La primera que se escapó 21
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Los micrófonos estaban a un palmo de su cara.

Seis, siete, con las alcachofas de colores y los logotipos de cadenas que Mara había visto toda la vida en el telediario de la cocina.

Detrás, las cámaras. Detrás de las cámaras, los móviles, en alto, cada uno con su lucecita.

Y detrás de todo, el pueblo: gente con chaquetas de entretiempo, un hombre con un perro, dos mujeres con bolsas del pan, niños subidos al banco de enfrente del puesto para ver mejor.

Hacía sol, un sol bajo de tarde de octubre que le daba de lleno en los ojos y no calentaba.

Tenía el folio en las dos manos.

Lo habían escrito diez minutos antes, en la sala de abajo, en una hoja arrancada de la libreta de Llorente, con un bolígrafo del puesto que no pintaba bien y había que repasar.

Llorente hablaba por teléfono junto a la ventana, de espaldas.

Lamela se había sentado al lado de Mara, sin mirar la hoja, con las manos en las rodillas, esperando.

Mara había empezado tres veces. Las tres había tachado la primera palabra. A la cuarta escribió «No estaba sola» y el resto salió detrás, como sale el agua cuando se quita el tapón.

Había escrito más. Había escrito «Salí por una ventana». Había escrito «Ella se quedó dentro». Lamela, entonces, se había inclinado un poco y había leído por encima de su hombro, y había puesto el dedo, sin tocar el papel, debajo de esas dos líneas.

—Esto todavía no —había dicho—. Lo que digas hoy lo vas a tener que sostener mañana.

Y Mara las había tachado ella misma, con dos rayas, hasta que no se leían.

Ahora el folio le temblaba. No las manos: el folio.

Lo notaba vibrar entre los dedos, un temblor fino que no se paraba.

Llorente estaba a su izquierda, un paso por detrás, con la chaqueta abrochada y la cara de no estar allí.

Lamela estaba en la puerta del puesto, a su espalda.

No lo veía, pero sabía exactamente dónde estaba.

Alguien dijo «cuando quiera». Mara no supo quién.

Miró el papel. Las letras se movían.

—No estaba sola. Inés Valverde estaba conmigo. El lugar que di no era el lugar. Anselmo Rebollo no era el hombre que nos llevó. Lo siento.

Eso era todo. Cinco frases. Las había leído deprisa, sin respirar entre ellas, y al terminar siguió con la boca abierta, esperando que saliera algo más, porque no podía ser que diecinueve años cupieran en cinco frases y en menos de diez segundos.

Hubo un silencio pequeño, de sorpresa, el tiempo que tardaron en entenderlo.

En ese silencio, Mara oyó las campanas de la iglesia dando los cuartos, y un perro, y el motor de una furgoneta de televisión.

Vio caras. La mujer de la farmacia, con la bata blanca debajo del abrigo.

El padre de una compañera de clase de hacía veinte años, más viejo, más gordo, con la boca abierta.

En primera fila, el chaval de la nave, el del móvil, grabando otra vez, con el brazo estirado por encima de la cabeza de una señora.

Nadie se movía. Por un segundo, el pueblo entero se quedó quieto mirándola, como la miraba el crío de la camisa blanca en el juicio.

Luego empezaron los gritos.

—¿Dónde estaba, si no era la nave?

—¿Entonces quién se las llevó?

—¿Por qué ha mentido todo este tiempo?

—¿Qué le pasó a Inés Valverde?

—¿Sabe algo de su hija?

—¡Señora Ferreras! ¡Mara! ¡Mara!

Los micrófonos avanzaron todos a la vez.

Uno le dio en la barbilla. Los flashes le estallaban en los ojos, uno detrás de otro, blancos, y en cada uno veía otra cosa: los tablones del Puente, el fogonazo de la cámara amarilla de Yoli.

Alguien le puso una mano en el brazo, un periodista, y tiró.

Mara dio un paso atrás y chocó con alguien. Era Llorente.

—Se acabó —dijo la teniente, en voz alta, sin gritar, y todos la oyeron—. No hay preguntas.

La cogió del codo, fuerte, y la metió en el puesto. Detrás de ellas, el guardia de la puerta cerró con el hombro. Los gritos siguieron al otro lado del cristal, más apagados, como el ruido de una verbena desde el camino.

En el pasillo, Mara se apoyó en la pared. Tenía el folio arrugado en la mano derecha. Lo abrió y lo alisó contra la pared. En una esquina había una mancha pequeña, roja: la palma, la herida.

Llorente le soltó el codo.

—Ha estado bien —dijo. Y se fue escaleras arriba, con el móvil ya en la oreja, dando órdenes a alguien sobre la puerta.

Mara siguió en el pasillo, sola, con el folio abierto y la mancha roja hacia arriba.

Pensó en Luisa. En algún sitio del pueblo, en la cocina de una casa del barrio de la Estación, Luisa Valverde lo había oído.

O lo iba a oír en el informativo de la noche, o se lo iba a contar alguien por teléfono con la voz que se pone para esas cosas.

Inés Valverde estaba conmigo. Desde 2007 le había estado diciendo a aquella mujer, sin decírselo, que su hija se había ido a Madrid.

Y ahora cinco frases en la puerta del cuartel, delante de un hombre con un perro.

—Mara.

Lamela estaba a su lado.

No la abrazó esta vez. Le cogió el folio de la mano, con cuidado, lo dobló por la mitad y se lo guardó en el bolsillo. Luego la estuvo mirando con aquella cara de la consulta, la de cuando ella llevaba media hora dando vueltas a algo y por fin lo decía.

—Eres muy valiente —dijo.

A Mara se le aflojó el pecho. Apoyó la nuca en la pared. Fuera seguían gritando su nombre.

El móvil le vibró en el bolsillo. Un número de Madrid.

Lo rechazó. Otro. Otro. Un número de Valladolid, otro de Zamora, un número oculto.

Catorce llamadas perdidas en cinco minutos.

Periodistas. Gente del trabajo. Gente que no había llamado en años.

Lo iba a apagar cuando vio el nombre. Mamá. Contestó.

—Te he visto —dijo Encarna. En el fondo sonaba la tele del salón, alta, y alguien que hablaba del Puente—. En la tele. Ahora mismo.

Mara esperó. Esperó algo. Una pregunta, por fin. Todas las que no le había hecho, en una sola.

—Hay lentejas —dijo su madre—. Cuando acabes, ven a cenar.

Su madre colgó sin despedirse.

Subieron a la sala de arriba. Lamela le trajo un vaso de agua de la máquina del pasillo y se sentó a su lado, sin hablar, mientras Llorente iba y venía con el teléfono. En la ventana, la luz se iba poniendo naranja. Mara bebió el vaso entero, a sorbos cortos. Tenía la boca seca desde las 09:00.

Por primera vez en todo el día, durante unos minutos, no pensó en nada. Solo en el agua.

A las 17:22 el móvil volvió a vibrar.

Lo sacó. El mismo número. Llorente se paró en seco en mitad de la sala, con el teléfono todavía en la oreja, y la miró. Lamela no se movió.

Un mensaje. Sin foto. Una sola palabra.

Mentira.