30
Vera dejó por fin que el desayuno le entrara en la cabeza.
Primero el café de Valladolid.
Hablaron una hora. Él habló casi todo. Su padre, la nave, la cárcel. Ella miraba las manos grandes de aquel hombre dándole vueltas al sobre del azúcar, doblándolo y desdoblándolo, y pensaba que nadie en su vida le había hablado nunca tan en serio de nada.
Al final sacó una cajita del bolsillo del forro. Cartón blanco, sin nada escrito. La dejó en la mesa, entre el colacao y el café.
Dentro, sobre un algodón, dos lunas de plata.
—Pónselo en la mesita —le dijo—. Uno. Mírale la cara cuando lo vea. Si te miente, ya sabes quién es.
Vera había cerrado la cajita y se la había guardado en el bolsillo de la chaqueta vaquera sin decir que sí. No hacía falta.
Después, la abuela.
El fin de semana del 19, en Castrovado, en el desván, buscando las cámaras viejas del abuelo.
La caja de zapatos con 2007 escrito en la tapa.
El álbum. La foto de las dos chicas en el Puente, una riéndose con la cabeza echada hacia atrás y la otra mirándola a ella, de perfil, sin mirar a la cámara.
Su madre. Con diecisiete años. Con una cara que Vera no le había visto nunca, una cara de estar mirando algo que se le iba a escapar.
—¿Quién es esta, abuela?
—Una amiga de tu madre, de antes.
Nada más. Ni el nombre. Vera había bajado a la cocina con la foto en la mano. La abuela la había mirado un momento, se la había devuelto y había subido la radio. Vera se la había guardado en el abrigo y se la había llevado a Valladolid sin pedir permiso.
Nadie le había dicho nunca cómo se llamaba aquella chica. En dieciséis años nadie en su familia había dicho aquel nombre delante de ella. Se lo había dicho un desconocido, un lunes por la noche, en un mensaje de tres líneas. Para eso estaba la familia.
Se llamaba Inés Valverde.
La foto estaba en el bolsillo de dentro de la chaqueta vaquera. La había llevado encima tres semanas, doblada por la mitad, sin enseñársela a nadie. La tocó a través de la tela y no la sacó.
Vera cerró los ojos. Ya no podía pararlo.
El viernes, a las 04:10.
Se había levantado sin encender la luz. Descalza, para no hacer ruido en el pasillo.
La cajita en la mano, abierta, las dos lunas dentro.
En el pasillo la luz de siempre, la bombilla del techo que su madre no apagaba nunca, que se colaba por debajo de su puerta todas las noches y que ella llevaba años odiando.
La puerta de su madre estaba abierta. Como siempre. De par en par.
Su madre dormía de lado, hacia la mesita, con una mano debajo de la almohada y la otra encima de la sábana.
Tenía el pelo suelto, que no se lo veía nunca suelto, y la cara floja.
Sin la cara de siempre, la de medir cosas y apretar la boca.
Una cara de niña. Una cara de alguien a quien nadie había mirado dormir en mucho tiempo.
Vera se había quedado en el umbral mucho rato. Más de lo que necesitaba. Mirándola.
Al final había entrado, había sacado de la cajita la luna del poste torcido, la que Samuel le había dicho en el café sin decirle por qué, y la había dejado en la mesita, entre el vaso de agua y el cargador del móvil, apoyada en su curva. Y se había ido a la cama y no había dormido.
Y luego el desayuno.
Su madre con el puño cerrado encima del hule.
El filo de plata entre los nudillos. Una mancha roja del tamaño de una lenteja.
La cara blanca, blanca de verdad, y el sudor encima del labio.
Vera la había visto. Había visto todo. Había visto a su madre asustada como no la había visto nunca, y había esperado.
Había esperado que dijera algo. Cualquier cosa.
Es de una amiga. Es de una historia que te tengo que contar. Siéntate.
Una baratija. Se me habrá caído de algo.
Con la voz de siempre, la de los clientes y la de «lo intentaré».
Y Vera se había tocado la oreja y le había dicho «vale» a lo de volver directa a casa, sabiendo que no iba a volver directa a casa, sabiendo ya con quién iba a ir, y en el recibidor, agarrada ya al picaporte, se había parado.
Mamá. Había estado a punto. Había tenido la pregunta entera en la boca: ¿quién es Inés Valverde?
La había tenido ahí, a seis pasos de su madre.
¿Qué?
Nada.
Vera abrió los ojos. El sótano seguía ahí, con su bombilla y sus postes.
Ella también había puesto a alguien a prueba. A su madre, dormida, con la puerta abierta. Le había dejado una trampa en la mesita y se había sentado a verla caer. Y su madre había caído. Y la prueba, la de las dos, la había traído hasta aquí, a las rayas de otra chica en la pared.
No sabía qué hora era. Había perdido la cuenta. Tenían que ser las nueve.
Se levantó. Las piernas le fallaron un poco y se apoyó en la pared. Fue hasta el ventanuco. Se agachó.
Las rayas de Inés estaban ahí, delante de su cara. Cuarenta y ocho. Grupos de cinco, cuatro palotes y uno atravesado. Nueve grupos y tres sueltas. La última, un poco más corta que las demás, como si a quien la hizo ya no le quedara mucha fuerza en la mano.
Vera buscó en el suelo, a tientas, entre la tierra apisonada. Encontró una piedra pequeña, con un borde afilado. La apretó en el puño hasta que le dolió.
Luego la apoyó en la cal, al lado de la última raya de Inés, y apretó y bajó.
Salió torcida, más blanca que las otras.
La cuarenta y nueve.