La primera que se escapó 31
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Los codos de Inés en el alféizar, y su mano buscando la de Mara en la oscuridad.

Mara estaba fuera. Entera. Había salido de lado, raspándose las caderas contra la piedra, con Inés empujándole los pies desde abajo, y al final se había dejado caer al rastrojo de bruces y había rodado y se había quedado un segundo boca arriba, mirando las estrellas, sin creérselo.

Aire. Cielo. Frío de verdad, el de fuera, que no olía a nada de allí abajo.

Un perro ladró lejos, hacia donde tenía que estar el pueblo. Otro le contestó. El viento movía el rastrojo con un ruido de papel arrugado. Ni una luz en ninguna parte, ni una casa. Solo aquel camino pálido a lo lejos y, detrás de ella, la pared de la casa, negra.

Te tumbas, te das la vuelta y me das la mano.

Se había dado la vuelta y se había tumbado boca abajo junto al hueco, con la cara casi dentro.

El rastrojo le atravesaba la camiseta y se le clavaba en la tripa, cientos de tallos cortados, secos, duros como palillos.

El borde de piedra del ventanuco le apretaba las costillas.

Tenía los pies desnudos y helados, el tobillo latiéndole, las rodillas mojadas de tierra.

No le importaba nada. Metió el brazo derecho por el hueco, hasta el hombro, y abrió la mano en la oscuridad de dentro.

—Aquí —susurró—. Estoy aquí.

Desde abajo le llegó la respiración de Inés, fuerte, rápida, y el ruido del colchón cuando se subió encima. Algo le rozó los dedos. Se fue. Volvió.

La mano de Inés encontró la suya.

Estaba fría y húmeda y le temblaba, y tenía las yemas en carne, ásperas de limar, y se agarró a la mano de Mara con una fuerza que Mara no le conocía. La mano derecha de Inés en la mano derecha de Mara, los dedos cruzados, las palmas pegadas, como dos personas que se saludan al revés.

—Tira —dijo Inés.

Mara tiró.

Tiró con todo el brazo, con el hombro, con la espalda, clavando los dedos de los pies en la tierra para no resbalar hacia el hueco.

Oyó a Inés gruñir abajo. Oyó sus zapatillas arañar la cal buscando dónde apoyarse.

Notó cómo el peso de Inés subía, poco, un palmo, otro, cómo se le tensaba el brazo entero hasta el cuello.

Los codos de Inés llegaron al alféizar.

Mara los notó a un lado y a otro de su propio brazo, dos puntas duras contra la piedra. Inés colgaba de ellos, jadeando, con la cara justo debajo del borde, a un palmo de la de Mara. Mara no la veía. La oía. Le llegaba su aliento en la mejilla, caliente, agrio, de dos días sin nada.

Le faltaba nada. Un tirón más. Los hombros por el hueco, de lado, y ya estaba, luego ya era cosa de arrastrarse.

—Un poco más —dijo Inés, con la boca pegada a la piedra—. Un poco más, Mara, ya casi.

Mara tiró. El hombro de Inés se atascó contra el borde, de frente, y no pasaba. Inés soltó el aire con un quejido.

—De lado —jadeó—. Espera. Tengo que ponerme de lado. No sueltes.

—No suelto.

—Ya te he dicho que peso.

Se le escapó algo parecido a una risa, allí abajo, colgada de los codos, con la cara contra la piedra, y a Mara se le escapó otra, y las dos se callaron enseguida porque el ruido era demasiado grande en aquel campo vacío.

Mara cambió de postura para tirar mejor. Apoyó la otra mano en el suelo. Cogió aire.

Entonces oyó el motor.

Lejos. Por detrás de la casa, por la carretera. Un coche que venía despacio, cambiando de marcha en la cuesta. El ruido fue creciendo, ronco, cada vez más cerca, y Mara dejó de tirar, con el brazo metido en el hueco y la mano de Inés en la suya.

Él.

Volvía.

Unos faros asomaron por la curva, detrás del tejado.

La luz saltó por encima de la casa, larga, blanca, y bajó al rastrojo lejano.

Barrió los tallos cortados de un lado a otro.

Se acercó. Se cortó en la sombra de la casa, a unos metros de ella.

Mara vio el borde de la luz en el rastrojo, blanco, y su propio brazo metido en el hueco hasta el hombro, negro, dentro de la sombra.

No se movió. No respiró.

La mano de Inés se le apretó más. Lo había notado, allí abajo, sin ver nada.

—¿Mara? —Un susurro pegado a la piedra—. ¿Qué pasa? Tira.

Mara no contestó. Tenía la mandíbula cerrada tan fuerte que le dolían las muelas. El frío del suelo le subía por la tripa, por el pecho, hasta la garganta. Miraba la esquina de la casa por donde había salido la luz y no podía mirar otra cosa.

—Mara. Tira.

El motor seguía allí. No se iba. Seguía sonando detrás de la casa, grave, y le pareció que se había parado, o casi, y Mara no podía saber si se iba a parar del todo, si se iba a abrir una puerta, si iba a oír unos pasos en la grava como los oyó en el camino de la ribera, rápidos, pesados.

Tenía la mano de Inés en la suya.

La luz volvió a pasar, más lejos, más débil. El motor seguía.

Y la mano se le abrió.

Los dedos de Inés resbalaron por los suyos, despacio, por las palmas, por las yemas, un roce largo que Mara notó entero, uno a uno, hasta la punta del dedo corazón. Y luego ya no notó nada.

Oyó los codos de Inés rascar la piedra. Un golpe sordo abajo, en el colchón.

Dentro de la cabeza, detrás de los ojos, empezó un pitido. Muy fino. Muy lejos. Como el de una tele encendida en otra habitación.

Mara sacó el brazo del hueco. Tenía la mano derecha vacía. Se le cerró sola.

Se puso de rodillas en el rastrojo. El motor seguía allí, detrás de la casa, ronco, y ella estaba de rodillas junto al hueco negro, y desde el hueco no llegaba nada, ni un grito ni su nombre. Solo una respiración rápida, a oscuras, allí abajo.

Mara se inclinó sobre el hueco. Le salió la voz rota, bajísima.

—Vuelvo a por ti.

Silencio. La respiración de abajo se paró un momento.

Y luego, desde la oscuridad, muy pequeño, la voz de Inés.

—Vale.

Mara siguió un segundo más de rodillas junto al hueco, con la mano cerrada contra el pecho. Abajo, en la oscuridad, oyó cómo Inés se movía, cómo volvía a subirse al colchón, cómo sus manos buscaban otra vez la cal, arañando, y no llegaban.

Mara se levantó.

Echó a correr por el rastrojo, descalza, sin mirar dónde pisaba.

Los tallos cortados se le clavaban en las plantas de los pies, uno detrás de otro, y ella seguía, más deprisa, con los brazos por delante como si pudiera abrirse paso en la oscuridad con las manos.

Tropezó. Se levantó. Oía su propia respiración, enorme, como si fuera de otra.

Detrás, el motor. Delante, la línea pálida del camino, cada vez más cerca, cada vez más ancha.

Llegó al camino. Tierra aplastada, fría, con piedras pequeñas.

Y se paró.

No supo por qué se paró. Las piernas se le pararon solas en mitad del camino, y ella se quedó allí, jadeando, con los pies sangrando en la tierra y los brazos colgando.

Se dio la vuelta.

La casa estaba ahí, a cuarenta pasos, una forma negra contra un cielo un poco menos negro, sin una luz.

Más baja de lo que había imaginado desde dentro.

Un tejado, una chimenea, una pared. Y abajo, a ras del suelo, en la pared de atrás, el ventanuco: un rectángulo más negro que todo lo demás, pequeño, del tamaño de una bandeja, con la reja tirada en el rastrojo a un lado.

Por ahí había salido ella.

Abajo, en lo negro, estaba Inés.

El motor se oía más lejos. Se iba. Se iba ya, por la carretera, hacia el pueblo, haciéndose pequeño, y nadie había abierto ninguna puerta, y nadie había bajado de ningún coche, y el rastrojo estaba vacío y quieto y a oscuras entre ella y el ventanuco.

Mara se tapó la boca con las dos manos.

Se la tapó fuerte, las dos palmas encima de los labios, una sobre otra, apretando, hasta que le dolieron los dientes. Se quedó así, en mitad del camino, de cara a la casa, con las manos en la boca. No salía nada.

Por un momento le llegó un olor que no era del campo. Se le fue antes de saber qué era.

Un perro ladró lejos. Otro le contestó.

Mara bajó las manos.

Se dio la vuelta y echó a correr por el camino, cuesta abajo, hacia donde el aire olía más a agua.

El camino se acababa en una chopera, y la chopera en una orilla, y en la orilla estaba el río, negro, ancho, que se oía antes de verse.

Mara bajó por la ribera tropezando entre las raíces, con los pies deshechos, con la mano derecha cerrada contra el pecho.

El río le quedó a la izquierda, corriendo en la misma dirección que ella, más deprisa que ella.

Delante, muy lejos, río abajo, había unas luces pequeñas, amarillas, como de bombillas de fiesta colgadas de una calle.

El pueblo. Entre ella y las luces, una mancha negra de cañas que se movían con el viento.

No pensó en nada. Corrió hacia las cañas.

Mara corrió con el río a la izquierda y no volvió a mirar atrás.