Eres muy valiente. Lo había sido para sí misma los días buenos.
Y no se había escapado. La habían mirado irse.
Le tembló la mano que tenía libre. No la apretó. Se la puso encima del muslo, con la palma abajo, y la dejó ahí temblando, porque no tenía nada con que pararla.
Llorente no se había movido. Seguía en el asiento del copiloto, con la chaqueta de plumas abrochada hasta arriba y su móvil todavía en la rodilla.
Había leído el mensaje por encima de su hombro.
Mara no le había tapado la pantalla. Ahora la miraba de lado, sin prisa, como la había mirado en la comisaría, en casa de Encarna, hacía media hora en aquel mismo coche.
—Mara —dijo—. ¿Es verdad?
La pregunta era corta. No tenía nada alrededor. Ni una trampa, ni un tono. Solo la pregunta.
Mara pensó en decir que no. Lo tenía ahí, en la lengua, pequeño y fácil, como tantas otras veces. No. Estaba sola. No me paré. Corrí. Lo que dice la declaración.
Pensó en Vera a las 04:10, en el umbral de su cuarto, mirándola dormir.
—Sí —dijo, sin volverse hacia ella.
Llorente tardó en moverse. Asintió una sola vez.
—Salí por la ventana —dijo Mara. La voz le salía rara, más baja, atascada—. Crucé el rastrojo corriendo. Llegué a un camino. Y me paré. No sé por qué me paré. Me di la vuelta y miré la casa. Estuve así no sé cuánto. Poco. Un minuto. Y luego seguí corriendo.
—¿Vio a alguien? ¿Oyó algo?
—A nadie. Oí un coche antes, en la carretera. Se fue.
—¿Y en el camino?
Mara cerró los ojos. Buscó. Tierra. Frío. Un perro. La casa negra. Nada que pudiera decir en voz alta.
—Nada —dijo, y abrió los ojos.
Llorente sacó la libreta del bolsillo de la chaqueta y apuntó algo con letra pequeña, apretada, sin mirar el papel. Mara no le preguntó qué. El móvil de la teniente vibró en su rodilla. Lo miró.
—Fuentesaúco —dijo—. Otro pueblo. Otra vez. —Lo dejó bocabajo—. ¿Quién podía saber lo del camino, Mara?
—Nadie.
—Alguien —corrigió Llorente, sin levantar la voz.
Mara apretó el móvil contra el muslo. La teniente siguió mirando la niebla por el parabrisas.
—Si no se lo contó usted a nadie —dijo al fin—, el que escribe estaba allí. O conoce a alguien que estaba allí.
Mara pensó en el motor que se fue sin que nadie bajara del coche. En la oscuridad del camino, entera, sin nadie dentro.
En el salpicadero, el reloj verde marcaba las 21:43. Afuera, la niebla pasaba delante de los faros apagados y la luz del porche de Luisa seguía encendida. Mara fijó la vista en ella.
—Alguien me vio salir —dijo—. Y me dejó ir.