17
Una mano en el hombro, en plena oscuridad.
Mara se despertó y no supo en qué momento se había dormido. La mano no apretaba. Estaba ahí, quieta, con el peso justo para que supiera que era una mano, y a través de la camiseta le llegaba el roce del guante. No había oído la puerta ni el escalón, y no había luz. Olía a café.
—No grites —dijo él, muy bajo, junto a su oreja—. Tu amiga está dormida.
Mara no gritó. Tenía la garganta cerrada. Notó la lana del pasamontañas contra el pelo y el aliento tranquilo, lento, de alguien que no tiene ninguna prisa en el mundo.
—He estado hablando con ella. Antes, cuando tú dormías.
La mano seguía en su hombro. No se movía.
—Dice que la culpa es tuya.
A Mara se le encogieron los dedos de los pies dentro de las zapatillas sin cordones.
—Que ella se quería quedar en la plaza. Que tú te querías ir a las dos, porque tu madre. Que salió corriendo detrás de ti para que no volvieras sola y que por eso está aquí. —Una pausa. El aliento, otra vez—. Que si no fuera por ti, estaría en su cama.
No preguntó nada. No esperó respuesta. La mano se levantó de su hombro y Mara oyó cómo se alejaban los pasos por la tierra, sin tropezar, en una oscuridad en la que ella no veía ni sus propios dedos. La escalera. La puerta. El cerrojo, por fuera.
Se quedó tumbada con los ojos abiertos. Le temblaba la barbilla y la sujetó con la mano.
No sabía qué hora era. Él había apagado la luz desde fuera hacía mucho, después de la segunda botella, y desde entonces el tiempo se había vuelto una sola cosa negra, sin bordes.
Tenía hambre. Una hambre que ya no era de estómago sino de cabeza, que le hacía pensar en el pan de la cocina de su madre, en la tortilla de los viernes, en el aceite chisporroteando.
Al lado del poste estaba el cubo. Lo había usado dos veces, a oscuras, con la cara ardiendo, mientras Inés cantaba en voz alta una canción de la orquesta para que no se oyera nada.
Que si no fuera por ti.
Era verdad. Era todo verdad. La plaza, las dos, su madre, el camino. Inés estaba bailando y ella se fue, e Inés salió corriendo detrás. Somos dos. Se lo había dicho dándole un tirón del brazo para que se riera.
—¿Mara?
La voz de Inés, desde los tres metros. Despierta. A lo mejor no había estado dormida.
—¿Qué te ha dicho?
Mara pensó en no contestar. Pensó en decir que nada. Tenía la palabra nada en la boca, pequeña y fácil. No la dijo.
—Que era culpa mía.
Durante un rato solo se oyó la cadena, Inés cambiando de postura.
Y entonces Inés se rio. Bajito, por la nariz, una risa de las del instituto, de las que se aguantaban en clase de Religión con la cara contra el pupitre.
—Pues claro que es culpa tuya, pesada. —Se le escapó otra vez la risa—. Querías irte a las dos.
A Mara se le abrió la boca en la oscuridad.
—No tiene gracia —dijo Mara.
—Un poco sí. —La cadena otra vez—. A mí me ha dicho que tú le habías dicho que me lo había buscado yo. Por los pendientes. Por ir provocando. Así, provocando, ha dicho, con esa voz de cura que tiene.
—Yo no he dicho eso.
—Ya lo sé, tonta. —Inés dejó de reírse—. No has hablado con él. Te he oído dormir toda la tarde. Roncas.
—No ronco.
—Como un tractor. De los viejos.
Mara se rio. No quería y se rio, con la cara contra el colchón, y la risa le salió mojada.
Cuando se le pasó, se quedaron un rato calladas.
—Mi madre ni se habrá enterado todavía —dijo Inés al final—. Estará dormida en el sofá con la tele puesta y el vaso en el suelo. Y Genaro dirá que me he ido con uno. Ya verás. Que me he ido con uno de Toro a Madrid, que ya lo decía él.
—Mi madre sí se habrá enterado.
—Ya. Tu madre te espera despierta. —Lo dijo sin rabia, con la voz tranquila de cuando contaba los billetes de la lata encima de la colcha—. Por eso te vas a las dos.
Mara no supo qué contestar a eso. Buscó en la oscuridad el ruido de la cadena de Inés, para saber dónde estaba, y lo encontró.
—¿Te duele el tobillo?
—Me pica. Me pica muchísimo. —Una pausa—. Esto no lo cuentes en Madrid.
Arriba no se oía nada. Por el ventanuco no entraba ninguna luz. Mara se acordó del cuaderno. De la pluma raspando cuando ella había dicho nueve.
—Inés. Lo de antes. Lo del número.
Inés tardó en contestar.
—La próxima vez que me pregunte por ti, le digo ocho. —Otra pausa—. Y medio. Por lo de roncar.
Mara cerró los ojos. Le dolía debajo de las costillas, en el sitio de siempre, y esta vez no le importó.
—Mara. Escucha. —La voz de Inés había cambiado. Ya no se reía—. Llevo toda la tarde tocando el candado. El mío, el de la cadena. Tócate el tuyo.
Mara se incorporó y buscó a tientas en el tobillo. El hierro. El candado colgando, pesado, con la superficie rugosa, áspera, como una piedra.
—Está oxidado —dijo Inés—. El mío también. Por dentro está todo suelto, lo noto cuando lo muevo. Tiene una ranura por abajo, donde entra la llave. Mi primo Toño abría las taquillas de la piscina con una horquilla. Me enseñó un verano. Se mete, se busca la cosa que salta, y se aprieta.
—No tenemos horquilla —dijo Mara.
Otra vez la cadena. Un ruido pequeño, metálico, que Mara no supo reconocer.
—No —dijo Inés—. Pero tengo esto.
En la oscuridad, a tres metros, Inés se estaba quitando algo de la oreja. Mara lo supo por el ruido: el cierre de un pendiente, un clic diminuto, el mismo que había oído en el espejo del armario de su cuarto, una semana antes, cuando Inés se cambió los aros de plástico por las lunas.
—¿Qué haces?
—La de la derecha. La otra me la dejo, que me queda bien. —Otro clic, el del cierre al quitarlo del todo—. El poste es de metal. Largo. Duro. Si no entra, lo limo contra el candado hasta que entre.
—Eso puede tardar días.
—Pues días. —Inés se rio otra vez, una sola vez, sin ganas—. ¿Tú tienes otra cosa que hacer?
Mara oyó en la oscuridad un raspado mínimo, metal contra metal, y después otro, y nada.
—¿Y luego qué? —dijo Mara—. Aunque lo abras. La puerta tiene cerrojo por fuera. Lo he oído.
—Pues por la ventana.
—La ventana tiene reja.
—Ya. —El raspado otra vez, más largo—. Primero esto. Después la reja. Luego ya veremos. Tú escucha arriba, los pasos. Si oyes algo, tose. Yo paro y lo escondo.
Mara se sentó con la espalda contra el poste y escuchó. Arriba no había nada. Solo el raspado de Inés, a tres metros, paciente, metal contra metal, como un ratón royendo en una pared. Y por debajo, muy lejos, un ruido que podía ser el río o el viento en los chopos.
Contó. Sin proponérselo, empezó a contar los raspados, los perdió y volvió a empezar.
—Cuando salgamos —dijo Inés, sin dejar de rascar—, nos vamos a Madrid. El lunes. No en junio. El lunes.
—Vale.
—Así no. Dilo bien.
—Nos vamos a Madrid el lunes.
—Eso. —El raspado siguió un rato—. El admirador. Me regala los pendientes y mira para qué.
Se quedó callada un momento. Mara oyó cómo se le iba la respiración y le volvía.
—Esto abre cosas.