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La tierra del cementerio de Castrovado estaba helada, y los dos sepultureros tuvieron que picarla antes de poder meter la pala.
El cementerio estaba lleno. Media comarca. Gente de Castrovado, de Toro, de pueblos que Mara no sabía nombrar. Gente mayor con abrigos de los domingos y gente joven que, por una vez, no sacaba el móvil. Habían venido por Inés. Y habían venido a mirarla a ella.
Lo notaba. Entraba por el camino de grava entre los cipreses con Vera a un lado y su madre al otro, y las cabezas se volvían.
No todas. Muchas. Nadie hablaba. La miraban y apartaban la vista, o no la apartaban.
Una mujer con un pañuelo en la cabeza le clavó los ojos y escupió en la grava. Nadie le dijo nada a la mujer.
Mara siguió andando. Contó los pasos hasta el ciprés. Veinticuatro.
Luisa estaba junto a la tierra abierta. Sola, delante de todos, con el mismo abrigo negro del Puente, abrochado hasta la barbilla, y las manos cogidas delante. Tenía el pelo más blanco que en octubre. No miraba a nadie. Miraba la caja.
La caja era pequeña. Blanca. Más pequeña de lo que Mara había pensado.
Mara se quedó al fondo, a diez metros, al lado de un ciprés. Desde allí veía la caja, la espalda de Luisa y la salida. Su madre a su lado, con un rosario enrollado en los dedos que no rezaba. Vera un poco por delante, con un abrigo nuevo, azul, y el pelo recogido.
Cerca de la puerta, apartada, había una mujer de su edad con un abrigo rojo que Mara tardó en reconocer. Yoli Cid. La de la cámara desechable. La que les había hecho la foto aquella tarde, en la barandilla, con el sol de las fiestas. Yoli la vio y bajó la vista.
Más atrás, junto a la tapia, sin uniforme, con un anorak oscuro abrochado hasta el cuello, estaba Llorente. Cuesta a su lado. Llorente no se acercó. Asintió una vez con la cabeza, desde allí.
El cura habló poco. Dijo Inés Valverde. Dijo diecisiete años. Dijo que había estado diecinueve años lejos de casa y que ya estaba en casa. Luisa no se movió durante todo el rato. Mara tampoco.
Luego bajaron la caja con dos cuerdas. Despacio. Los sepultureros tenían las manos rojas de frío. La caja tocó el fondo con un ruido pequeño, de madera.
Luisa cogió un puñado de tierra helada y lo echó encima. Sonó como piedras.
Después, la gente empezó a pasar por delante de ella. Uno por uno. Le daban la mano, le tocaban el brazo, le decían cosas bajas. Luisa asentía sin mirarlos.
Vera se separó de Mara.
No le dijo nada. Echó a andar por la grava hacia la fosa, entre la gente, y la gente se apartó un poco para dejarla pasar, mirándola, la chica del vídeo, la hija. Vera no los miró. Llegó hasta Luisa y se detuvo a un paso de ella.
Sacó algo del bolsillo del abrigo. Una foto pequeña, rectangular, con una raya blanca de doblarla. Mara la conocía. La había llevado en la chaqueta vaquera todo el tiempo que había estado en el sótano. La había visto después, en la mesa de la cocina, alisada con la mano.
Dos chicas en la barandilla del Puente, con el río detrás. Una riéndose con la cabeza echada hacia atrás, con dos lunas de plata en las orejas. La otra con la cara medio vuelta hacia ella.
Vera se la tendió.
Luisa la cogió con las dos manos. La miró mucho rato, con la cara muy quieta, sin que se le moviera nada. Pasó el pulgar por encima, por la cara de Inés. Luego levantó la vista hacia Vera.
—Gracias —dijo.
Vera asintió y volvió con su madre.
Los pendientes no estaban. Ninguno de los dos. Seguían en el juzgado de Zamora, en dos bolsas con etiqueta, hasta el juicio. El de la mesita, con la sangre de Mara todavía seca en la curva y, debajo, la huella de Vera. El de la mochila. La pareja.
La gente se fue yendo. La grava crujía. Los coches arrancaban fuera, en la carretera.
Luisa fue la última en irse de la fosa. Echó a andar por el camino central con la foto en las dos manos, apretada contra el abrigo, y al pasar por delante del ciprés se paró.
Miró a Mara. Solo a ella.
Mara no bajó la vista. Esperó quieta, con las manos a los lados, lo que fuera.
—Al final volviste —dijo Luisa.
Siguió andando. Mara la vio salir por la puerta de hierro, sola, con el abrigo negro, calle abajo.
Cuando ya no quedaba nadie junto a la fosa, Mara se acercó.
Los sepultureros esperaban un poco más allá, fumando, con las palas apoyadas en la tapia.
La caja blanca estaba abajo, con la tierra de Luisa encima, oscura sobre la madera.
Mara se agachó. Cogió un puñado de tierra con la mano izquierda.
Estaba helada, en terrones, con hebras de escarcha.
La dejó caer. Sonó igual que la de Luisa.
Se quedó un momento agachada, con la mano abierta encima del hueco.
Vera la esperaba en el camino de grava, sin acercarse, con el abrigo azul abrochado hasta arriba. Cuando Mara se levantó, echaron a andar las dos hacia la puerta por el mismo camino por el que habían entrado.
El vídeo de Vera lo habían retirado a finales de octubre.
Daba igual. Las copias seguían circulando, más de cuatro millones de veces.
Seguía la frase, y el gesto de los dos dedos junto a la oreja izquierda.
Los periódicos habían escrito de todo. Algunos que era mentira.
Otros que no. Mara no lo había desmentido y no lo iba a desmentir.
Volvieron andando. Su madre se adelantó con una vecina, del brazo.
Mara y Vera se quedaron atrás, por la cuneta de la carretera que bajaba del cementerio al pueblo, sin prisa.
El sol había subido un poco y la escarcha se estaba haciendo agua en los bordes del asfalto.
A la izquierda, abajo, entre las choperas peladas, se veía el río, y más allá, a lo lejos, el Puente.
Mara lo miró. La raya negra de hierro sobre el agua. Los remaches que había contado a los diecisiete años hasta el cuarenta y algo. La barandilla de la foto.
Somos dos, había dicho Inés, aquella noche, corriendo detrás de ella por la plaza para que no volviera sola. Somos dos.
Mara miró a su hija, que andaba a su lado por la cuneta con el abrigo azul, pisando la escarcha.
—Aplazaron la exposición —dijo Vera.
Mara se volvió hacia ella.
—La del instituto. La de las fotos. —Vera iba mirando la carretera—. La aplazaron en octubre. Por lo que pasó. Es el jueves.
Se calló un momento.
—¿Vendrás?
Mara tardó en contestar. Oyó sus pasos en la cuneta, los de las dos. El agua del deshielo corriendo por la zanja.
Pensó en un cartón de leche en una cocina de Valladolid. En una chica de dieciséis años hablándole al cartón, sin levantar la voz. Tú nunca prometes nada.
—Te lo prometo —dijo.
Vera no dijo nada. Siguió andando.
Bajaron un trecho así, sin hablar, por la cuneta, con el Puente allá abajo y la escarcha haciéndose agua bajo los pies.
Mara alargó la mano derecha, la de la cicatriz, y le cogió la mano a su hija.
Vera no la apartó.
Esta vez no la soltó.