La primera que se escapó 9
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El flash de la cámara de Yoli les estalló en la cara en mitad del Puente.

—¡Mara! ¡Que no mirabas!

Mara parpadeó. Tenía un sol blanco pegado en el ojo izquierdo y, detrás, borrosa, a Yoli Cid con la cámara desechable levantada, la de cartón amarillo que había comprado en el estanco para las fiestas.

—Sí miraba —dijo Mara, frotándose el ojo.

—A ella. La mirabas a ella. —Yoli giró la ruedecita con el pulgar, rrrr, rrrr, hasta que hizo tope—. Me quedan tres y son para la verbena. Así te quedas, de perfil.

Inés se reía con la espalda contra la barandilla y la cabeza echada hacia atrás, al sol.

Llevaba puestas las lunas. No se las había quitado en toda la semana, ni para dormir, decía.

Con el sol bajo de la tarde entrando de lado entre los hierros del Puente, las dos le brillaban debajo del pelo caoba, y cada vez que se reía se movían.

Mara la estaba mirando porque Inés acababa de decir una cosa, justo antes del flash, con los ojos cerrados y la cara al sol:

—Pues el admirador se ha equivocado de chica. Yo me voy.

Lo había dicho riéndose. Mara se había girado a mirarla como se gira uno cuando le pisan, y en ese momento Yoli había apretado el botón.

Abajo, en la ribera, la charanga de la peña de Los del Vado ensayaba el pasacalles y se equivocaba siempre en el mismo sitio.

Olía a churros, a pólvora de la tarde y al río, que bajaba marrón y lento, con hojas de chopo amarillas dando vueltas en los remolinos.

Por el Puente pasaban críos corriendo con globos y señoras del brazo con la chaqueta de punto por los hombros.

Los tablones sonaban huecos bajo tanto pie.

—¿Te vas cuándo? —dijo Mara.

—En junio. Ya te lo he dicho.

—Me lo has dicho en junio pasado también.

Inés abrió un ojo y la buscó con él, solo con uno.

—Este junio es de verdad.

A las 20:40, Mara estaba en el baño de su casa, delante del espejo, con la camiseta amarilla de la peña a medio meter por la cabeza.

Se había pintado la raya del ojo tres veces y las tres le había salido torcida del mismo lado.

La camiseta olía a nueva, a plástico de bolsa, y en el pecho ponía LOS DEL VADO en letras negras que todavía no se habían cuarteado.

Desde el pasillo, Inés aporreaba la puerta del baño con la palma abierta.

—¡Que te des prisa, que nos vamos sin ti, que se nos va la charanga!

—¡Ya voy! —gritó Mara al espejo.

En la cocina, su madre freía algo y hablaba por encima del ruido del aceite sin volverse.

—A las dos en casa, Mara.

—A las tres, Encarna —dijo Inés desde el pasillo.

—A las dos, Inés. Y no volváis solas.

—Somos dos —contestó Inés.

Su madre le dio la vuelta a lo que estuviera friendo, con el golpe seco de la espumadera contra la sartén, y Mara supo que aquello era un sí.

La verbena estaba en la plaza de la iglesia.

Había una orquesta en un escenario de hierro, con luces que cambiaban de color y un cantante con chaleco de lentejuelas que se secaba la frente con un pañuelo entre canción y canción.

De balcón a balcón, por toda la calle, colgaban las bombillas de colores.

Las peñas tenían cada una su esquina, con barreños de calimocho y vasos de plástico que se pisaban y crujían.

El suelo estaba pegajoso. Todo el pueblo olía a vino con cola y a colonia de chico.

Inés bailaba.

Bailaba con los de la peña, con las de la peña, con Rubén el de la gasolinera, el de los ojos de gata, que se le arrimó en cuanto la vio sin pareja, con un primo de Yoli que había venido de Salamanca.

Bailaba sola cuando no había nadie. Echaba la cabeza atrás y las lunas le saltaban en las orejas bajo las bombillas, rojas o verdes según la luz que le cayera encima.

Mara sujetaba los dos vasos. El suyo y el de Inés.

Bailó un poco al principio, cuando la canción era de las que se bailaban en grupo, y luego se fue quedando en el borde, con la espalda contra la pared de la farmacia y un vaso en cada mano, mirando.

Le gustaba mirar a Inés bailar. Le gustaba y a la vez le dolía debajo de las costillas, un sitio pequeño, siempre el mismo, que no sabía cómo se llamaba.

Entre canción y canción, Inés venía a por su vaso, se lo bebía de un trago largo con la cabeza atrás y se lo devolvía con la marca del pintalabios en el borde.

—Baila, tonta. Que pareces una farola.

—Estoy bien aquí —dijo Mara.

—Nadie está bien en una pared. —Y volvía a meterse entre la gente antes de que Mara pudiera contestar.

A la 01:50 le vibró el móvil en el bolsillo de atrás. Lo abrió con la mano que le quedaba libre después de dejar un vaso en el alféizar.

A LAS DOS Y CUARTO EN CASA NI UN MINUTO MAS MAMA

Mara se abrió paso entre la gente hasta Inés y le gritó al oído.

—¡Que me voy a las dos!

Inés se paró en seco en mitad de la plaza. Tenía la frente mojada y el flequillo pegado, y la miró como si le hubiera dicho una tontería muy grande.

—¡Si son menos diez! Siempre igual, tía. Siempre te vas tú primero.

—Mi madre me mata.

—Tu madre no te mata. Tu madre te espera con la tele puesta y te pregunta qué tal. —Se apartó el pelo de la cara—. Pues vete.

Mara se fue. Salió de la plaza sin mirar atrás, con la cara ardiendo, por la calle de la farmacia hacia la ribera, que era el atajo. A las 02:10, cuando ya había dejado atrás las últimas bombillas y la música llegaba amortiguada, oyó unos pasos corriendo detrás.

Inés la alcanzó jadeando y se le colgó del brazo.

—¿Qué haces, tonta? Que no vuelvas sola, dice tu madre.

—Tú te querías quedar.

—Y tú te querías ir. Pues nos vamos. —Le dio un tirón del brazo, fuerte, para que se riera—. Somos dos.

Mara no se rio, pero se le pasó la cara.

El camino de la ribera estaba a oscuras.

A un lado, los chopos, negros contra un cielo un poco menos negro.

Al otro, el río, que no se veía y se oía.

La orquesta sonaba cada vez más lejos, solo los bajos, un golpe sordo que se notaba en el suelo más que en los oídos.

La grava les sonaba bajo las zapatillas.

Inés cantaba bajito la última canción y se equivocaba en la letra a propósito, para que Mara la corrigiera.

Detrás, lejos, se encendieron unos faros.

No les dieron importancia. Por allí pasaban coches toda la noche en fiestas, los de las peñas que volvían a las casas de la carretera, los que buscaban un sitio oscuro. Se apartaron hacia los chopos para dejarlo pasar.

No las adelantó. Venía al paso. Las luces les alargaban las sombras por delante, dos sombras largas y delgadas que se estiraban sobre la grava hasta perderse.

—Será mi admirador —dijo Inés—, que me trae a casa.

Mara no se rio tampoco esa vez. Tiró del brazo de Inés y apretaron el paso. El coche apretó el paso. Se pararon. El coche se paró, a unos veinte metros, con el motor en marcha y los faros encima de ellas. Detrás de las luces no había nada. Solo blanco.

—Vamos —dijo Mara, sin soltarle el brazo.

Se dio la vuelta para seguir y oyó abrirse una puerta. Pasos en la grava, rápidos, pesados. Se volvió hacia la luz, cegada, con la mano delante de la cara.

Algo blando y mojado le tapó la nariz y la boca. Olía dulce. Dulce como el quitaesmalte, como algo de hospital. Mara abrió la boca para gritar, y al abrirla lo respiró entero. Las piernas se le fueron. El suelo se inclinó hacia un lado, despacio, y la grava le subió hasta la mejilla.

Lo último que oyó fue a Inés, muy cerca.

—Mara —dijo.

No fue un grito. Fue una pregunta.