La primera que se escapó Inés. Hora 12
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Inés. Hora 12

Once rayas.

Las ha hecho con la punta del pendiente doblado, una cada vez que ha llegado a tres mil seiscientos. Tiene las yemas de dos dedos en carne, de apretar el metal, y la cal metida debajo de las uñas rotas. Es de día.

Se ha dormido dos veces sentada contra la pared. Las dos se ha despertado con el brazo levantado.

Tiene la lengua pegada al paladar. Se nota el aliento, agrio, de algo que se ha quedado dentro mucho tiempo. El cubo huele.

Mara ha dicho que vuelve. Inés se lo repite en voz baja.

La puerta. Luego los pasos, que Inés ya conoce: tres rápidos, una pausa en el cuarto escalón, que cruje, y el resto despacio.

No pregunta por Mara.

Es lo primero que piensa Inés y es lo que más miedo le da.

Si Mara hubiera hablado, él tendría prisa.

No tiene prisa. Baja, mira el ventanuco con la reja otra vez en su sitio, mira la cadena abierta en el suelo.

Se agacha y le sujeta el tobillo con una mano enguantada.

El candado nuevo se le cierra encima del anillo que le ha dejado el otro, un anillo de carne viva, caliente, que por un lado ya no es rojo sino amarillo.

El frío del metal le hace ver chispas. La cadena nueva llega a la pared del ventanuco. No más.

Huele a café.

Le mete la pajita entre los labios. Inés bebe hasta que él le quita la botella.

—Hijo de puta —le dice, porque es lo que diría si Mara estuviera aquí para oírla.

Él se sienta en el escalón y abre el cuaderno. La pluma raspa el papel. Escribe mucho rato, más de lo que ella ha dicho.

—Del uno al diez, ¿cuánto crees que te quiere?

No levanta la vista para preguntarlo.

—Diez.

Él escribe.

—Está con la Guardia Civil. Hablando. —Pasa una página—. Tiene hasta mañana por la noche. Eso es lo que tiene.

Sube. El cerrojo.

Tardan porque no saben dónde está el sitio. Mara no sabe dónde está el sitio. Salió de noche. No la ha vendido. Eso no se piensa.

Inés saca de debajo del colchón el pendiente doblado y hace la raya doce con la punta. Diez, piensa. Le ha dicho diez.