La primera que se escapó 22
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El poste se dobló con un chasquido pequeño, casi nada, e Inés soltó una palabrota que rebotó en las vigas y volvió.

—¡Me cago en la...!

—Shh. —Mara miró hacia la escalera.

Las dos se quedaron quietas, escuchando arriba. Nada. Ni pasos ni crujidos en la escalera. Solo la bombilla, que él había dejado encendida aquella mañana al irse, zumbando en su cable, y el goteo lento de algo en algún rincón.

—Se ha doblado —dijo Inés, más bajo—. El palito. Se ha doblado entero.

Mara se incorporó todo lo que le dejó la cadena. Inés estaba sentada en su colchón con el candado sobre las rodillas, la cadena tirante hasta el poste, y tenía la luna en la palma de la mano, a la luz. El poste, que había sido recto y fino, estaba torcido hacia un lado, como un dedo roto.

Inés lo miró un momento. Se lo metió en la boca, entre las muelas, y apretó.

—¿Qué haces? —preguntó Mara.

Inés cerró los ojos, apretó con la cara torcida y se lo sacó. Lo miró otra vez a la luz. El poste estaba casi derecho. Casi. Junto al cierre le había quedado una marca, una mordedura mínima donde el metal se había doblado y había vuelto a medias.

—Ya está. —Se limpió la boca con el dorso de la mano—. Sabe a moneda.

Siguió limando. Llevaba desde la noche anterior.

Mara lo sabía por el ruido, que había oído todo el tiempo, dormida y despierta, en la oscuridad y con la luz: un rascar fino, paciente, de metal contra metal, que se paraba cuando Inés descansaba y volvía siempre.

A ratos Mara había soñado con ratones. A ratos había despertado y el ruido seguía allí, y era lo único que le decía que Inés estaba viva a tres metros.

Tenía las yemas de los dedos en carne. Mara se las había visto a la luz: rojas, brillantes, con la piel levantada en el pulgar y el índice de la mano derecha. Inés se las chupaba cuando creía que Mara no la miraba y seguía.

—¿Cuánto te falta, Inés?

—No sé. —Inés metió la punta en la ranura, la movió, la sacó, siguió rascando—. Ha cedido algo. Antes no entraba nada. Ahora entra hasta la mitad y se queda. Hay una cosa dentro que se mueve.

—Déjame a mí un rato.

—No llegas. —Inés tiró de la cadena para demostrarlo—. Y tú no sabes. Tú vigila.

Mara vigilaba. Tenía la espalda contra su poste y los ojos en la puerta de arriba, en la raya de oscuridad que había debajo de las tablas, donde se vería primero una sombra si alguien se paraba al otro lado.

El ventanuco era un rectángulo gris. Con las horas se volvió amarillo pálido, y después gris otra vez, cada vez más oscuro.

—Cuando salgamos —dijo Inés, con la voz ronca de toda la noche—, alquilamos un piso con balcón. Pequeño, me da igual. Uno de esos de las calles del centro con los balcones de hierro, que se ven desde abajo con la ropa tendida.

—Para tender —dijo Mara.

—Para tender y para ver pasar a la gente. Y un sofá. Y una tele que funcione, no como la de mi madre, que hay que darle un golpe. —Rascó—. Yo trabajo en la tienda de ropa. Tú estudias. Lo que quieras. Arquitectura. Tú siempre estás mirando las casas.

—No estoy siempre mirando las casas.

—Estás siempre mirando las casas, Mara. Miras el techo de la discoteca. Miras las grietas del instituto. —Se rio un poco—. Te vienes conmigo.

No era una pregunta. Mara lo notó. En el cuarto de Inés, el viernes de la cajita, había sido una orden de broma, y Mara se había callado. Anoche le había dicho que vale para que se callara. Ahora no.

—Vale —dijo, y esta vez era verdad.

Lo sintió salir de un sitio de dentro donde nunca había dicho nada en serio. Madrid. Un balcón de hierro. Inés en la tienda de ropa, ella con planos encima de la mesa. Lo vio entero, con la luz de una tarde y ropa tendida, y lo quiso tanto que se le cerró la garganta.

Inés dejó de rascar un momento. En la luz amarilla, Mara vio que la estaba mirando.

—Vale —repitió Inés, como para comprobar que lo había oído.

—¿Qué es lo primero que vas a hacer? —dijo Mara al rato—. Cuando salgamos.

—¿Aquí o en Madrid?

—Aquí. En casa.

—Ducharme. Una hora. Hasta que se acabe el agua caliente de todo el pueblo. —Rascó—. ¿Y tú?

—Dormir con la luz apagada.

El rascar se paró un momento.

—Pues en Madrid, lo primero, un bocadillo de calamares en la plaza Mayor. Lo he visto en la tele. Te lo comes de pie, debajo de los soportales, con la servilleta de papel. —Rascó otra vez—. Y te invito yo.

Él bajó dos veces aquel día.

La primera, a media mañana. Mara oyó los pasos arriba y tosió.

Inés escondió la luna debajo del colchón en un segundo, se echó el pelo hacia delante, por encima de la oreja derecha, y se tumbó de lado.

Él bajó con la botella y la pajita y el cuaderno.

Les dio agua a las dos. Cambió el cubo. Se sentó en el último escalón y no preguntó nada.

Solo miró. Las miró mucho rato, a una y a otra, y Mara sintió que le miraba el pelo a Inés, la oreja, la forma en que tenía la mano cerrada debajo de la mejilla.

Escribió una línea, se levantó y se fue.

La segunda fue por la tarde, cuando el ventanuco ya se estaba poniendo gris.

Bajó con una bolsa de magdalenas y la dejó en el suelo entre los dos colchones, en el sitio exacto donde ninguna de las dos llegaba del todo.

Tuvieron que estirarse. Inés alcanzó la bolsa con la punta de los dedos y la arrastró.

Él lo miró todo desde el escalón y se fue.

—No se ha dado cuenta —dijo Inés cuando se cerró el cerrojo—. No se ha dado cuenta de nada.

Mara no dijo nada. Pensó en cómo le había mirado la oreja.

Siguió el rascar. La luz del ventanuco se fue del todo. La bombilla se quedó sola. A lo lejos, muy lejos, dieron unas campanas y Mara las contó sin querer, hasta diez, y esperó la media, que no llegó a oír.

Después, un clic. Fue un ruido distinto a todos los demás, seco y pequeño, como la tapa de un mechero al cerrarse.

Mara vio a Inés mover las manos sobre las rodillas con mucho cuidado, como si tuviera un pájaro. Oyó el hierro contra el hierro. Luego la cadena de Inés, que se deslizaba y se enroscaba en el suelo con un ruido largo de serpiente.

Inés se levantó. Estaba de pie. Por primera vez desde el sábado, estaba de pie sin un poste.

Dio tres pasos cojeando hasta el colchón de Mara y se arrodilló a su lado.

Le cogió el tobillo con las dos manos. Tenía los dedos helados y le temblaban.

Mara notó el metal del poste entrando en la ranura de su candado, buscando, moviéndose dentro, y el aliento de Inés en la rodilla, rápido, sin ruido.

—Este es más fácil —susurró Inés—. Ya sé dónde está la cosa.

Tardó lo que tarda una canción. Mara no respiró en toda la canción.

Clic.

El hierro se abrió en su tobillo. Inés lo separó poco a poco, como se quita una venda pegada, y Mara sintió el aire frío en la piel levantada, en el anillo en carne viva que le había dejado la cadena, y le dolió más sin el hierro que con él.

Inés apagó la bombilla. A Mara no se le había ocurrido que se pudiera. La oyó estirarse, desenroscarla a medias con la manga de la camiseta, quemándose igual, y la oscuridad cayó entera.

—Para que no se vea desde fuera —susurró Inés—. Cuando abramos.

Dos cadenas en el suelo, abiertas. Mara las oía sin verlas, cómo se asentaban los eslabones en la tierra.

En la oscuridad, muy cerca, la voz de Inés.

—Ahora tú.