La primera que se escapó 24
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Samuel bajó los escalones de dos en dos, cruzó el sótano sin mirarla y le dio un puñetazo a la pared.

Sonó sordo, a tierra. Saltó un trozo de cal del tamaño de una mano y cayó al suelo en pedazos. Samuel dejó el puño contra la pared, con la frente casi pegada, respirando por la nariz como un animal que ha corrido mucho.

Vera se había levantado del colchón sin darse cuenta. Tenía la espalda contra el poste del centro, la manta caída a los pies.

—Ha mentido otra vez.

Habló contra la pared. Se apartó un paso y se miró la mano. Tenía los nudillos blancos de cal y, debajo, rojos, pelados, con dos rayas de sangre que empezaban a salir. Los abrió y los cerró una vez.

En la otra mano llevaba una manta doblada, gris, de las de hospital. La soltó en el suelo sin mirar dónde caía.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Vera.

—Ha salido en la tele. A las cinco menos veinte.

En la puerta del cuartel de Castrovado, con un papel.

—Se sacó el móvil viejo del bolsillo con la mano buena, lo desbloqueó, lo volvió a guardar sin enseñarle nada—.

«No estaba sola. Inés Valverde estaba conmigo.

El lugar que di no era el lugar. Anselmo Rebollo no era el hombre».

Leído de corrido, sin respirar. Y al final, «lo siento». Lo siento, dice.

Vera no se movió del poste.

Su madre había salido en la tele. Su madre, que no contestaba al teléfono cuando era un número que no conocía, que en las fotos de grupo se ponía siempre detrás de alguien.

Había salido delante de todo el mundo, con un papel, y había dicho que Inés estaba con ella. Por ella. Lo había hecho por ella.

Lo notó en el pecho, caliente, y no supo qué hacer con aquello.

—Pero eso es la verdad —dijo—. Eso es lo que tú querías.

—Eso es la mitad. —Samuel se volvió hacia ella—. No ha dicho cómo salió. No ha dicho que la dejó allí. Ha dicho lo justo para quedar bien, que parezca que se ha quitado un peso, y se ha guardado lo gordo. Como siempre. Como ha hecho siempre. Y le hemos mandado lo que es. Mentira.

Le hemos, pensó Vera. Lo guardó.

Samuel se pasó la mano herida por el pelo. Le dejó una raya de cal en la frente.

—Diecinueve años, Vera. Mi padre muerto. Y ella sale con un papel.

Vera miró la sangre de los nudillos. Pensó en la palmada del escalón, por la mañana. Pensó en lo que le pasaba a la gente que tenía miedo en el instituto. Se agachó, cogió la manta nueva del suelo y se la puso por los hombros encima de la otra, sin prisa, para darle tiempo.

Y dijo lo que tenía que decir.

—A mí también me miente. Siempre.

Samuel bajó la mano herida.

—Siempre —repitió Vera—. Desde pequeña. Con todo. Me dice que va a venir y no viene. Me dice que es una cosa y es otra.

No todo era verdad. Casi todo sí. La parte que no lo era la dijo en el mismo tono que la otra, y la otra la tapó.

A Samuel se le fue el aire. Dejó de apretar la mandíbula, se dejó caer en el escalón y se miró la mano como si hasta entonces no hubiera sabido que le dolía.

—Ya lo sé —dijo—. Por eso estás aquí. Por eso eres tú.

Vera cogió una de las botellas de agua de la pared. Fue hasta el escalón y se plantó delante de él, a un paso.

—Dame la mano.

Samuel la miró sin entender. Extendió el puño con los nudillos hacia arriba.

Vera desenroscó el tapón y le echó agua por encima, un chorro fino, sin tocarlo.

La cal se deshizo en una pasta blanca y resbaló.

Debajo, la piel levantada, roja, con la sangre aguada cayendo en gotas rosas sobre la tierra.

Samuel miró caer el agua sin moverse, con la mano extendida como un niño al que le lavan una rodilla en el patio.

Vera cerró la botella y volvió al colchón. Curarle los nudillos al que la tenía encerrada: eso no entraba en ningún temario.

Se quedaron un rato callados. Arriba no se oía nada. El ventanuco se había puesto gris.

—¿Quieres saber cómo salió? —dijo Samuel al fin, en voz baja.

Vera se encogió de hombros debajo de las mantas. Él se lo contó igual.

—Las tenía atadas. A las dos. Cada una a un poste, con una cadena en el tobillo. —Señaló con la barbilla los dos postes del centro, las argollas—. Esos. La otra, Inés, abrió los candados. Con un alambre o con algo, no sé. Los abrió los dos. Y fueron a la ventana.

Vera miró el ventanuco.

Estaba en la pared de atrás, la del fondo, alta, casi en las vigas. Daba al rastrojo y tenía la reja sujeta con cuatro tornillos nuevos. Vera había medido el hueco con los ojos cien veces aquel día, subida al cubo: el ancho de su espalda, poco más. Un hombro y luego otro, de lado, apretando.

Una persona. Cabía una persona.

—Solo cabía una —dijo Samuel, mirándola—. La otra la aupó. Tu madre pesaba menos. Salió. —Hizo una pausa—. Tu madre salió y la otra se quedó.

Vera siguió mirando el ventanuco. Se imaginó a su madre con diecisiete años, subida a los hombros de otra chica, metiendo por aquel hueco la cabeza y los hombros, de lado, hasta que los pies desaparecían por arriba. Abajo quedaba la otra chica, sola, con los brazos todavía levantados.

Y debajo del ventanuco, en la cal, las cuarenta y ocho rayas.

—¿Quién te lo contó?

—Alguien que estuvo en la investigación. —Samuel se frotó los nudillos contra el pantalón—. Alguien que sabe cosas que no salieron nunca. No puedo decirte quién. Lo he prometido.

—¿Por qué te lo contó a ti?

—Porque nunca se creyó lo de mi padre. Porque es buena persona. —Lo dijo muy deprisa, como una cosa aprendida—. Porque alguien tenía que hacerlo.

Vera esperó, como esperaba su madre en las casas antes de decir el precio.

Samuel levantó la vista del suelo.

—Me dijo que tu madre prometió volver.

—¿Qué?

—Que desde fuera, antes de irse, le dijo a la otra que volvía a por ella. Que se lo prometió. —Samuel apretó el puño herido—. Y no volvió.

Vera sintió frío en la espalda, el mismo de por la tarde.

—¿Y cómo sabe eso?

Samuel abrió la boca.

Vera lo vio buscar la respuesta en el suelo, en la escalera. Empezó a decir algo y se paró. Empezó otra cosa y se volvió a parar.

Samuel cerró la boca.