La primera que se escapó 14
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El guardia apretó la cizalla con las dos manos, se le hincharon las venas del cuello y la cadena del portón se partió con un chasquido. El candado cayó al barro.

Mara estaba detrás de la cinta.

La nave seguía en pie. Mara no la había visto nunca, solo en las fotos del juicio.

Era más pequeña que en las fotos. Muros de bloque de hormigón hasta la altura de un hombre y, encima, chapa ondulada, roja de óxido, con agujeros por donde entraba la luz.

Cubierta a dos aguas sobre cerchas de hierro.

Seiscientos metros de nave, calculó sin querer.

Otros dos mil de patio. Sin valor ninguno más que el del suelo, y el suelo tampoco valía mucho: inundable, junto a la vía de mercancías, a un kilómetro del pueblo.

Las zarzas se habían comido la mitad del patio.

Entre las zarzas asomaban coches sin ruedas, sin cristales, con la pintura quemada por el sol, un tractor con el asiento reventado, una montaña de llantas.

Detrás de la cinta se había juntado gente.

Una mujer con el carrito de la compra. Dos hombres mayores con gorra, apoyados en la valla del paso a nivel.

Un chaval con el móvil en alto, grabando.

Nadie la miraba a ella ni la reconocía. En la prensa había sido M.

Q., y en el pueblo había sido la hija de Encarna, la que se fue a Valladolid, y las dos cosas nunca se habían juntado del todo en voz alta.

Antes de entrar, el sargento que mandaba a los guardias se acercó a la cinta. Un hombre de unos cuarenta, fuerte, con la cara de haber dormido poco y de conocer a todo el mundo en aquel pueblo. Llevaba en la mano una fotocopia doblada.

—Sargento Cuesta. —No le tendió la mano—. ¿Usted es la madre?

—Sí —dijo Mara, agarrada a la cinta.

—Tengo aquí el plano de 2007. —Desdobló la fotocopia y se la enseñó por encima de la cinta: un rectángulo dibujado a bolígrafo, unas cruces, una flecha—. Pero prefiero que me lo diga usted. ¿Dónde la tuvieron?

Mara miró el plano. Lo había dibujado ella, el martes por la tarde, en el puesto, con las fotos de la nave delante. Reconocía la flecha, torcida hacia la izquierda, porque le temblaba la mano cuando la hizo.

—Al fondo —dijo—. A la izquierda. Detrás de los coches, junto a la pared de bloques.

Eran las mismas palabras de entonces. Oyó cómo le salían, una detrás de otra, en el mismo orden, sin que tuviera que buscarlas.

Cuesta asintió, dobló el plano y se volvió hacia los suyos.

Los guardias entraron por el portón con linternas, aunque era de día.

Mara los vio cruzar la nave hacia el fondo. Detrás de los coches. Junto a la pared de bloques, a la izquierda, donde el suelo de cemento estaba roto. El sitio exacto que ella había dibujado en 2007, con los pies vendados. Iban derechos, exactamente adonde ella los había mandado.

Apretó el puño dentro del bolsillo del abrigo.

—Mara.

No lo oyó llegar. Estaba a su lado, de pronto, con el abrigo azul marino abrochado hasta arriba, mirando la nave como la miraba ella.

Le pasó un brazo por los hombros y la acercó hacia él, sin apretar, con la mano abierta en su espalda. Mara apoyó la frente en la solapa. La tela estaba fría, del viaje.

—Estoy aquí —dijo Lamela.

Mara se quedó así un momento. Llevaba desde las 06:50 del día anterior sin que nadie la tocara. Notó cómo le cedían las rodillas y cómo él, sin hacer ningún gesto, las sostenía con el brazo.

Cuando se separó, él le cogió la mano derecha. Vio la tirita, despegada por un lado, con el borde oscuro. No preguntó. Nunca preguntaba lo que ella no quería contar. Le soltó la mano con cuidado.

—¿Has dormido? ¿Has comido algo?

—No. Ninguna de las dos cosas.

—Luego comes —dijo, sin énfasis—. De eso me encargo yo. Tú ahora solo tienes que estar aquí.

—¿Te han mandado algo más?

Mara sacó el móvil y le enseñó la foto.

Lamela la estudió mucho rato, sin ampliarla, con el móvil lejos de los ojos. Mara le vio el perfil. Estaba serio, concentrado, como en la consulta cuando ella decía algo importante y él no quería que se notara que lo era.

—Está entera —dijo al fin—. Mírale la barbilla. Está aguantando.

Le devolvió el móvil. Mara miró la barbilla de su hija y pensó que Lamela la conocía. Había tenido a Vera seis meses en la consulta, a los trece años, los jueves por la tarde. Sabía qué cara ponía cuando aguantaba.

—Andrés. —Mara tomó aire—. Esa pared.

—No te adelantes —dijo sin mirarla, con los ojos en la nave, en voz tan baja que solo ella pudo oírlo.

—Esa foto no es de...

—Respira. —Ahora sí la miró—. Ahora mismo no sabes nada seguro. Lo que digas hoy lo vas a tener que sostener mañana.

Mara respiró. El viento cambió y le trajo el olor de la nave por el portón abierto.

Óxido. Aceite quemado. Hierro mojado. Mara lo reconoció antes de pensarlo, y tardó un momento en entender de dónde lo reconocía.

No de un sótano. De una declaración. «Olía a aceite, a hierro».

Lo había dicho en 2007, con los pies vendados, y lo había firmado.

Era la primera vez en su vida que lo olía.

Dentro de la nave, los guardias movían chapas. Oyó una llanta rodar y caer. Una voz que decía aquí, y otra que decía nada. La luz entraba por los agujeros del tejado en columnas llenas de polvo, y los guardias las atravesaban una y otra vez, arriba y abajo, como si alguna fuera a abrirse.

Mara contó las columnas de luz. Once. Contó también los coches del patio, catorce con el tractor, y las chinchetas de una circular descolorida pegada en la caseta de la entrada. Cuatro.

A las 11:52 salió Cuesta. Se quitó la gorra, se pasó la mano por el pelo y se la volvió a poner. Llegó hasta la cinta y se paró delante de ella.

Negó con la cabeza.

—Vacío. —Miró el móvil que Mara tenía en la mano—. Aquí no hay ningún sótano, señora. No ha habido nunca. El suelo es de solera, se ve la tierra debajo donde está roto. Esa foto no es de aquí.

Mara apretó el móvil contra el muslo.

—¿Le suena de algo esa pared? —Cuesta señaló el móvil con la barbilla—. Una bodega. Una casa de por aquí. Lo que sea.

La mano de Lamela seguía abierta en su espalda. No apretaba. No hacía falta.

—No —dijo Mara.

Cuesta esperó un momento más, por si añadía algo, y luego se volvió hacia la nave y gritó a los suyos que precintaran otra vez el portón.

La gente de detrás de la cinta empezó a irse. El chaval del móvil seguía grabando. La mujer del carrito dijo algo a los de la gorra y los tres miraron hacia ella, por fin, con la cara de quien acaba de juntar dos cosas.

Mara miró la nave. El portón abierto. La cadena partida en el barro, con su candado.

—Estáis buscando donde yo os dije —dijo en voz baja, a nadie.

La mano de Lamela, en su espalda, se quedó quieta. La había oído.