La primera que se escapó 26
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En el pueblo lo sabía todo el mundo. A la hija de Encarna, en Valladolid, nadie se lo había dicho nunca con esas palabras, pero Mara lo sabía igual, sin que nadie se lo contara: la luz de la Luisa.

La patrulla esperaba calle abajo, con las luces apagadas. Lamela se había ofrecido a acompañarla y ella había dicho que no. Nunca antes le había dicho que no, y le había salido sin pensarlo.

Cruzó la calle. El barrio de la Estación estaba igual y no estaba igual.

Las mismas casas de ladrillo, de una planta y de dos, con los zócalos de azulejo.

Más persianas bajadas, un bar cerrado con un cartel de «Se traspasa», la vía muerta al fondo con los raíles comidos por la hierba.

Subió los dos escalones del porche. La luz le dio en la cara desde arriba.

Llamó con los nudillos. No se atrevió con el timbre.

Tardaron en abrir. Mara oyó pasos dentro, lentos, y una cadena de seguridad que se soltaba, y la puerta se abrió un palmo, y luego entera.

Luisa.

Tenía sesenta y tres años y parecía que tuviera setenta.

Delgada, con el pelo corto y gris peinado hacia atrás, la cara tallada en líneas hondas, verticales, de alguien que ha apretado la boca mucho tiempo.

Llevaba una bata azul de trabajo, de las de limpieza, con un bolígrafo en el bolsillo del pecho. Olía a lejía. No olía a vino.

Miró a Mara de arriba abajo, de los zapatos a la cara. No gritó.

—Te he visto en la tele —dijo.

—Luisa... —Mara no supo seguir.

Luisa se apartó para dejarla pasar.

Mara entró. El pasillo era el mismo. Estrecho, con el mismo papel pintado de rayas marrones, más descolorido.

La cocina a la derecha, la puerta abierta.

La tele del salón, apagada. En 2007 aquella casa olía a fritura y a vino, y la tele sonaba a todo volumen para tapar a Genaro.

Ahora olía a lejía y a nada, y había un silencio de casa donde vive una sola persona que no pone la radio.

—Sube —dijo Luisa, y fue delante.

La escalera tenía los mismos escalones de terrazo. En el descansillo seguía la foto de primera comunión de Inés, vestida de blanco, con las manos juntas y cara de aburrimiento. Mara intentó no mirarla. La miró.

La puerta del cuarto de Inés estaba cerrada. Luisa la abrió.

Estaba igual.

Mara se paró en el umbral. No podía entrar.

Lo midió sin querer, desde allí, como lo medía todo: tres metros por dos y medio.

La colcha de flores, estirada. El armario con el espejo, donde Inés se había cambiado los aros de plástico negro por las lunas.

En la pared, los recortes de revistas pegados con celo, el celo amarillo ya, despegándose por las esquinas.

El plano del metro de Madrid arrancado de una guía, con las líneas de colores desvaídas por el sol.

La foto de las dos en la piscina municipal, con los ojos rojos de cloro.

Luisa había limpiado aquel cuarto todas las semanas. No había polvo ni una cosa fuera de su sitio.

Luisa pasó por delante de ella, se arrodilló junto a la cama con un crujido de rodillas y metió el brazo debajo, hasta el fondo, contra la pared. Donde no llegaba la escoba.

Sacó una lata de galletas azul. Danesas. Con la tapa abollada.

Se sentó sobre la colcha de flores con la lata en las rodillas y la abrió.

Billetes de cinco euros, doblados por la mitad y sujetos con una goma. La goma estaba reseca, cuarteada, pegada a los billetes. Luisa no la quitó. Pasó el pulgar por el canto del fajo, sin contarlo. No le hacía falta.

—Ciento ochenta —dijo—. Los conté el lunes por la noche, cuando volví del hospital. El día que me dijiste lo de Madrid.

Mara miró la goma cuarteada.

—Los he contado todos los años. El 15 de octubre. —Luisa miraba los billetes, no a ella—. Ciento ochenta. No falta ninguno. Mi hija llevaba desde los catorce años guardando billetes de cinco en esta lata para irse a Madrid. Cuatrocientos, decía. Con cuatrocientos se va una a Madrid.

—Con cuatrocientos llegas —dijo Mara, sin querer, en voz muy baja.

Luisa levantó la cabeza.

Se miraron. Mara vio en la cara de Luisa que ella también se acordaba de la frase, que se la había oído a su hija cien veces en aquella cocina, con aquella tele, y que no había vuelto a oírsela a nadie hasta ese momento.

—Mi hija no se fue a Madrid sin la lata. —Luisa no levantó la voz. Puso cada palabra en su sitio—. Tú lo sabías.

—Sí. —Mara tenía la mano derecha metida en el abrigo, cerrada, y no se permitió apretar.

—Lo sabías en el hospital. Cuando llegué en bata y te pregunté por ella. Lo sabías.

—Sí.

—Y me miraste a la cara y me dijiste que se había ido a Madrid.

—Sí.

Luisa asintió. Una vez. Volvió a mirar la lata.

—Todo el pueblo me lo dijo. La Guardia Civil también.

El capitán, en mi cocina, con la gorra en la mano: una chica de casa difícil que hablaba de irse.

Y Genaro todos los días, hasta que se marchó él, que se había ido por mi culpa, porque yo bebía.

—Hizo una pausa—. Y yo dejé de beber. Por si volvía. Para que no me encontrara así.

Mara no pudo sostenerle la mirada. Miró el plano del metro. La línea verde. La línea roja. Una estación que Inés había rodeado con bolígrafo, una vez, sin decirle cuál era ni por qué.

—La luz —dijo Mara—. La del porche.

—Para que sepa cuál es la casa. —Luisa no sonrió—. Por si viene de noche.

En la calle pasó un coche, y la luz de los faros entró por la ventana y cruzó la pared, los recortes, el plano, la foto de la piscina, y se fue.

Luisa cerró la lata. Puso la tapa abollada con cuidado, apretando con las dos manos, hasta que encajó. La dejó sobre la colcha, a su lado, sin soltarla del todo.

Levantó la vista y le hizo la única pregunta.

—¿Estaba viva cuando te fuiste?

Mara oyó la pregunta entera. La oyó bajar por la escalera de terrazo, salir por el porche, cruzar la calle, llegar hasta el Puente y volver. Diecinueve años había tardado en llegar aquella pregunta. Nadie más se la había hecho nunca. Ni Llorente, ni Lamela, ni su madre.

—Sí.

Luisa cerró los ojos.

Siguió sentada en la cama de su hija, con la lata azul pegada al muslo, y respiró. Mara la vio respirar. Una vez. Otra. Dejaba entrar el aire poco a poco, con cuidado, para que no se le rompiera nada.

Pasó mucho rato. En el reloj de la mesilla de Inés, un despertador de pilas que alguien seguía cambiando, eran las 20:31.

Luisa abrió los ojos, se levantó, dejó la lata sobre la almohada y salió del cuarto sin mirarla.

Mara la siguió escaleras abajo. En el pasillo, Luisa fue hasta la puerta de la calle y la abrió de par en par. El frío entró de golpe, con la niebla, y la luz del porche se quedó quieta encima del umbral, amarilla.

Luisa se apartó para dejarla salir y esperó.

Mara bajó los dos escalones. Cuando llegó a la acera se dio la vuelta. La puerta ya estaba cerrada. Oyó la cadena de seguridad, por dentro. Las polillas seguían dando vueltas alrededor de la bombilla.

La luz del porche seguía encendida.