La primera que se escapó 19
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En la entrada del puesto la esperaba un hombre con dos cafés en la mano.

Alto, delgado, de unos cincuenta y tantos, con el pelo gris muy corto.

Estaba de pie junto al tablón de corcho, sin apoyarse en nada, con los dos vasos de cartón sujetos a la misma altura, muy derechos.

El guardia de la puerta miró a Llorente y se encogió de hombros: había llegado hacía media hora y había dicho que esperaría.

—Teniente Llorente. —Le tendió uno de los vasos—. Andrés Lamela. Soy el psicólogo de Mara Ferreras.

Llorente cogió el café porque se lo estaban dando. No bebió.

—¿Quién le ha dicho que estaba aquí?

—Mara. Esta mañana. Me llamó a las siete y media. —Hablaba con frases cortas, sin tratar de caerle bien—. Estoy con ella desde la nave. La he dejado en casa de su madre a la una y media después de hacerla comer algo. Imagino que usted viene de allí.

Llorente le indicó la escalera con el vaso.

Subieron a la sala de arriba. Lamela se sentó donde ella le señaló y no miró el tablón de la pared, ni las fotos, ni el mapa de la comarca con las chinchetas.

La miraba a ella. Llorente buscó su nombre en el móvil mientras se quitaba la chaqueta.

Colegiado. Consulta en Valladolid desde 2010.

Antes, psicólogo forense en el Instituto de Medicina Legal de Zamora.

Dos artículos en una revista con un título largo.

—En 2007 usted exploró a la chica.

—Por encargo del juzgado. Dos sesiones en su casa, el lunes y el martes. —Hizo una pausa corta—. Nos cruzamos alguna vez en el pasillo del capitán Sáez. Usted era muy joven. No se acordará.

Llorente se acordaba de un pasillo, de una puerta que se abría y se cerraba, de un hombre con una carpeta. No se acordaba de una cara. Otro del pasillo de Sáez, pensó. Pero la nota la había tenido Sáez en la mano.

—¿Y desde entonces?

—La veo de vez en cuando. Cuando ella quiere. A veces pasan dos años. —Se inclinó un poco sobre la mesa—. No le voy a contar lo que me ha contado en consulta, teniente. Pero le voy a ayudar en todo lo demás.

—¿Conoce a Samuel Rebollo?

—De oídas. Por el caso. Sé que existe, sé lo que le pasó a su padre. Sé que tenía doce años.

—¿Qué le parece ella? —preguntó Llorente—. Mara.

Lamela tardó en contestar.

—Una mujer que lleva diecinueve años sosteniendo una pared con la espalda. —Se miró las manos, quietas sobre la mesa—. Cuando alguien hace eso mucho tiempo, no se atreve a apartarse, aunque le digan que la pared ya no se cae.

—¿Usted sabía que la otra chica estaba con ella?

—Lo pensé alguna vez. Pero sospechar no es un dato, teniente. Uno no puede sacarle a un paciente lo que el paciente no está listo para dar. Solo puede esperar.

Llorente le contó lo que podía contar. La cuenta. El piso de Zamora. La pared de recortes. Las carpetas. No le habló de la hoja con cuatro dobleces. De lo que Mara le había dicho en la cocina, le dio lo justo: que no era la nave, que Inés estaba con ella.

Lamela escuchó sin interrumpir. Cuando ella terminó, pidió algo para escribir. Llorente le acercó una libreta y él negó con la cabeza, amable, y cogió en su lugar una de las servilletas de papel que había junto a la cafetera. Se sacó una pluma del bolsillo interior de la chaqueta.

Escribió tres líneas. La tinta se abría en el papel poroso de la servilleta y cada letra le salía con un borde azul, como una mancha de humedad. Le dio la vuelta y se la acercó.

Busca reparación, no sangre. Necesita una confesión pública. Peligroso si se siente traicionado.

—No quiere hacerle daño a la chica —dijo Lamela—. Quiere que la madre diga en voz alta lo que él lleva desde los doce años diciéndose en voz baja. Mientras crea que eso puede pasar, la chica está a salvo. Lo que hay que evitar es que sienta que le han tomado el pelo.

A Llorente no le gustó que lo tuviera tan claro, tan deprisa, con tres líneas en una servilleta. Arrastró la servilleta hacia ella con un dedo y lo leyó otra vez. Cuadraba con los recortes clavados en fila, con las esquinas de la sábana metidas por debajo del colchón y con los mensajes.

Lo usó igual.

—¿Qué propone?

—Que hable. Hoy. En público. Algo breve. —Lamela tapó la pluma—. Lo que ya le haya contado a usted, sea lo que sea, y ni una palabra más. Si la empujamos a contarlo todo de golpe, se rompe. Y rota no nos sirve a nadie. A la chica, menos.

Llorente miró el reloj de la pared: las 16:05. Cogió el teléfono y habló con la Nacional, y con el comandante, y con alguien de prensa en Zamora que le preguntó si estaba segura dos veces. Colgó. A las 16:40, en la puerta del puesto.

Luego se levantó y fue hasta el mapa de la comarca. Puso el dedo en el Puente.

—La chica venía del norte. —Pasó el dedo al otro lado del río, a las choperas, a las manchas verdes de las fincas—. En 2007 lo anoté. Estaba en mitad del Puente, de espaldas a la vega. Si la casa está en algún sitio, está aquí.

Lamela miró el mapa desde la silla. No se levantó.

—Es mucha vega.

—Cuarenta kilómetros cuadrados. Caminos de concentración, choperas, casas de labor. La mitad abandonadas.

—Si manda a veinte guardias a abrir puertas por la vega, y él los ve desde donde esté, sabrá que ella no ha dicho la verdad y que la están buscando igual. —Lo dijo con suavidad, sin corregirla—. Su memoria es nuestro mejor mapa. Dejemos que vuelva sola.

Llorente se quedó mirando el mapa. Era lo mismo que le habían dicho a mediodía el comandante y el juez de guardia, con otras palabras.

Sin una finca concreta no había orden para abrir ninguna puerta, y con una menor dentro nadie quería uniformes llamando a las casas de la vega.

El dispositivo grande seguía en la orilla sur, en la nave y en la vía.

Pensó en un coche patrulla por los caminos de la vega, sin sirena y sin prisa, con dos guardias mirando las casas desde la carretera.

Nadie abría ninguna puerta. Lo apuntó en la libreta para Cuesta. Luego se volvió.

—Me ha dicho que salió por una ventana.

Lamela no dijo nada. Esperó.

—Dos chicas en un sótano. Atadas. Y salió una. —Llorente cruzó los brazos—. ¿Por qué una ventana para una sola?

La pregunta se quedó en la sala. En el pasillo sonó un teléfono y alguien lo cogió. Lamela miraba la servilleta, las tres líneas azules que se habían ido abriendo mientras hablaban, y no levantó la vista. Llorente tampoco tenía la respuesta. Nadie la dijo.

A las 16:28, Lamela se levantó. Dobló la servilleta en dos y la dejó sobre la mesa, delante de ella, como quien deja una tarjeta de visita. Cogió el vaso de café, que no había tocado, y lo tiró en la papelera de la puerta.

—Voy con Mara. Que no esté sola cuando salga.

Ya en la puerta, se volvió.

—No lo va a contar todo de una vez. Nadie lo hace.

—¿Y usted cómo lo sabe?

Lamela la miró con una paciencia que a Llorente le pareció de otro tiempo, de otra clase de gente.

—Porque llevo diecinueve años esperando que lo haga.