La primera que se escapó 27
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Arrastraron el colchón de Inés hasta debajo del ventanuco sin hacer ruido.

Lo cogieron cada una de una punta, a ciegas, y lo levantaron un palmo del suelo para que no raspara la tierra.

Pesaba más de lo que parecía. Olía a humedad y a pis viejo y a ellas.

Mara iba de espaldas, tanteando con el talón, y a cada paso esperaba darse contra algo: el poste, el cubo, la pared.

Inés le iba susurrando: un poco más, un poco más, para, izquierda, para.

La oscuridad era completa. Sin la bombilla, el sótano no tenía forma. Solo el rectángulo del ventanuco, arriba, un poco menos negro que todo lo demás, con los barrotes cruzados encima como las rayas de un cuaderno.

A medio camino, el pie de Mara dio contra el cubo. Sonó a lata, hueco, enorme en el silencio, y el agua de dentro se movió con un chapoteo. Las dos se quedaron clavadas, con el colchón en el aire entre ellas, sin respirar. Mara contó. Diez. Veinte. Treinta. Arriba no pasó nada.

—Torpe —susurró Inés, y Mara la oyó sonreír.

Dejaron el colchón en el suelo, pegado a la pared. Se quedaron quietas, escuchando.

Arriba, nada. Ni pasos ni coches. La casa encima de ellas estaba muerta. A lo mejor él se había ido. A lo mejor estaba sentado en la cocina, a oscuras, esperando. Mara no lo sabía, y no saberlo le apretaba el estómago.

Le dolía el tobillo. Sin el hierro, el aire le daba directamente en la carne abierta del anillo y cada vez que movía el pie le subía un latigazo hasta la rodilla.

Apretó los dientes. Inés también cojeaba.

Mara lo había notado al arrastrar el colchón, en cómo apoyaba el pie malo y lo levantaba enseguida.

—Voy yo primero a ver la reja —dijo Inés, muy bajo.

Mara la oyó subirse al colchón. La oyó estirarse, las manos contra la cal, los dedos buscando. Un roce de metal.

—Llego —dijo Inés, sin aire.

—¿Y? —preguntó Mara desde abajo.

Oyó a Inés respirar fuerte por la nariz, haciendo fuerza. Y oyó un ruido que no esperaba ninguna de las dos: un chirrido corto, de hierro contra piedra, y el crujido de un tornillo que se afloja.

—Se mueve —dijo Inés, muy bajo—. Mara. Se mueve.

Mara se subió al colchón a tientas, al lado de ella. Levantó los brazos y tocó los barrotes. Estaban fríos, ásperos, con una capa de óxido que se le quedaba en la yema de los dedos como polvo de tiza. Empujó con Inés, las dos a la vez, con las palmas abiertas contra el hierro.

La reja cedió. No del todo. Primero un dedo, con otro chirrido que las dejó quietas un momento, sin respirar.

Con el siguiente empujón, un palmo. Los tornillos se salían de la piedra casi solos, como si ya estuvieran medio fuera.

Inés empujó otra vez, con el hombro, y la reja se fue hacia fuera de golpe, entera, y cayó al otro lado con un golpe blando, sobre tierra.

Aire.

Entró por el hueco igual que cuando se abre una puerta en invierno. Frío, limpio, con olor a paja cortada y a tierra mojada y, muy por debajo, a río. Mara lo respiró con la boca abierta. Se le llenaron los ojos de lágrimas y no supo si era por el frío.

Inés le cogió la muñeca en la oscuridad y se la apretó fuerte.

Mara pensó un segundo que había sido demasiado fácil. Lo notó pasar por algún sitio de detrás de los ojos y lo dejó ir.

Midió el hueco con las manos, como medía las cosas cuando no las veía. Metió los dos brazos por él, hasta los codos, y los separó. No llegaba a separarlos del todo. Arriba y abajo, menos todavía: un palmo y medio, poco más. Una bandeja de horno. La ventana de un trastero.

Inés también lo midió. Mara oyó cómo se le paraba la respiración.

—Cabe una —dijo Inés.

Mara apretó el borde de piedra con los dedos.

—Cabe una, Mara. De lado. Un hombro y después el otro. Dos no. Dos a la vez no.

—Pues una y luego la otra.

—Ya. —Inés tardó en seguir—. Pero desde aquí abajo no se llega. Mira.

Se estiró. Mara la oyó estirarse al máximo, de puntillas sobre el colchón, con los brazos en el hueco. Llegaba con las manos a los barrotes. Los codos, no. El resto del cuerpo, dentro, estirado hasta la punta de los pies.

—Si me subo, llego hasta aquí —dijo Inés con la voz aplastada contra la pared—. Me quedo con los codos fuera. No puedo subir más sola. Nadie puede subir más sola. Necesito que alguien tire de mí desde fuera.

Bajó los brazos y se puso delante de Mara en la oscuridad, tan cerca que Mara le notaba el aliento.

—Tú pesas menos. Desde fuera tiras de mí.

—No.

—Mara. Escúchame un momento.

—Sube tú. Yo te empujo. Te empujo desde abajo, sales tú y tiras de mí.

—Tú no puedes conmigo desde abajo. Me has visto.

Peso diez kilos más que tú. —Inés le cogió la cara con las dos manos en la oscuridad, fuerte, los dedos en carne de limar contra las mejillas de Mara—.

Y yo sí puedo contigo. Te subo, sales, te giras y me coges.

Y tiras. Y salgo. Es así. No hay otra forma.

—¿Y si viene él?

—Pues date prisa —dijo Inés.

Mara se quedó quieta con la cara entre las manos de Inés. Las manos le olían a hierro y a cal. Le temblaban.

—Vale —dijo, contra las palmas de Inés.

Inés no la soltó enseguida. Le bajó las manos de la cara a los hombros y la abrazó, de golpe, fuerte, con la barbilla clavada en su hombro y el pelo caoba metido en la boca de Mara.

Olía a sudor y a cal y a la colonia de la verbena, muy por debajo.

Era la primera vez que se abrazaban desde el camino de la ribera.

Mara la abrazó también, con los brazos flojos al principio y luego no.

—Cuando salgas no te levantes —le dijo Inés al oído—. Te tumbas, te das la vuelta y me das la mano. Y no sueltes, que peso.

—No suelto.

Inés la soltó.

Mara se quitó las zapatillas sin cordones y las dejó en el colchón. No iba a poder correr con ellas. Se le saldrían al primer paso. Pisó la tela del colchón con los calcetines, pero resbalaban, así que se los quitó también.

Inés se agachó delante de la pared, con las manos apoyadas en la cal y la espalda doblada.

—Sube. Pies en los hombros. Agárrate a la pared.

Mara buscó los hombros de Inés con las manos.

Los encontró, huesudos, tensos debajo de la camiseta de la peña.

Se agarró al alféizar con la izquierda y subió un pie.

Inés gruñó. Subió el otro. Inés gruñó más fuerte y empezó a levantarse despacio, apoyándose en la pared, temblando entera, y Mara subió con ella, pegada a la cal, con las uñas clavadas en el borde de piedra.

Metió la cabeza por el hueco.

Después un hombro, de lado, raspándose la piel contra la piedra, y el otro. Inés, abajo, le empujaba los pies con las manos, hacia arriba, hacia fuera, resoplando.

Y de pronto la cabeza de Mara estaba fuera.

Aire frío en la cara. Rastrojo a la altura de los ojos, tallos cortados, grises, que se perdían en la oscuridad. Encima, el cielo, sin luna, lleno de estrellas como no las había visto nunca en el pueblo, tantas que parecía que alguien las había echado a puñados. Un olor a tierra y a noche.

Y a lo lejos, a unos cuantos metros, la línea pálida de un camino.