La primera que se escapó 20
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Samuel iba y venía por el sótano ensayando lo que le iba a decir a su madre si mentía.

Siete pasos de la escalera al ventanuco. Siete de vuelta. Vera los contaba sin querer. En cada vuelta decía algo en voz baja, para él, con el móvil viejo en la mano, y a veces se paraba en seco y lo repetía cambiando una palabra.

—Si miente, le digo que se acabó. No. Si vuelve a mentir, le digo...

Se paraba. Volvía a andar. Movía los labios sin voz, como Vera antes de un examen, y lo volvía a decir en alto, con otra palabra.

—Que ya está. Que se ha terminado. No. Que ella sabe lo que tiene que hacer.

Había bajado a las 15:30 con un bocadillo de chorizo envuelto en papel de aluminio y se lo había dejado en el escalón sin decir nada.

Vera se lo había comido entero, de pie, mirándolo a él, y había doblado el papel de aluminio en cuadraditos cada vez más pequeños hasta que ya no se podía doblar más.

Lo tenía en el bolsillo de la chaqueta y de vez en cuando lo apretaba con los dedos. No sabía para qué. Para tener algo.

Vera estaba en el colchón con la espalda en la pared y la manta hasta la barbilla. Hacía más frío que por la mañana, y los pies ya no se le calentaban ni debajo de la manta. La luz del ventanuco se había puesto de un gris más oscuro, de tarde.

—Te vas a gastar el suelo —dijo.

Samuel se paró. La miró. Por un momento Vera pensó que se había pasado, que venía otra palmada, otra bolsa contra el suelo. Pero él se quedó quieto en mitad del sótano, con los hombros caídos, y se frotó la cara con la mano libre.

—Lleva casi diecinueve horas —dijo—. Diecinueve horas y no ha dicho nada. Ni una palabra. Ha mandado a la Guardia Civil a la nave de mi padre. Otra vez. Eso es lo que ha hecho.

—A lo mejor no sabe qué decir.

—Sabe perfectamente qué decir.

Se sentó en el escalón. Desbloqueó el móvil, buscó algo con el pulgar y se lo acercó a la cara. Vera vio el resplandor azul en sus ojeras.

—Mira lo que le mandé anoche —dijo, casi con orgullo—. Para que entendiera. Para que no pensara que esto era una broma.

Solo le faltaba pedir nota, pensó Vera. En la esquina de la pantalla vio la hora: 16:03. Y vio otra cosa. En el otro bolsillo del forro, el que tenía abierto, asomaba la esquina de un segundo móvil, más pequeño, negro, de los de tapa. Dos móviles. Lo guardó con lo demás.

Leyó en voz alta, marcando cada palabra.

—«Inés siguió viva cuarenta y ocho horas después de que tú salieras. Eso es lo que tienes».

Vera no se movió.

Cuarenta y ocho horas. Después de que tú salieras.

Miró la pared. Debajo del ventanuco, a la altura de sus ojos, los surcos en la cal. Cuatro palotes y uno atravesado. Se los sabía de memoria de tanto contarlos.

Cuarenta y ocho.

No eran de su madre. Nunca habían sido de su madre. Su madre había salido por algún sitio, y la otra se había quedado allí abajo, sola, con la luz o sin ella, y había contado las horas una a una hasta cuarenta y ocho. Y luego ya no había contado más.

Vera se levantó sin pensarlo y fue hasta la pared. Se agachó. Pasó la yema de los dedos por los surcos, uno a uno, como se pasa la mano por un nombre en una lápida.

Inés Valverde. Diecisiete años. Uno más que ella.

Pensó en la foto del Puente. En la chica que se reía con la cabeza echada hacia atrás y la barandilla en la espalda. Se la vio en la cara, en el pelo, en la boca abierta de risa, y apartó la imagen antes de llegar a las orejas.

Samuel la miraba desde el escalón, con el móvil todavía encendido entre las manos.

Vera volvió al colchón y se apretó la manta contra el pecho. Tenía la garganta cerrada, como en el autobús a los trece años, y no se puso a contar para abrirla. Dejó que se quedara cerrada.

Había otra cosa en lo que Samuel acababa de leer. Se le había quedado pegada a la espalda, fría, como una mano mojada entre los omoplatos. La última frase. La forma de decirla. El ritmo, bajando al final, sin subir la voz.

Eso es lo que tienes.

—¿Eso lo has escrito tú? —preguntó.

Samuel levantó la vista del móvil, sin entender.

—El mensaje —dijo Vera—. ¿Lo has escrito tú?

Él tardó un momento. Bajó la vista a la pantalla como si tuviera que comprobarlo.

—Lo dijo alguien que sabe.

—¿Quién? —Vera no le quitó los ojos de encima.

—Alguien que sabe. —Apagó la pantalla y se lo guardó—. Alguien que estuvo cerca. Que sabe lo que pasó de verdad. Yo solo lo he mandado.

Samuel no se dio cuenta de lo que acababa de decir. Vera lo vio en la cara: no había nada detrás. Repetía las frases de otro sin saber ya de quién eran. Con el «lo sé» de por la mañana había sido igual.

—¿Y qué más te dijo ese alguien?

Samuel se levantó del escalón.

—Ya vale de preguntas.

No lo gritó. Pero se plantó delante de la escalera con los puños cerrados, y Vera se calló. Samuel estuvo un rato así, respirando por la nariz. Vera le contó doce respiraciones. Al final abrió los puños, primero uno y después el otro, y se frotó los pulgares.

—¿Tienes frío?

—No. —Vera se subió la manta hasta la barbilla.

—Tienes los labios morados.

—Tengo frío.

Samuel asintió. Parecía aliviado de que le hubiera dicho la verdad.

—Luego te bajo otra manta.

Subió sin pararse. Arriba, el cerrojo.

Vera se quedó mirando la escalera vacía.

Eso es lo que tienes.

La había oído antes. No en una película. No en clase. La había oído dicha por un hombre, en voz baja, muy cerca, en una habitación donde hacía calor. Un hombre que no tenía prisa. Delante, encima de una mesa baja, un reloj que hacía tic, tic, tic, y que en algún momento iba a sonar.

No sabía dónde ni cuándo. Cerró los ojos para buscarlo y encontró solo eso: la voz, el calor, el tic del reloj.

Eso es lo que tienes.