La primera que se escapó Inés. Hora 18
36%

Inés. Hora 18

Baja tarde. Y por primera vez, con prisa.

Inés lo oye en los pasos de arriba, más cortos, más seguidos. La puerta. El cuarto escalón, que cruje, y esta vez no hay pausa: lo pisa y sigue.

Huele a café de máquina y a papel. Más que otras veces. A papel de oficina, de fotocopia, de carpeta.

Viene de trabajar, piensa Inés. Tiene un trabajo. Tiene un sitio donde lo esperan a una hora y le dan café de máquina.

Tiene el tobillo caliente. El anillo le late debajo del candado nuevo como un segundo corazón, más rápido que el suyo. Ya no le deja dormir.

Él no le da agua. Se queda abajo, junto al primer escalón, con el cuaderno cerrado debajo del brazo, mirándola.

—¿Qué harías si no vuelve?

Inés tiene la lengua pegada. Tarda en despegarla.

—Vuelve.

Él abre el cuaderno. No se sienta.

—Ha dicho que estaba sola.

Lo dice despacio, como se da una noticia en un hospital. Inés lo mira. Mira la forma negra de la cabeza contra la bombilla, los agujeros de la lana donde deberían estar los ojos.

No se lo cree. Es lo primero que piensa, y lo piensa entero, sin grietas. Miente. Miente como mentía con lo del buzón, como mentía con lo de la culpa. Es lo que hace.

—Vuelve —dice—. Me lo ha prometido.

La pluma se queda quieta un momento sobre el papel.

Luego escribe. Mucho. Más que nunca. Inés oye la punta rascar, línea tras línea, y se da cuenta de que acaba de darle algo que no tenía.

No sabe qué.

Él cierra el cuaderno. Sube. Esta vez, en el cuarto escalón, sí se para.

El cerrojo. La luz se apaga.

Inés saca de debajo del colchón el pendiente doblado. Busca a tientas la última raya, cuenta con la yema hacia atrás, diecisiete, y aprieta la punta contra la cal.

Le tiembla la mano. La dieciocho le sale torcida.