La primera que se escapó 18
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Llorente entró en la cocina de Encarna y dijo el nombre antes de sentarse.

—Samuel Rebollo.

Mara estaba de pie junto al fregadero, con un vaso de agua en la mano izquierda que no había bebido. Lo dejó en la encimera. Lo dejó mal, en el borde, y el vaso se quedó un momento dudando antes de asentarse.

Rebollo. Durante un segundo fue solo un apellido. Después lo entendió todo a la vez.

Zamora, 2009. La sala de vistas, con la madera oscura y el olor a calefacción.

Ella sentada detrás de un biombo para que no le vieran la cara, con su madre al lado apretándole la rodilla.

Y antes de que pusieran el biombo, al entrar, en la tercera fila del público, un crío de trece años con una camisa blanca que le quedaba grande.

No se movió ni lloró. Miró el biombo, solo el biombo, toda la mañana, sin parpadear. Se lo contó después su madre.

El hijo.

El hijo del hombre al que ella había señalado con el dedo tenía a Vera.

El pitido le subió por detrás de los ojos, fino, y se le comió el ruido de la radio. Mara se agarró al borde del fregadero con la mano mala. La herida se abrió. Dejó que se abriera. Con el dolor el pitido bajó un poco, lo justo para oír a Llorente.

—Treinta y un años —dijo Llorente—. Vive solo en Zamora. Trabaja de noche en la depuradora. Desde el jueves no ha ido a trabajar. La cuenta con la que hablaba con su hija es suya.

El pitido volvió a subir. Su hija había estado hablando con él. En su cuarto, al otro lado del pasillo.

Se sentó a la mesa. Dejó el móvil bocabajo sobre el hule y una carpeta encima.

—El mensaje de las nueve y cuarenta salió de Toro —siguió—. El de anoche, de Castrovado. Se mueve. No quiere que sepamos dónde está.

Encarna estaba junto a la cocina de gas, con la espumadera en la mano, aunque no había nada en el fuego. Miró a Llorente. Miró a Mara. Dejó la espumadera en la encimera, se desató el delantal, lo dobló en dos y lo colgó del respaldo de una silla.

—Voy a estar en el corral —dijo.

Salió. No cerró la puerta del todo.

Llorente esperó a oír la puerta del corral antes de hablar, sin levantar la voz.

—En la nave no hay sótano. En su declaración de 2007 no hay sótano. En la foto de la hora 12 hay un sótano. —Pasó la mano por encima de la carpeta, sin abrirla—. Cuesta dice que cuando le preguntó si le sonaba la pared, usted dijo que no antes de mirarla.

Mara se miró la mano. La tirita tenía el borde rojo.

—Necesito saber dónde está la casa de verdad.

La cocina olía a lejía y a pimiento asado.

En la radio, bajita, alguien daba el tiempo para la tarde: niebla en las riberas, cielos despejados después.

Mara miró el hule. Era de cuadros azules, como el de su casa, y tenía una quemadura redonda cerca del borde, de una cazuela de hacía treinta años.

Puso la mano derecha encima de la quemadura y la tapó con la palma.

Llevaba diecinueve años sabiendo cómo empezaba aquella frase. La había empezado mil veces por dentro, en el coche, en la ducha, en la consulta de Lamela, mirándose las manos. Nunca la había terminado.

—Inés estaba conmigo.

Lo dijo mirando el hule. La voz le salió normal. Eso fue lo que más le asustó: que le saliera normal, como si dijera la hora.

Llorente no se movió ni sacó la libreta.

—Estaba conmigo —repitió Mara—. Desde el camino de la ribera. Nos cogieron a las dos. Un coche detrás, despacio. Un trapo en la cara. Nos despertamos en un sótano, atadas. Cada una a un poste.

—¿Juntas? —Llorente seguía sin tocar la libreta.

—A tres metros. No llegábamos a tocarnos.

—¿En la nave de Rebollo?

—No era la nave. Nunca estuve en la nave. No la había visto hasta esta mañana.

Llorente asintió una vez.

—¿Y Anselmo Rebollo?

Mara levantó la vista del hule por primera vez.

—No fue él. Le oí hablar en el juicio. Tenía una voz ronca, de gritar a los chavales que se le colaban en la chatarra.

Hablaba como hablan aquí los hombres de su edad, a trozos, comiéndose las eses.

El del sótano hablaba bajo y educado, sin ninguna prisa.

Como un médico. Nunca le vi la cara, pero la voz sí la oí. Dos días.

—Lo supo en 2009.

—Lo supe en el juicio. Y me lo callé.

Se quedaron calladas. En el corral, Encarna movía algo metálico, un cubo o una regadera, y el ruido paraba y volvía.

—¿Por qué lo señaló?

Mara abrió la boca. Buscó la respuesta y no estaba donde tenía que estar. Estaba la foto, el álbum de caras, una página que tardaba en pasar. Estaba la cocina de su casa, con su padre de pie en la puerta y la estufa encendida, y alguien diciendo algo en voz baja. No encontró otra cosa.

—No lo sé —dijo, y era verdad, y no le sirvió de nada.

Llorente lo dejó ahí y volvió al sótano.

—Descríbamelo. Lo que recuerde.

Mara cerró los ojos. Fue fácil. Era lo único que no le había costado nunca.

—Techo bajo. Vigas negras. Suelo de tierra.

Paredes blancas, de cal, que no eran de ladrillo.

Una bombilla colgada de un cable, con el interruptor fuera, arriba, porque él la encendía y la apagaba desde la puerta.

Una escalera de ladrillo, doce escalones.

El cuarto crujía. —Abrió los ojos—. Olía a vino.

A vino muy viejo, agrio. Como una bodega.

Llorente lo apuntó, por fin, en la libreta. Bodega.

—¿Cuántos días estuvo allí?

—Desde la madrugada del sábado hasta la noche del domingo.

—Y llegó al Puente a las cinco y cuarenta del lunes.

Mara asintió. Llorente hizo la cuenta en voz baja, mirando el hule, y Mara le vio mover los labios.

—Esto va a salir —dijo Llorente—. Lo que me acaba de contar. Lo sabe.

—Lo sé.

—¿Dónde está el sótano?

—No lo sé. De verdad que no lo sé. —Se oyó la voz subir y la bajó—.

Salí de noche. No veía nada. Corrí por un rastrojo, luego por un camino, luego por la orilla.

No sé cuánto. Horas. Me metí en un carrizal porque pasaba un coche, o el mismo coche muchas veces, y me quedé allí agachada hasta que dejaron de pasar. Después seguí hasta el Puente.

—Venía del lado norte.

Mara se la quedó mirando.

—Venía del lado norte —repitió Llorente—. Del lado de la vega. Estaba usted en mitad del Puente, mirando hacia el pueblo, con la vega a la espalda. Lo anoté. A las seis y diez de la mañana, en el aparcamiento del hospital. Lo tengo en una libreta.

Todo ese tiempo había pensado que nadie había mirado de dónde venía, que lo único que había visto aquella guardia de cara redonda eran unos pies en carne viva y una chica que apestaba. Y la guardia lo había apuntado.

—El norte —dijo Mara.

—La orilla norte. Hay kilómetros de choperas, caminos de concentración y casas de labor. La mitad vacías.

En el corral, algo metálico cayó al suelo, rodó y se paró. Mara se imaginó a su madre de pie entre las macetas, con la regadera en la mano, oyendo por la puerta entornada de la cocina todo lo que no le había preguntado desde 2007. No salió a ver.

Mara cerró los ojos. Intentó ver algo. Un camino. Un árbol. Una luz. Vio un rastrojo gris, sin luna, y un ventanuco desde fuera. Todo lo demás era correr.

Cuando los abrió, Llorente la estaba mirando de la misma forma que en la comisaría. Sin prisa. Tomando nota.

—¿Cómo salió usted y ella no?

El reloj de la cocina, encima de la puerta, marcaba las 15:28. Mara lo miró porque era lo único en aquella cocina que no la miraba a ella.

—Por una ventana.

Llorente esperó. Esperó mucho rato, dando golpecitos con el bolígrafo en el canto de la carpeta.

Mara no apartó los ojos del reloj.