8
El sótano. Sábado, de madrugada
La bombilla se apagó de golpe y el sótano desapareció.
No hubo parpadeo ni aviso. Un momento antes estaban el cable pelado, la luz amarilla sobre el colchón, las botellas en fila contra la pared, y al siguiente no había nada. Ni el techo. Ni sus propias manos.
Vera siguió sentada en el colchón con la espalda contra la cal. Abrió los ojos todo lo que pudo. Los cerró. Era lo mismo.
El frío subió de la tierra. Lo notó primero en los pies, a través de las deportivas. Después le subió a las rodillas y a la nuca, donde la etiqueta de la sudadera le seguía raspando. Se subió el cuello de la chaqueta vaquera y metió las manos dentro de las mangas.
Se quedó sin aire.
Lo notaba entrar por la nariz, frío, con aquel olor agrio de vino muy viejo, y no le llegaba abajo. Se le paraba en el cuello. Abrió la boca y tragó aire, más, más, y cuanto más tragaba menos le llegaba. Le hormigueaban los dedos dentro de las mangas. El pecho se le cerró como un puño.
Conocía aquello. Hacía tres años que no le pasaba y lo reconoció entero, a la primera: el autobús de las 07:45, la frente contra el cristal, trece años y la certeza de que se iba a morir entre la parada del parque y la del instituto, delante de todo el mundo, con la mochila puesta.
Cuatro segundos. Inspira. Cuatro. Retén. Cuatro. Suelta. Cuatro.
Alguien le había enseñado a hacerlo aquel invierno. Una voz tranquila que contaba con ella, sin ninguna prisa. No se acordaba de quién. De aquella época se acordaba del autobús y del miedo, no de las caras.
Inspiró contando. El aire entró hasta el tres y se atascó. Volvió a empezar. Uno, dos, tres, cuatro. Retuvo. Soltó. Otra vez. A la quinta, el pecho se le abrió un poco. Lo justo.
Se puso a gatas en la tierra y fue hacia la pared del ventanuco con una mano delante de la cara. Tardó en encontrarla. La cal estaba más fría que el suelo. Subió los dedos, a ciegas, hasta que dio con los surcos.
Los contó con la yema. Cuatro palotes y uno atravesado. Otros cuatro y otro atravesado. Le dolía la uña del índice, rota en algún momento de la tarde contra los barrotes, y la usó igual.
Cuarenta y ocho. Seguían siendo cuarenta y ocho.
Samuel le había dicho que su madre había estado allí. Dos días. E Inés con ella. Dos días eran cuarenta y ocho horas. Cuarenta y ocho rayas. Una de las dos se había sentado donde estaba sentada ella, a oscuras, y había contado.
Vera apartó la mano de la pared.
Su madre dormía con la puerta abierta. Siempre.
Con la luz del pasillo encendida toda la noche, aunque la factura, aunque Vera se quejara de que la luz se le colaba por debajo de la suya y no la dejaba dormir.
Vera había dado por hecho que era para vigilarla.
Para oírla si salía, si entraba, si hablaba por teléfono a las tantas. Lo había odiado desde los trece años.
Sentada en la tierra, con el olor del cubo y la cal debajo de las uñas, lo entendió de otra forma. No quiso entenderlo del todo. Se frotó las manos contra los vaqueros para quitarse la cal.
Le vino la cocina. El hule.
No.
Contó otra vez. Inspira, cuatro. Retén, cuatro. Suelta, cuatro.
Tenía sed. Fue palpando el suelo a lo largo de la pared hasta que tocó el plástico de las botellas, contó cuatro llenas y una a medias, y bebió de la que estaba a medias sin saber si la había abierto ella.
Arrastró el cubo hasta debajo del ventanuco, a tientas, y se subió encima con las manos contra la cal.
Arriba, el hueco era un rectángulo un poco menos negro que lo demás.
Metió los dedos entre los barrotes. Fuera hacía más frío todavía.
No se veía una sola luz en ninguna parte.
Donde fuera que estuviera, no había nadie despierto en kilómetros.
Escuchó. Grillos, pocos, cansados. Y por debajo, muy lejos, algo que podía ser agua corriendo o viento en los chopos.
Bajó del cubo antes de que se le escurriera otra vez.
No supo cuánto tiempo pasó. Podían ser diez minutos o dos horas. Se tumbó en el colchón, se hizo un ovillo con las rodillas contra el pecho y las manos metidas en las mangas, y dejó los ojos abiertos en lo negro.
Entonces oyó el motor.
Lejos al principio, por encima de todo, y luego más cerca.
Lo reconoció por la tos: el Renault tosía al reducir, un carraspeo seco, como un viejo.
Se paró. Una puerta de coche. Pasos en la grava, y después pasos encima de su cabeza, en el suelo de arriba, que crujía donde él pisaba.
Vera siguió el ruido con los ojos abiertos en la negrura. Iba hacia la puerta del sótano.
Un chasquido al otro lado, junto a la puerta, alto.
La luz volvió de golpe y le quemó los ojos.
Vera se los tapó con el antebrazo y, por debajo, entre las pestañas, vio abrirse la puerta de arriba.
Un palmo. No más. Por la rendija entró una manga de forro polar gris, empujó algo blando escaleras abajo, luego una bolsa de plástico que se quedó enganchada en el tercer escalón, y la manga desapareció.
Vera se levantó y corrió hacia la escalera. Cuando puso el pie en el primer escalón, la puerta ya estaba cerrada. El cerrojo corrió por fuera con su ruido corto y engrasado.
—¡Samuel!
La voz tardó en llegar, pegada a las tablas.
—Perdona. Es el diferencial. Es viejo y salta con la humedad.
—Ah, bueno, si es el diferencial —dijo Vera—. ¿Dónde estabas?
Subió los escalones hasta arriba, y el cuarto crujió bajo su pie.
Apoyó la mano en la madera, a la altura de donde calculaba que estaba su cara.
Olía a polvo y a humedad. Al pie de la escalera había una manta de cuadros doblada en cuatro.
La bolsa, en el tercer escalón, tenía dentro dos botellas de agua y un paquete de galletas.
—Son las tres —dijo él—. Llevas diez horas.
Diez horas. A las 03:00, alguien le pedía perdón a través de una puerta que había cerrado él mismo. Vera pensó en decirle eso y no se lo dijo.
—¿Cuánto más?
Oyó cómo cambiaba el peso de un pie a otro. El suelo de arriba crujió.
—Tu madre ya sabe cuánto tiempo tiene —dijo Samuel—. Se lo he mandado.