La primera que se escapó 23
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Mara vomitó en el lavabo del baño de la habitación cuatro del hostal La Ribera, agarrada a la porcelana con las dos manos, y Lamela sujetó la puerta abierta.

No había nada en el estómago. Agua, un café de máquina, bilis. Le salió todo a golpes, con un ruido que no parecía suyo, y cuando terminó siguió doblada sobre el lavabo con la frente contra el espejo frío, respirando por la boca.

Mentira.

Mara abrió el grifo. Se enjuagó la boca. Se echó agua en la cara con la mano izquierda. En el espejo había una mujer con la cara gris y el pelo pegado a la frente que la miraba sin reconocerla.

—Cuando quieras —dijo Lamela desde la puerta.

La habitación era pequeña. Una cama de matrimonio con colcha de flores, sin deshacer.

Un armario de contrachapado. Una mesa debajo de la ventana, con dos sillas, y encima de la mesa nada: ni un papel, ni un bolígrafo, ni el móvil.

Por la ventana se veía el río, gris, y más allá, sobre la niebla que empezaba a subir de la orilla, el Puente. Los remaches brillaban con el sol bajo.

Mara ocupó la silla que daba de espaldas a la ventana.

Lamela se sentó en la otra. Le puso delante un vaso de agua y un paquete de galletas de la máquina que había en el pasillo, y esperó a que se comiera dos.

Se quitó las gafas, las dobló y las dejó en la mesa, junto al vaso.

Sin ellas parecía más viejo y más cansado, y más cerca.

—No ha salido bien —dijo Mara.

—Ha salido como tenía que salir. Has dicho una parte. Él quiere otra. —Lamela se frotó el puente de la nariz—. No te está diciendo que mientas. Te está diciendo que no has terminado.

—No sé terminar. —Mara apartó el paquete de galletas.

—Ya lo sé. Por eso estamos aquí.

Le pidió que cerrara los ojos. Mara los cerró.

La habitación se quedó en ruidos. El radiador, que hacía tic al calentarse. Un coche en la calle. La respiración de Lamela, lenta, a medio metro.

—Vuelve a esa noche —dijo él, en voz muy baja—. No al principio. Al final. Estás fuera. Ya has salido. ¿Qué oyes?

Mara no quería volver. Volvió.

—Viento —dijo—. Poco. Mi respiración, muy fuerte.

—Bien —dijo Lamela—. ¿Qué más?

—Perros. Lejos. Uno ladraba y otro le contestaba.

—¿Qué pisas? ¿Qué notas en los pies?

—Tierra. Algo que pincha. —Tenía las manos sobre la mesa y notó que los dedos se le cerraban solos—. Tallos cortados. Me pinchan en los pies.

—¿Qué ves desde ahí?

—Nada. Todo negro. —Buscó—. Un poco más allá, una línea más clara. Pálida. Un camino, creo. Voy hacia allí. Voy corriendo hacia allí y...

—No mires el camino.

Sonó igual de bajo que todo lo demás, sin prisa, pero Mara lo notó como una mano en el hombro.

—No mires. Todavía no. Los ojos engañan de noche, Mara. Te hacen ver lo que esperas. Quédate quieta donde estás y escucha.

—No vayas deprisa. Estás de pie en esa tierra. Es de noche. Hace frío. —La voz no subía nunca. Cada frase era un escalón, y Mara las bajaba una detrás de otra—. Escucha. Detrás de los perros. Detrás del viento.

El radiador hizo tic.

—¿Oías el tren?

Mara no abrió los ojos. Buscó. Detrás de los perros había otra cosa.

Un ruido largo. Un rumor. Podía ser el río.

Podía ser el viento en los chopos, que de noche suena a agua.

Podía ser un tren, muy lejos, arrastrándose por una vía en la noche.

Cuanto más lo buscaba, más se parecía a un tren. Ya lo oía. Ya casi lo oía.

—Creo que sí —dijo.

—No te fuerces. Si no está, no está.

—Creo que sí. Un ruido largo. De hierro.

Abrió los ojos. Lamela la miraba sin gafas, con una atención tan limpia que Mara sintió ganas de llorar y no lloró.

—Eso ya es algo —dijo él.

Cogió su móvil del bolsillo de la chaqueta, marcó y lo dejó sobre la mesa con el altavoz puesto. Al tercer tono contestó la teniente, con ruido de fondo, voces, una radio.

—Llorente —dijo, con la voz seca.

—Soy Andrés Lamela. Estoy con Mara. Recuerda un tren. La noche que salió. Un ruido de tren, lejos.

Hubo un silencio al otro lado. Mara oyó a la teniente respirar.

—La vía de mercancías va por la orilla sur —dijo Llorente—. Por donde la nave. Pero un tren, de noche, se oye desde las dos orillas. Y en el Puente venía del norte. Lo tengo anotado.

—La memoria todavía no es un mapa, teniente. —Lamela lo dijo con suavidad, sin corregirla—. Es lo que ha salido. Yo solo se lo paso.

Otro silencio. La voz de Llorente se alejó del teléfono, dando órdenes a alguien: dos patrullas a las casas que había junto a la vía, desde el paso a nivel hasta la estación vieja, casa por casa, con linterna. Y la otra por la vega, que siguiera donde estaba.

—¿Qué tipo de tren? —preguntó Llorente—. ¿Pasando? ¿Parado? ¿Pitó?

Mara abrió la boca. Lamela la miró y ella la cerró.

—No lo sabe todavía —dijo él—. Es un ruido. Largo. Si la aprietan, se lo inventa, teniente. Y entonces ya no sabremos cuál es cuál.

Llorente tardó en contestar.

—Gracias —dijo, y colgó.

Lamela apagó la pantalla y guardó el móvil.

Mara miró por la ventana, por encima del hombro. El sol se había ido detrás de las choperas. La niebla había tapado la mitad del Puente y solo se veían los remaches de arriba, en fila, contra un cielo gris.

Se acordó sin querer de la sala de espera.

Los jueves de 2023. Seis meses. Vera tenía trece años y se ahogaba en el autobús, y Mara la llevaba a la consulta de Valladolid a las 17:30 y se quedaba fuera, en la sala de espera blanca, con una revista abierta que no leía.

La puerta de la consulta no cerraba del todo.

Él la dejaba así, un dedo abierta, porque sabía lo de Mara.

Y desde la silla de la sala de espera, con la revista en las rodillas, Mara le oía contar.

En voz baja, muy despacio, al otro lado de la puerta.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Y la respiración de su hija, al principio a golpes, luego cada vez más larga, siguiendo aquella voz.

Vera salía más tranquila. No hablaba en el coche. A los seis meses dejó de ahogarse en el autobús y no volvieron.

Mara no le había preguntado nunca qué hacían dentro. Nunca le había preguntado nada.

—Me voy —dijo, y apartó la silla.

—¿Adónde?

—A casa de Luisa.

Lamela no preguntó quién era Luisa. Se volvió a poner las gafas.

—¿Estás segura?

—No.

Él asintió como si esa fuera la respuesta correcta. Se levantó y le abrió la puerta de la habitación. La sujetó como había sujetado la del baño mientras Mara cogía el abrigo de la cama. En el pasillo del hostal había una luz de las que se apagan solas.

Cuando pasó a su lado, él habló sin tocarla.

—Mara. Lo que no puedas decir todavía, dilo de una forma que se pueda soportar.

Se paró en el pasillo. La luz se apagó sola y ella no se movió para encenderla.

Conocía el final de aquella frase. Se lo había dicho él mismo, con la misma voz, sentado en el sofá del salón de su madre, un lunes de octubre a mediodía, con las cortinas echadas. El día en que empezó a mentir.