La primera que se escapó 13
23%

13

El frío de la cadena en el tobillo le llegó antes que la luz.

Estaba tumbada de lado sobre algo blando que olía a humedad y a plástico.

Tenía la boca seca, con sabor a tiza, y dentro de la nariz todavía el olor dulce, pegado, que le daba ganas de vomitar cada vez que respiraba.

Le dolía la cabeza por detrás de los ojos.

Movió la pierna izquierda y algo pesado se movió con ella, arrastrándose por el suelo con un ruido de eslabones.

Abrió los ojos. No cambió nada. Seguía todo negro.

Se tocó el tobillo. Hierro frío, apretado encima del calcetín, y un candado colgando, grande como la palma de su mano.

La cadena iba por el suelo hasta algo duro y áspero, de madera.

Un poste. Mara lo abrazó en la oscuridad sin saber por qué, con la mejilla contra la madera, y lo notó subir hasta perderse.

Quiso llamar a Inés y no le salió voz. Carraspeó. Lo intentó otra vez.

—Inés.

—Aquí.

Estaba cerca. A su derecha, a unos pasos. La voz de Inés sonaba rota, de haber gritado o de no haber hablado en mucho tiempo, y aun así era su voz.

—¿Estás atada?

—Del pie. A un palo. —Un ruido de cadena—. ¿Y tú?

—Yo también. De la pierna izquierda.

Mara estiró el brazo hacia la voz tanto como pudo, hasta que el hierro se le clavó en el tobillo. Tocó aire. Oyó a Inés hacer lo mismo, la cadena tensa, un gruñido. No llegaban. Se quedaron así un rato, con los brazos estirados hacia nada.

—Pues vaya verbena —dijo Inés.

Mara se rio. Fue una risa horrible, que se le rompió a la mitad, y se tapó la cara con el antebrazo para que no le saliera lo que venía detrás.

Arriba, sobre sus cabezas, se oyeron pasos.

Se callaron las dos. Los pasos cruzaron de un lado a otro y se pararon. Un chasquido seco, al otro lado de una pared. Una bombilla se encendió en el techo, colgada de un cable, y la luz le entró en los ojos como un clavo.

Cuando pudo mirar, vio el sitio por primera vez.

Un sótano de techo bajo, con vigas negras.

Paredes blancas, sucias, que no eran de ladrillo.

Suelo de tierra. Dos postes de madera en el centro, y a cada uno, una cadena, y al final de cada cadena, una de ellas.

Inés estaba sentada en otro colchón a tres metros, con la camiseta amarilla de la peña manchada de tierra y las lunas todavía en las orejas.

Tenía un arañazo en la barbilla. Miraba hacia arriba.

Mara siguió su mirada. En la pared opuesta a la escalera, casi pegado a las vigas, había un ventanuco.

Un hueco pequeño, alargado, del tamaño de una bandeja de horno, por el que entraba una luz gris y sucia.

Tenía reja. Cuatro barrotes de hierro, retorcidos sobre sí mismos como palos de regaliz, metidos en la pared.

Por detrás de los barrotes se veían tallos cortados, amarillos, y un trozo de cielo del mismo color que la luz.

Era de día. No sabía de qué día.

—¿Tienes el móvil? —susurró.

—Me lo ha quitado. —Inés no apartó los ojos del ventanuco—. Y los cordones de las zapatillas. Mira.

Mara se miró los pies. Las zapatillas le quedaban sueltas, abiertas como dos bocas. No se había dado cuenta.

—Tu madre ya estará llamando a la Guardia Civil —dijo Inés—. Desde las dos y cuarto. Seguro que ha despertado a medio pueblo.

Lo dijo para que Mara se lo creyera, y Mara se lo creyó un poco.

Arriba, al final de una escalera de ladrillo, se abrió una puerta.

Alguien bajó. Mara contó los escalones sin querer por el ruido de los pies. Al llegar al cuarto hubo un crujido y una pausa, y luego el resto, despacio, hasta abajo.

Llevaba un pasamontañas de lana negra, de los de la nieve, y guantes.

Ropa oscura, sin nada que se recordara. En una mano, una botella de agua con una pajita metida por el tapón.

En la otra, un cuaderno negro de tapas duras.

La bombilla le quedaba detrás de la cabeza y no dejaba verle los ojos por los agujeros de la lana. Solo la forma.

Olía a café. A café de máquina y a algo seco, como papel.

Se agachó primero delante de Inés, le acercó la pajita a la boca y esperó.

Inés giró la cara. Él siguió esperando, con la botella quieta, sin prisa, hasta que Inés bebió.

Bebió mucho, con los ojos cerrados. Con Mara hizo lo mismo.

Se agachó delante de ella, y Mara bebió sin hacerle esperar, porque tenía la garganta como papel de lija, y se odió un poco por lo rápido que lo hizo.

Él volvió a la escalera y se sentó en el último escalón. Abrió el cuaderno sobre las rodillas. Sacó una pluma del bolsillo, le quitó el capuchón y lo encajó en el otro extremo con un clic pequeño.

—¿A qué hora cenáis en casa?

La voz era baja. Educada. Una voz de alguien que no ha tenido prisa en su vida. Hablaba como el médico de cabecera cuando rellena un impreso y necesita los datos.

Mara miró a Inés. Inés miraba a la pared.

—A las diez —dijo Mara.

La pluma raspó el papel. Mara la oyó correr, pararse, correr otra vez.

—¿Y tú? —le preguntó a Inés.

Inés siguió mirando la pared. Él esperó. No parecía molesto. Parecía tener todo el tiempo del mundo, y eso era peor que si hubiera gritado.

—En mi casa no se cena —dijo Inés al final—. En mi casa se bebe.

Él lo apuntó sin levantar la cabeza.

—¿A quién echarán de menos antes?

—A ella —dijo Inés, sin mirar a Mara—. A ella la están buscando desde las dos y cuarto. Su madre tiene la tele puesta.

La pluma. Mara notó que se le calentaba la cara, como en el banco de la ribera cuando Inés decía nombres de chicos.

Él levantó la cabeza hacia Inés y la estuvo mirando un rato largo, sin escribir. Mara vio que le miraba las orejas.

—Te quedan bien —dijo.

Inés se quedó muy quieta. Se llevó la mano a la oreja derecha y tocó la luna.

—Fuiste tú. Lo del buzón.

Él bajó la cabeza y escribió.

—Hijo de puta. —Inés se inclinó hacia delante hasta donde le dio la cadena—. Hijo de la gran puta. ¿Te crees que me voy a poner a llorar? Pues escríbelo. Escribe que eres un hijo de puta y un cobarde, que te tapas la cara.

Él lo escribió. Mara lo vio. La pluma se movió a la misma velocidad que antes, como si Inés le hubiera dicho la hora de la cena.

—¿Y a esta qué? —dijo Inés, señalando a Mara con la barbilla—. ¿A esta no le mandaste nada?

Él pasó una página. Mara se quedó mirando el cuaderno y sintió otra vez aquello del banco, feo y pequeño, y le dio más vergüenza sentirlo allí que todo lo demás.

—Del uno al diez, ¿cuánto crees que te quiere? —le preguntó él a Inés, y con la pluma señaló a Mara.

—Once —dijo Inés, sin pensarlo.

Él escribió. Giró la cabeza hacia Mara y apuntó a Inés con la pluma.

—¿Y tú?

Mara abrió la boca para decir diez. Lo tenía en la lengua. Diez, claro, diez, qué pregunta. Y en el último momento, sin saber de dónde, le salió otra cosa.

—Nueve.

La pluma raspó el papel.

Inés no dijo nada. Mara no se atrevió a mirarla. Se miró el tobillo, el hierro encima del calcetín, el candado, y deseó con todas sus fuerzas poder volver a decirlo.

Él cerró el cuaderno. Se levantó. Mara pensó que se iba. Pero no subió la escalera. Cruzó el sótano hasta ella y se agachó a su lado, tan cerca que la lana del pasamontañas le rozó la oreja. Olía a café. Tenía la respiración tranquila, lenta, la de alguien que está sentado en su casa.

Habló tan bajo que Inés no pudo oírlo. Solo ella.

—Si solo pudiera salir una, ¿quién debería ser?

Mara no se movió. Apretó el borde del colchón y miró la bombilla hasta que le lloraron los ojos.

Él esperó un rato. Luego se levantó, volvió al último escalón, abrió el cuaderno sobre la rodilla y escribió algo igualmente.