25
Estaban apiladas contra la pared del fondo, de tres en tres, detrás de un banco de trabajo con tornillos en tarros de cristal y de un armero de cañas de pescar colgadas por tamaños. La luz era de un fluorescente que tardó en encenderse. Olía a gasóleo, a humedad y a papel viejo.
Sáez estaba en la puerta que daba a la casa, en zapatillas de cuadros y con una chaqueta de punto encima del pijama.
Setenta y un años. Había adelgazado mucho y se le había quedado la piel de la cara colgando en pliegues, pero la forma de estar de pie era la misma: los pies separados, la barbilla alta, como si todavía llevara el tricornio.
—No te he invitado a pasar.
—Ha abierto usted el garaje, capitán.
—Para que no te pusieras a llamar al timbre y me despertaras a la mujer, que está acostada y no anda bien. —Se cruzó de brazos—. Di lo que tengas que decir.
A las 19:55 le vibró el móvil. Cuesta. Las dos patrullas de la vía habían terminado.
Casa por casa desde el paso a nivel hasta la estación vieja, con linterna, preguntando a los que había dentro.
Nada. Ningún sótano con reja, ninguna bodega abierta, nadie que hubiera visto un coche raro.
Llorente dijo que siguieran por la otra orilla y colgó.
Sáez la había oído.
—El tren —dijo, con media sonrisa—. Os habéis ido a la vía. Pues claro. Ahí estaba la nave. Ahí estaba todo.
—¿Cómo sabe dónde hemos ido?
—Esto es un pueblo, niña. —Se encogió de hombros—. Aquí se sabe cuándo te cortas el pelo.
Llorente pensó en el cabo Pedrosa, que llevaba treinta años en el puesto de Castrovado y aquella tarde había estado de guardia en la puerta. Lo apuntó.
Se acercó a las cajas. El cartón estaba blando de humedad en las esquinas de abajo. Sáez dio un paso dentro del garaje.
—Eso no se toca.
—¿Qué es?
—Mío.
—Son diligencias de 2007. —Llorente leyó las etiquetas de los laterales: fechas, números de atestado, iniciales—. Copias. Se las llevó cuando se jubiló.
—Me las llevé porque en la comandancia se iban a mojar en un sótano. —Sáez no bajó la barbilla—. Años llevo con eso ahí. ¿Sabes lo que es cerrar un caso con cuatro chicas muertas? No, no lo sabes. Tú te llevaste la medalla y yo me llevé las cajas.
Llorente levantó la tapa de la caja de arriba sin pedir permiso.
Fotocopias. El mismo membrete. El mismo sello de la comandancia torcido en la esquina, siempre en el mismo ángulo, porque la fotocopiadora de entonces cogía mal el papel.
Eran iguales que las del salón de Samuel Rebollo. Hoja por hoja.
—Esto mismo lo tenía el chaval esta mañana. En su casa. En tres carpetas azules.
Sáez no se movió.
—Esas copias las tiene medio Zamora. Los abogados de Rebollo. El juzgado. Los periodistas que vinieron al juicio. —Pero la voz le había bajado un tono—. No vengas aquí a decirme que se las he dado yo.
—No he dicho eso.
—Pero lo estás pensando.
Llorente dejó la tapa donde estaba. Se volvió hacia él.
—En 2007 le llevé una nota. Una cara de folio, a mano. Usted la leyó de pie, en su despacho. La dobló en cuatro y se la guardó en la camisa.
—No me acuerdo de eso.
—Yo sí.
Sáez la miró un rato. Tenía los ojos húmedos, de viejo, pero no apartó la vista.
—Tú encontraste esa cajita, niña. No vengas ahora con dudas. —Levantó un dedo—. Tú abriste el cajón. Tú. Con tu mano. Y te dieron la mano en la comandancia y te fuiste a Madrid con aquello. Diecinueve años tarde vienes.
—¿Qué hizo con la nota?
—La tiré. ¿Qué iba a hacer con ella?
—¿Cuándo?
—Esa misma noche. —Se encogió de hombros—. Era una chorrada de una niña que no sabía abrir un cajón.
Llorente lo miró. Hasta aquella mañana, Sáez había sido el capitán que le había hecho la carrera y el que le había quitado la nota. Ahora era un hombre de setenta y un años, en zapatillas, delante de once cajas, que le estaba mintiendo a la cara.
—Mi nota estaba esta mañana en casa de Samuel Rebollo —dijo—. En una funda de plástico. Doblada en cuatro.
A Sáez se le fue el color. No de golpe. Poco a poco, desde la frente hacia abajo, como se va la luz de una habitación cuando alguien baja la persiana despacio. Se agarró al marco de la puerta con una mano. Abrió la boca y no salió nada.
Llorente no supo leerlo. Podía ser miedo a que lo pillaran. Podía ser otra cosa. Lo apuntó igual.
Mientras Sáez buscaba algo que decir, a ella le entró en el móvil el parte de las patrullas de la noche.
Lo abrió por costumbre, sin dejar de mirarlo a él, y lo fue bajando con el pulgar.
Movimientos de la patrulla de la vía. Movimientos de la patrulla de la vega norte, la de las casas, la que había mandado a las 16:30 a mirar sin abrir puertas.
Una lista de fincas, de caminos, de horas, una línea por cada sitio.
20:10. Carretera de la vega, frente a finca El Cascajal. Deshabitada, sin luz.
Siguió bajando. Otras cuatro fincas. Una nave agrícola con perros. Un corral vacío. Guardó el móvil.
—Yo no le he dado nada a ese chaval —dijo Sáez al fin. La voz le salió ronca—. Ni la nota ni nada. Ni lo conozco. Lo vi una vez, en la puerta del desguace, con doce años.
—¿Y quién se la dio?
—No lo sé, niña.
—Capitán. —Llorente no se movió de delante de las cajas.
—¡No lo sé! —Lo gritó. En la casa, arriba, se encendió una luz—. No lo sé. Vete de mi casa.
Llorente no se fue enseguida. Miró las once cajas, la palabra PUENTE repetida once veces, y a Sáez agarrado al marco de la puerta. Luego salió sin despedirse. Detrás de ella, el fluorescente del garaje se apagó.
Hacía frío. La niebla había subido del río y tapaba la calle hasta las rodillas. Llorente se metió en el coche, puso la calefacción y se quedó un momento con las manos en el volante, esperando a que se desempañara el cristal.
Sacó la libreta y apuntó tres datos, uno debajo del otro, sin adjetivos: que Sáez había mentido, que tenía las copias y que había tenido la nota en la mano.
A las 20:40 le sonó el móvil. La Nacional. El inspector de guardia, con la voz cansada y algo de prisa.
—Ya está lo de Meta. Los mensajes directos de la cría. Tres semanas enteras. Te los mando.
Llegaron un minuto después. Un documento largo, con fechas y horas en la columna de la izquierda. Llorente lo abrió allí mismo, en el coche, con la calefacción rugiendo y la niebla contra los cristales.
La primera frase que leyó no fue la primera del documento. Fue una que el inspector había marcado en amarillo.
Pónselo en la mesita.