La primera que se escapó 15
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La puerta de arriba se abrió sin el golpe de la mañana, y Samuel bajó con la cara blanca, apretando el móvil.

—Otra vez ahí.

Se paró cerca de arriba. El escalón crujió debajo de él y ni se enteró. Tenía la mirada fija en la pantalla, y el móvil viejo de la esquina rajada le temblaba en la mano.

Había pasado la mañana mirando. Con la luz de la bombilla y la del ventanuco juntas, el sótano tenía otra cara que de noche.

Lo había medido a pasos, como lo habría medido su madre: siete de la escalera a la pared del ventanuco, cinco de lado a lado.

Había tocado la pared entera a la altura de la mano: tierra apretada, con piedras abajo y cal encima.

Había subido al cubo y había probado los tornillos de la reja con la uña rota hasta que se le abrió otra vez y tuvo que chupársela.

No se movían. Había oído pasos encima, dos veces, en el suelo de arriba, y un ruido de grifo.

Encima había una cocina. Había estado mirando los dos postes del centro, y las argollas negras de óxido a un palmo del suelo, y se había obligado a no pensar para qué servían, y había pensado.

A media mañana la luz del ventanuco no había cambiado desde el amanecer. Seguía gris, sin sombra, sin moverse de la pared, y Vera había entendido que el ventanuco daba al norte, porque el sol no entraba nunca. Lo había guardado con lo demás.

—¿Qué pasa? —preguntó Vera, sin levantarse del colchón.

Samuel bajó el resto de la escalera y le puso el móvil delante de la cara, demasiado cerca, sin soltarlo.

Era una captura de una web de noticias de Zamora, hecha fuera, en la carretera.

Un portón de chapa abierto, guardias civiles con chaleco verde, una cinta de plástico cruzada entre dos postes y, detrás, una nave vieja con el tejado lleno de agujeros y coches destrozados entre zarzas.

Debajo, en letra pequeña: La Guardia Civil registra la antigua nave de Anselmo Rebollo en relación con la desaparición de una menor.

Arriba, en la pantalla, la hora: 13:04. La menor era ella, y ni siquiera salía en la foto.

—La nave de mi padre —dijo Samuel—. Diecinueve años y otra vez ahí.

Retiró el móvil. Se quedó de pie en mitad del sótano, mirando la foto sin parpadear, esperando que cambiara.

—Tu madre los ha mandado otra vez ahí.

Vera se guardó la respuesta. Había aprendido por la mañana lo que pasaba si decía algo gracioso.

—¿Tú sabes lo que es eso? —Samuel levantó la vista—. Que todo el pueblo vuelva a mirar la nave. Que los viejos se paren en la valla del paso a nivel. Que el chaval de turno lo grabe. Que alguien lo cuelgue. Que mi tía, en Benavente, abra el móvil a la hora de comer y se encuentre esto.

Metió el móvil en el forro polar. Lo sacó otra vez, lo miró y lo volvió a guardar.

—Yo tenía doce años. A los trece me cambiaron de colegio porque en el del pueblo me escribían en la mesa.

Con compás. Hijo del monstruo. Me lo escribían tan hondo que se leía por detrás del folio cuando hacías un examen.

—Se sentó en el escalón, con los codos en las rodillas y los ojos en el suelo de tierra—.

En el de Zamora tardaron un mes en enterarse. Un mes. Luego fue igual.

—¿Y tu madre?

—Mi madre se había ido antes. A Alicante, con uno.

Me crio mi tía Benita. La hermana de mi padre.

Una mujer que no ha dicho una palabra fea en su vida y que iba a misa de ocho para que la gente la viera ir, con la cabeza alta, y luego volvía a casa y lloraba en el baño con el grifo abierto para que yo no la oyera.

Vera lo miraba. Miraba las manos, sobre todo. Unas manos grandes, con las uñas muy cortas y muy limpias, que no se estaban quietas. Se frotaba un pulgar contra otro, una y otra vez, hasta que la piel se le ponía roja.

—Mi padre me escribía desde la cárcel. Todas las semanas.

A lápiz, con unas faltas que te daba vergüenza leerlas.

Me contaba lo que había comido. Que había un patio con un árbol.

Que me portara bien con la tía. Nunca ponía que no había sido él.

Ni una vez. Decía que eso ya lo sabía yo.

—Se le movió la mandíbula por dentro, como por la mañana—.

La última carta me llegó una semana después del entierro.

Vera le miró las manos y dejó de mirarlas.

—¿Por qué yo? —dijo.

Samuel levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Si tu problema es mi madre. ¿Por qué yo? Podías haberla cogido a ella.

Samuel la miró mucho rato, como había mirado las rayas.

—Porque a ella le da igual lo que le pase a ella. Lleva toda la vida demostrándolo. —Se inclinó hacia delante—. Y porque a ti no te va a mentir.

Vera se rio. No quería reírse. Le salió por la nariz, corta, sin gracia.

—A mí es a quien más miente.

Era verdad. Le salió sin pensarlo, con la voz que ponía en casa cuando quería hacer daño. Y vio cómo le cambiaba la cara a Samuel. Se le pararon los pulgares y se quedó muy quieto, mirándola de otra manera.

Vera lo apuntó por dentro, igual que su madre apuntaba las grietas de una pared sin decir nada.

—Nunca me ha contado nada —dijo, más bajo—. Ni una vez. Me he enterado de que la secuestraron por un desconocido en internet. Por ti.

Samuel asintió, como si eso también lo hubiera sabido siempre. Se levantó y subió. Cerca de arriba, en el cuarto, se paró, y esta vez sí oyó el crujido, porque bajó la vista hacia la madera.

Se volvió hacia ella. Ya no tenía la cara blanca, y había dejado de frotarse los pulgares.

—Entonces vamos a ver cuánto te quiere —dijo Samuel.