La primera que se escapó 11
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La puerta de arriba golpeó contra la pared y Samuel bajó con un termo en una mano y una bolsa de panadería en la otra.

Estaba sentada en el colchón con la manta sobre los hombros y la espalda contra la pared, donde no le llegaba la corriente del ventanuco. La manta olía a naftalina y a armario de pueblo. No se levantó.

El lunes, en el café de Valladolid, Samuel no había parado de hablar.

Le había parecido más alto y más blando, un tío grande que pedía perdón por ocupar sitio.

En el sótano era otra cosa. Era ancho. Tapaba la escalera entera.

Tenía ojeras de no haber dormido y una mandíbula que se le movía por dentro aunque tuviera la boca cerrada.

—He traído café. Y magdalenas.

—Qué detalle.

Samuel se paró en seco a media escalera. La miró desde arriba un rato largo, sin parpadear, con la mandíbula trabajando. Después bajó el resto de los escalones y dejó la bolsa en el suelo, a un metro del colchón.

Vera se guardó el siguiente chiste.

Él dejó el termo en el último escalón y se sentó al lado, con los codos en las rodillas, bloqueando la subida con el cuerpo. No hacía falta. Vera ya sabía que no iba a subir.

Alargó el brazo, sacó una magdalena de la bolsa, le quitó el papel y se la comió a mordiscos pequeños. Estaba seca y tenía un hambre que le daba vergüenza. Cuando le vino a la cabeza otra mesa, otra cocina, la apartó antes de que terminara de formarse y contó las rayas de la pared. Cuarenta y ocho.

—¿Quién hizo eso?

Samuel siguió la barbilla de ella hasta la pared. Miró las rayas mucho rato.

—Ya estaban cuando vine.

—¿Y mi madre? ¿Ha contestado?

—No le he preguntado nada. Le he dicho cuánto tiempo tiene.

—¿Hasta cuándo? —Vera se limpió las migas en la manta.

—Hasta que diga la verdad.

—¿Y si no la dice?

Samuel se levantó. Cruzó el sótano en tres pasos y se agachó delante de ella, en cuclillas, con la cara a un palmo de la suya. No la tocó. Olía a sudor frío y a la calle. Tenía una vena marcada en la sien.

—La va a decir —dijo, muy bajo—. Por la cuenta que le trae.

Se quedó ahí más de lo necesario. Vera no apartó los ojos, porque intuía que apartarlos era peor. Luego él se incorporó y volvió al escalón.

Tenía en la mano un móvil viejo, con la pantalla rajada en una esquina, que no era el del lunes. Le daba vueltas sin encenderlo.

—Mi padre murió en la cárcel. Ya lo sabes, te lo conté.

Lo que no te conté es que yo estaba en la puerta del desguace cuando lo metieron en el coche.

Tenía doce años y estaba comiendo pipas.

No las escupí. Me quedé con las cáscaras en la boca hasta que se fueron.

—Dejó de darle vueltas al móvil—. No había hecho nada. Y tu madre lo sabía.

—Eso no lo sabes.

Samuel dio una palmada en el escalón. Sonó como un disparo en una caja y Vera lo notó en los dientes.

—Lo sé.

Lo dijo otra vez tranquilo, casi amable. Hablaba sujetando cada palabra, y Vera se preguntó qué pasaba el día que se soltara. También se fijó en otra cosa: la frase le salía gastada, de tanto repetirla. Lo guardó.

Samuel sacó del bolsillo del forro un folio doblado en cuatro y lo abrió. Rotulador negro, mayúsculas de niño aplicado: HORA 12.

—Levanta. Sujeta esto a la altura del pecho.

—¿Para qué? —dijo Vera sin levantarse.

—Para que vea que estás viva.

Vera se levantó con la manta todavía por los hombros y cogió el folio.

Le temblaba en la mano y lo sujetó con las dos.

A él también le temblaban. Lo vio en el móvil, que no se estaba quieto, y en cómo se secó la palma contra el pantalón.

Tenía miedo, y el miedo le salía por la mandíbula y por las manos.

En el instituto había chicos así. Los que tenían miedo eran los que pegaban.

Inspiró contando hasta cuatro. Retuvo. Soltó contando hasta cuatro.

Su madre no miraba a la gente. Cuando entraban en un sitio nuevo, un restaurante, la casa de alguien, el piso de los padres de Carla, su madre miraba primero las paredes.

Las esquinas, las manchas de humedad, las ventanas, dónde estaba la puerta.

El día que Vera cumplió quince años, su madre vio la grieta del techo del bar antes que la tarta, y Vera se lo estuvo echando en cara un mes.

Su madre sabía de qué estaban hechas las casas.

Tocaba una pared con la palma abierta y decía cuántos años tenía.

Aquella pared no era de ladrillo. Era de tierra apretada, con piedras abajo y una capa de cal por encima que se deshacía si la rascabas con la uña. Tapial, o adobe, una de esas palabras que su madre decía por teléfono con los clientes y que a Vera le sonaban a otro siglo.

El ventanuco quedaba a su izquierda, alto, con la luz gris del rastrojo entrando entre cuatro barrotes retorcidos como palos de regaliz. Los tornillos brillaban demasiado para una pared tan vieja.

—Ahí no. Contra esa pared. —Samuel señaló la cal de enfrente de la escalera—. Y no llores. Tiene que verte entera.

Vera fue hacia donde él señalaba. Antes de llegar se desvió medio paso a la izquierda, como si buscara dónde apoyarse, y dejó el hombro contra la cal justo debajo del ventanuco. Levantó el folio.

Samuel sostuvo el móvil con las dos manos, lejos de la cara, igual que la abuela Encarna. En la pantalla, encima de la imagen, Vera vio la hora un segundo antes de que la tapara su pulgar: 08:40.

El flash la dejó ciega. Cuando volvió a ver, Samuel tenía la cara pegada a la pantalla. Miraba la cara de ella. Solo la cara. No miró lo que había detrás. Asintió, se guardó el móvil y le arrancó el folio de las manos sin tocarle los dedos.

—Luego te bajo más agua.

—Y vacía el cubo.

Samuel se volvió desde la escalera. Tenía los ojos fijos en ella, como antes en las rayas.

—Cuando yo diga.

Subió. Crujió el cuarto escalón y después sonó el cerrojo.

Vera se quedó donde estaba, de pie debajo del ventanuco, con la espalda contra la cal fría, mirando hacia arriba, hacia los tornillos que brillaban.

«Mi madre mira paredes», pensó. «Que mire esta».