12
Él contestó al primer tono.
—Mara.
No dijo «dígame», ni «¿quién es?», ni «¿sabes qué hora es?». Dijo su nombre, en voz baja, como si llevara despierto desde antes que ella y hubiera dejado el móvil encima de la mesa, bocarriba, por si acaso.
—Se han llevado a Vera.
Se lo contó todo en tres frases. El pendiente. La mochila. El mensaje. Al otro lado no hubo ni una exclamación. Solo la respiración de él, tranquila, y un silencio que la dejaba terminar.
—Voy para allá —dijo Lamela.
—Estoy yendo a Castrovado. A casa de mi madre.
—Pues voy a Castrovado. —Una pausa—. Mara. No les cuentes nada que no sepas seguro. Ya sabes lo que hace la memoria cuando se asusta. Espérame.
Colgó. Mara siguió con el móvil contra la oreja un momento más, oyendo el tono. Desde los diecisiete, aquella voz había sido el único sitio donde no tenía que acordarse de lo que había dicho la vez anterior.
Arrancó. En el retrovisor, a dos coches de distancia, un todoterreno blanco y verde se puso en marcha a la vez que ella.
La autovía estaba vacía. Niebla en las hondonadas, rastrojos grises, una gasolinera con las luces todavía encendidas.
Conducía con la izquierda y la derecha en el regazo, porque el volante le abría la herida cada vez que giraba.
La patrulla no se despegó en ningún momento.
No la adelantaba ni se quedaba atrás. Mara se sorprendió contando los postes de la mediana y dejó de contarlos.
A las 08:32 aparcó delante de la casa de su madre, en la calle alta, con dos ruedas en la acera como había aparcado siempre su padre.
Encarna le abrió antes de que llamara. Estaba vestida y peinada, con el delantal puesto. Detrás, en la cocina, la radio hablaba bajito.
—Lo han dicho a las ocho —dijo su madre—. Una menor de Valladolid. No han dicho el nombre. —Se secó las manos en el delantal aunque las tenía secas—. No me has llamado.
—No —dijo Mara, con las llaves del coche todavía en la mano.
Su madre la miró. Miró la patrulla, que se había parado al final de la calle. Se apartó para dejarla entrar. Nunca le había preguntado nada. Era su forma de quererla y Mara había tardado veinte años en saber si era suficiente.
En la cocina olía a café y a lejía. El hule de cuadros, la radio sobre la nevera, el calendario de la farmacia con los domingos en rojo. Mara no se sentó.
—¿Dónde está la caja?
Encarna no preguntó qué caja.
—Donde siempre —dijo, y miró hacia el techo.
La escalera del desván era de madera, estrecha, con un pasamanos de cuerda que se le clavó en la palma buena.
Arriba hacía frío y olía a cartón y a ratón viejo.
La luz entraba por una claraboya sucia y caía en diagonal sobre las cajas, las maletas de su padre, un espejo de pie tapado con una sábana.
Mara conocía aquel desván como conocía todas las buhardillas que había tasado: vigas de madera, teja vana, dos metros veinte en el centro y nada en los lados. No había subido desde los diecisiete.
La caja estaba debajo de la claraboya. Una caja de zapatos grande, de botas de monte, con 2007 escrito a rotulador en la tapa con la letra de su madre.
Dentro estaban las cosas que su madre había ido guardando mientras ella no miraba.
La pulsera de plástico del hospital de Zamora, con su nombre y el número de habitación.
Recortes de periódico doblados en cuatro, M.
Q., DE 17 AÑOS. Un sobre de una tienda de fotos del pueblo.
Y debajo de todo, el álbum de tapas de piel sintética, el de la ESO, el que le habían regalado por la comunión y había ido llenando hasta que dejó de llenarlo.
Mara lo abrió sobre las rodillas, sentada en el suelo del desván. No sabía qué estaba buscando hasta que se dio cuenta de que buscaba una cara.
Las fotos de aquel año iban al final. Una excursión a Salamanca. Un cumpleaños con tarta. Inés en la piscina con los ojos rojos de cloro. Mara pasó esa deprisa. Después, una hoja con cuatro esquinas de papel negro pegadas en el cartón y nada dentro.
Un hueco. Rectangular. Un poco más claro que el resto de la página, del tamaño de una foto de carrete. Mara pasó el pulgar por las cuatro esquinas vacías.
Recordaba el flash. El sol blanco pegado en el ojo izquierdo.
Yoli con la cámara de cartón amarillo diciendo que no miraba.
Nunca había visto aquella foto. Sabía que existía porque su madre se lo había dicho una vez, años después, en esa misma cocina, y ella se había levantado a fregar un vaso que no estaba sucio.
—Mamá —llamó, sin levantarse del suelo.
Tardó en oír los pasos en la escalera. Encarna se asomó por la trampilla hasta la cintura, sin subir del todo.
—¿Dónde está la foto?
Su madre miró el álbum abierto. Mara le vio en la cara que ya sabía cuál.
—Se la llevó Vera. Hace tres semanas. El fin de semana que vinisteis.
—¿Vera?
—Estaba aquí arriba buscando no sé qué de tu padre, unas cámaras viejas. Bajó con la foto en la mano y me preguntó quién era la chica que estaba contigo. —Encarna se agarró al borde de la trampilla—. Le dije que era una amiga tuya, de antes.
—¿Nada más?
Encarna negó con la cabeza. No le había dicho el nombre.
En aquella casa el nombre no se decía. No se había dicho desde 2007, ni en la mesa, ni en Navidad, ni el día que enterraron a su padre, cuando Luisa Valverde apareció en el cementerio con un abrigo negro y se quedó al fondo.
Su madre tampoco lo dijo ahora. Siguió en la trampilla, con los ojos en el álbum.
—Me pareció que no pasaba nada —dijo—. Era una foto.
Mara cerró el álbum. Vera había tenido la foto tres semanas. Tres semanas de mirarla desde la cama con aquella cara de tomar nota, de «Tú nunca prometes nada».
Encarna bajó sin que se lo pidiera. Mara la oyó en la cocina, subiendo la radio.
A las 09:40 le vibró el bolsillo.
El mismo número. Mara lo supo antes de mirarlo, por la forma en que se le cerró el estómago. Un mensaje y una foto.
Hora 12. Inés todavía creía que ibas a volver. Di la verdad. En voz alta.
La foto tardó en cargar. Primero fue un rectángulo gris. Luego una mancha blanca de flash. Luego Vera.
Estaba viva.
De pie contra una pared, con una manta de cuadros sobre los hombros y la sudadera del revés asomando por el cuello de la chaqueta vaquera.
Sujetaba con las dos manos un folio a la altura del pecho.
HORA 12, en rotulador negro. El flash le había dejado la cara blanca y los ojos brillantes.
No lloraba. Miraba a la cámara con la barbilla un poco levantada, la misma barbilla de cuando tenía seis años y juraba que no había roto el espejo.
Mara apoyó la frente en el borde de la caja y se quedó así hasta que pudo volver a mirar.
Hizo lo único que sabía hacer. Puso dos dedos sobre la pantalla y abrió la imagen, como abría las fotos de las humedades en el trabajo, para ver el material.
La pared no era de ladrillo. Tapial. Tierra apisonada con un encalado viejo que se había descascarillado en placas.
Abajo, a la altura de las rodillas de Vera, un zócalo de piedra sin labrar, de canto rodado de río, tomado con mortero de cal.
Una casa de labor de antes de la guerra, de las que ella había tasado por docenas en los pueblos de la vega, siempre con las mismas grietas y el mismo olor.
Vera no estaba en el centro de la pared. Estaba desplazada hacia un lado, con el hombro pegado a la cal, justo debajo de un hueco.
Mara amplió el hueco.
Un ventanuco alto, casi en el techo, a ras del terreno de fuera. Por él entraba una luz gris, de rastrojo. Y delante, cuatro barrotes de cuadradillo retorcido, sujetos a la piedra con cuatro tornillos brillantes, nuevos, de cabeza de estrella, que no pegaban con nada de lo que había alrededor.
No reconoció la pared ni la luz, y no habría sabido decir en qué pueblo estaba aquella casa ni en qué orilla.
Pero la reja la conocía. La había mirado desde abajo con diecisiete años, tumbada en un colchón con un hierro en el tobillo, un día entero, hasta aprenderse dónde se torcía cada barrote. La había visto por última vez desde fuera, con la cara pegada al rastrojo.
El móvil le tembló en la mano. En la cocina, la radio daba la hora.
—Es el mismo sótano —dijo Mara en voz alta, en el desván vacío.