La primera que se escapó 10
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CASTROVADO DEL DUERO.

Tarjeta de prepago. El titular, pendiente.

Llorente se sentó en la silla del despacho que le había dejado un inspector de la Nacional, un cuarto con un calendario de una academia de oposiciones y una planta de plástico con polvo en las hojas.

Una antena en el campo no era una calle.

Cubría el pueblo, las dos orillas, las choperas, las fincas, kilómetros de nada.

Pero era Castrovado. No era Valladolid ni Zamora capital ni una gasolinera de la autovía.

—A la madre de Vera le dijiste anoche que no sabías con quién hablaba —dijo Llorente.

Carla miró la taza.

—Díselo —dijo la madre.

—Me lo hizo prometer.

—Carla —repitió la madre, y le apretó los hombros.

—Un tal Samu. —Lo dijo muy deprisa, para que no le diera tiempo a arrepentirse—. De Zamora. Hablaban por la cuenta de fotos, por privado. Desde hace unas semanas.

—¿Lo conoces? —preguntó Llorente.

—No. Nunca lo he visto. No tenía foto de perfil, tenía un río.

—¿Te dijo Vera de qué hablaban?

Carla levantó los ojos por primera vez.

—De su madre. Vera decía que su madre mentía en algo gordo. Así, «algo gordo». Que lo iba a averiguar y que cuando lo supiera seguro me lo contaba.

—¿En qué mentía?

—No me lo quiso decir. —Se le arrugó la barbilla—. Pensé que era por lo del padre. Que había encontrado al padre o algo.

Llorente apuntó en la libreta, con letra pequeña: Samu. Zamora. Algo gordo. Debajo subrayó Zamora dos veces. Al lado escribió: familia de Rebollo, preguntar.

En la puerta, la madre de Carla la cogió del brazo.

—¿La van a encontrar?

Llorente le dijo lo que se dice. La mujer asintió y le soltó el brazo.

A las 06:55, desde el coche, pidió a la Nacional que tramitara con Meta la petición urgente por riesgo para una menor: la cuenta de Vera, los mensajes privados, todo lo borrado, y la cuenta de un tal Samu que tenía un río en la foto.

El inspector de guardia le dijo que salía ya.

Nadie le supo decir cuándo contestarían un sábado.

La desaparición seguía siendo de la Nacional.

Lo de 2007, el mensaje y los pendientes, de la Guardia Civil.

A las 05:00 lo habían dejado por escrito dos comisarios y un coronel por teléfono, y todavía nadie sabía con exactitud dónde acababa una cosa y empezaba la otra.

Llorente había decidido no preguntarlo hasta que alguien se quejara.

A las 07:40 le llegó el primer informe de Criminalística. Una página y media. Lo leyó en el aparcamiento, con el motor encendido y la calefacción al máximo.

Pendiente uno, el de la mochila: plata, forma de luna menguante, cierre de poste. Sin restos biológicos visibles. Ninguna huella aprovechable en una superficie tan pequeña.

Pendiente dos, el de la mesita: igual en forma, peso y medidas.

Sangre seca cubriendo la curva y el cierre.

Humana. Pendiente de cotejo. La madre declara que es suya.

La sangre había tapado cualquier huella que pudiera haber debajo.

Seguían con ello. Y una observación al final, en una línea aparte: el poste presentaba una deformación junto al cierre.

Llorente amplió la foto adjunta hasta que la luna le ocupó la pantalla entera. La muesca era una marca mínima en el metal, casi nada. No supo qué era. La apuntó igual.

Después abrió el navegador y escribió: pendiente luna menguante plata.

Salieron cientos. De plata de ley, con cierre de poste, en caja de regalo, envío en veinticuatro horas.

Doce euros con noventa. Nueve con cincuenta en otra tienda.

Una joyería de Valladolid tenía el mismo modelo en el escaparate de su página, en una foto con fondo negro, y debajo alguien había escrito en los comentarios: la luna del Puente, qué mal rollo.

Desde el juicio de 2009, cualquiera podía tener una.

Llorente apagó la pantalla y se quedó mirando el parabrisas.

Hizo la lista en la libreta, como la hacía siempre, sin adjetivos.

Un pendiente que se vendía en internet por doce euros.

Sangre de la madre encima. Una hora y cuarto de retraso.

Un «no» al de la mochila. Una puerta sin forzar. Nadie más lo había visto en la mesita.

Lo único que decía que aquella luna había entrado en la casa desde fuera era la palabra de Mara Ferreras.

Lo miró un rato. No escribió nada debajo.

A las 07:52 le avisaron de que la madre había pedido irse a Castrovado, a casa de la suya, en cuanto se hiciera de día.

Nadie se lo había impedido. Llorente pidió que una patrulla la siguiera a distancia y que nadie la parara.

Luego llamó al comandante de Madrid y le dijo que movía el centro de mando a Castrovado.

—¿Con qué? —preguntó el comandante.

—Con una antena y una chica que dijo que estaba sola.

El comandante tardó en contestar.

—Llévate a quien necesites.

A las 08:14, cuando ya estaba en la autovía, sonó un número de Zamora.

—¿Teniente Llorente? Sargento Iván Cuesta, comandante del puesto de Castrovado. —Tenía voz de pueblo y de no haber dormido, y hablaba como quien ha pensado lo que va a decir—. Le tenemos preparada la sala de arriba. Mesas, dos líneas y un tablón. Café hay.

—Gracias, sargento. ¿Sigue el tablón en la entrada?

—¿El tablón?

—El de corcho. Al lado de la puerta.

—Sí, teniente. Ahí sigue.

—¿Qué tiene colgado?

—Pues lo de siempre. —Cuesta pareció mirarlo—. Circulares.

Llorente no preguntó más.

—Otra cosa. —Una pausa. De fondo se oía una radio y una puerta—. El capitán Sáez. El que llevó lo del Puente. Está retirado, vive aquí, en la casa de abajo, junto al río. Ha llamado al puesto a las siete y cinco.

—¿Para qué? —dijo Llorente.

—Para preguntar. Si era verdad lo de la chica. Si era verdad lo de la luna. Si venía alguien de Madrid.

Llorente puso el intermitente y se cambió al carril de la derecha. Por la ventanilla pasaban los rastrojos grises de la meseta y, muy lejos, una fila de chopos amarillos que marcaba dónde estaba el río.

—Y ha preguntado por usted —dijo Cuesta—. Por su nombre.