La primera que se escapó 16
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La cuenta samu.ribera se había abierto hacía dos años con un número de móvil, y el número tenía titular.

Samuel Rebollo Carrasco. Treinta y un años. Domicilio en Zamora.

Llorente leyó el nombre dos veces y se sentó.

Rebollo.

Martes 16 de octubre de 2007, 21:00. Llegaron al desguace una hora después de que se llevaran a Anselmo Rebollo esposado, y a ella le tocó la oficina.

En la puerta del patio, pegado a la valla, había un crío.

Chándal azul, zapatillas de deporte con los cordones desatados.

Una mujer en bata tiraba de él por el brazo para llevárselo a casa y el crío no se movía.

Tenía la boca cerrada con algo dentro, los carrillos un poco hinchados, y miraba la nave sin parpadear.

Llorente pasó a medio metro de él con la linterna apagada. No le dijo nada. Nadie le dijo nada.

Doce años. Diecinueve después, treinta y uno.

Despegó el pósit de la funda y escribió debajo de las otras horas, con letra más grande: SAMUEL REBOLLO. En la libreta tachó Samu y escribió el apellido al lado de Zamora, donde había dos rayas debajo.

A las 12:14 llamó a la Nacional para que pidieran la entrada urgente en el domicilio.

A las 12:16 pidió, por el juzgado, el tráfico y la posición de todos los números: el de la cuenta y los dos prepagos de los mensajes.

Le dijeron que no antes del domingo. A las 12:20 ya sabían dónde trabajaba: operario de mantenimiento en la depuradora de Zamora, turno de noche.

El encargado, que estaba comiendo, dijo que Samuel había pedido tres días de asuntos propios.

Jueves, viernes y sábado. Que era muy cumplidor.

Que nunca pedía nada. A las 12:26 salió la orden de localización de un Seat León a su nombre.

A las 12:31 tenía la autorización del juzgado de guardia de Zamora.

A las 12:40 Cuesta le dijo que Samuel tenía una tía en el pueblo, en la calle del Río.

Mandó a un guardia. Casa cerrada, persianas bajadas. Nadie abrió.

Bajó la escalera del puesto de dos en dos.

En la entrada, junto a la puerta, seguía el tablón de corcho. Llorente se paró delante sin haberlo decidido.

Circulares de Tráfico de ese año. Un cartel de la campaña de la vendimia. Los horarios del centro de salud. Un aviso de corte de agua para el martes. Nada tenía más de unos meses. Las chinchetas eran nuevas, de colores.

Claro que no estaba. Habían pasado diecinueve años.

Salió a la calle sin mirar atrás.

El piso estaba en un bloque de ladrillo de los setenta, en un barrio de la salida hacia Benavente, un segundo sin ascensor.

La vecina de enfrente les abrió la puerta del portal antes de que llamaran: una mujer mayor, con una bata de guatiné, que dijo que el chico era muy educado, que le subía la bombona, que el jueves por la noche lo había visto bajar con una bolsa de deporte y que no había vuelto.

La cerradura de Samuel Rebollo tenía dos vueltas. El cerrajero tardó cuatro minutos. A las 13:18, Llorente entró la primera.

Ordenado. Eso fue lo primero. Tan ordenado que parecía que nadie vivía allí.

El pasillo era corto y no tenía nada colgado.

En la cocina, los platos estaban secos en el escurridor y había un paño doblado en el tirador del horno.

En la nevera, leche, huevos y un táper con lentejas.

En el dormitorio, la cama estaba hecha, con las esquinas de la sábana metidas por debajo del colchón, tirantes, como las dejaban en la academia.

Había una mesa, una silla y un armario con cuatro camisas, dos pantalones, un forro polar negro y ropa de trabajo con el logo de la depuradora.

En el salón no había televisión. Había una mesa plegable, una silla y una pared.

La pared estaba cubierta de arriba abajo.

Recortes de periódico, amarillos los más viejos y blancos los más nuevos, clavados con chinchetas en filas rectas, uno al lado del otro, sin que se montara ninguno.

Debajo de cada uno, a lápiz, la fecha. Llorente los recorrió de izquierda a derecha.

Octubre de 2007. EL MONSTRUO DEL PUENTE.

Una foto de la nave con el portón abierto.

La detención. Una chica de diecisiete años a la que llamaban M.

Q. El juicio, en 2009. Anselmo Rebollo con la cabeza baja entre dos guardias.

La sentencia. Una esquela pequeña, de 2012, con una cruz.

Luego un hueco. Luego, en la última fila, recortes nuevos, de ese mismo año, sobre cosas que no tenían nada que ver: un reportaje sobre casos de condenas revisadas, una entrevista a un abogado, el anuncio de una conferencia sobre la memoria de los testigos.

No había nada sobre Vera ni sobre Mara Ferreras. Nada de aquel fin de semana.

—Teniente.

Un guardia de Zamora le hizo una seña desde la mesa plegable. Encima había tres carpetas de cartón azul, cerradas con goma, alineadas por el canto.

Llorente se puso los guantes y abrió la primera.

Fotocopias. Cientos. Reconoció el formato antes que el contenido: el membrete de la comandancia de Zamora, el sello en la esquina, la numeración de folios a mano en la parte de arriba.

Diligencias de 2007. Declaraciones de vecinos.

El acta de la inspección de la nave. El informe de la autopsia de Tamara Hidalgo, con las fotos tapadas por una hoja en blanco que alguien había pegado con celo.

La declaración de Mara Quiroga del 16 de octubre, 17:00, la misma que había leído en voz alta de madrugada.

Nada de aquello había salido nunca en un periódico.

Pasó hojas. Las manos le iban más despacio que la cabeza.

En la segunda carpeta encontró el acta del segundo registro de la nave, la del miércoles 17.

Cajón derecho de la mesa de la oficina. Una cajita de cartón.

Dos tarjetas mecanografiadas. Texto reservado, ver pieza separada.

Y en el margen, a lápiz, alguien había escrito las cuatro palabras.

El dato reservado. En el margen de una fotocopia, en una carpeta azul, en un salón sin televisión, en casa del hijo. Llorente sabía quién lo conocía en 2007. Sáez. Su gente de la Judicial. El psicólogo del juzgado, que asesoraba. Y ella.

Llorente siguió pasando hojas.

Al final de la tercera carpeta, sola, metida en una funda de plástico, había una hoja que no era una fotocopia.

Era un folio escrito a mano, por una cara. Tenía cuatro dobleces marcados, de mucho tiempo doblado en cuatro en el bolsillo de alguien. La tinta era azul, de bolígrafo barato. La letra era redonda y aplicada, de alguien que todavía escribe como le enseñaron en la academia.

Cajón derecho de la mesa de la oficina. Martes 16/10, 23:12: vacío. Fotografiado.

Llorente no necesitó leer más. Sabía cómo seguía y dónde había apretado demasiado el bolígrafo. La firma del final era la suya.

Se quedó de pie junto a la mesa plegable, con la funda de plástico en la mano enguantada, mientras el guardia de Zamora esperaba a que dijera algo.

La última vez que había visto aquella hoja, Sáez la estaba doblando en cuatro para guardársela en el bolsillo de la camisa.