7
La mujer se paró en la puerta de la sala y, antes de decir nada, miró por encima del hombro de Mara.
A la pared del fondo. En la pared del fondo no había nada: pintura verde hasta media altura, un enchufe, el roce negro de una silla. Le dedicó un segundo entero. Luego bajó los ojos a Mara.
Mara la conoció por eso.
No por la cara. La cara redonda, de cría, se le había ido en algún momento de todo ese tiempo, y en su sitio había otra, estrecha, sin maquillar, con una marca de acné en la mejilla y la piel tirante de quien lleva despierta desde el día anterior.
El pelo, en una coleta tan apretada que le estiraba las sienes.
Una chaqueta de plumas oscura, abierta. Pero aquel vistazo por encima del hombro, hacia lo que había detrás, Mara lo tenía guardado desde una madrugada de octubre, junto a unos tablones helados y un pitido, y lo reconoció antes de que la mujer abriera la boca.
—Teniente Sonia Llorente. Guardia Civil, de la UCO.
Sonia. Nunca había sabido cómo se llamaba. En su cabeza era la guardia. La chica del chaquetón.
—Nos conocemos —dijo Llorente.
—Del Puente —dijo Mara.
—Del Puente —repitió Llorente.
Se miraron un momento más de la cuenta.
La agente de la libreta llevaba cuatro horas en la silla de al lado. Se levantó sin esperar a que se lo pidieran.
—Les dejo —dijo al pasar junto a Llorente.
Llorente cerró la puerta detrás de ella. No preguntó.
Mara miró la puerta cerrada. Cuatro por tres.
Falso techo de placas. Un fluorescente bueno y otro que parpadeaba.
Una sola puerta, con el cristal esmerilado, y ahora cerrada.
Debajo de la mesa apretó el puño derecho hasta que la tirita cedió y la herida se le abrió otra vez, caliente.
Lo dejó abierto. Con eso pudo seguir sentada.
Llorente dejó sobre la formica una carpeta de cartón con el escudo de la Nacional, un vaso de café de máquina y el móvil, bocarriba. Tenía un pósit amarillo pegado en la funda. Mara lo leyó al revés sin proponérselo, porque leía todo lo que había encima de una mesa.
DOM 21:40. Y debajo, más pequeño, 06:50.
La primera era la del domingo. Cuarenta y ocho horas justas desde el mensaje. La segunda era suya. La hora a la que había abierto los ojos y había visto la luna.
El móvil marcaba las 01:46.
—La Nacional ha hablado con el padre de su hija —dijo Llorente—. En Bilbao. No sabe nada.
—No ha sabido nada nunca.
Llorente no lo apuntó. Se quitó la chaqueta, la colgó del respaldo y se sentó enfrente con la carpeta cerrada bajo la mano.
—Nadie forzó la puerta de su casa.
—No. Tenía echadas las dos vueltas de llave.
—Tres llaves. La suya. La de repuesto, en un cajón. Y la de su hija.
Llorente dejó la frase ahí, sin terminarla. Mara tampoco la terminó. Oyó dentro de la cabeza la cerradura de por la mañana, clac, clac, limpia, sin un roce, y contó las placas del falso techo hasta que dejó de oírla.
—Cuénteme lo de 2007.
—Ya lo he contado. Tres veces esta noche.
—A mí no me lo ha contado.
Mara se lo contó como se da una dirección.
Que volvían de la verbena. Que Inés y ella se separaron en el Puente y que Inés se fue por la calle de la Estación.
Que ella siguió sola por la ribera. Un coche.
Un trapo en la cara. Que se despertó atada en una nave.
Que estuvo allí dos días. Que una noche, un momento, le vio la cara.
Que el domingo por la noche se escapó por una ventana.
Que de madrugada cruzó el Puente. Que estaba sola.
Mientras hablaba, Llorente abrió la carpeta y fue bajando el dedo por una hoja. Al oír «nave», dejó de bajarlo y se quedó mirando el papel. A Mara le pareció lo único que la teniente no tenía calculado.
Cuando Mara terminó, Llorente giró la carpeta para que la viera.
Una fotocopia vieja, con el sello de la comandancia de Zamora torcido en una esquina.
Declaración de Mara Quiroga Ferreras. 16 de octubre de 2007, 17:00.
Llorente leyó en voz alta un párrafo entero, sin entonación, sin levantar los ojos del papel.
Eran sus frases, las mismas y en el mismo orden. Hasta el «no le vi la cara nunca», con el «nunca» al final, donde lo había puesto una chica de diecisiete años con los pies vendados.
—Diecinueve años —dijo Llorente—. Y no le ha cambiado ni una coma.
—Es lo que pasó.
—A la gente se le mueven las cosas de sitio. Se acuerda de un olor que no había dicho. Le cambia el orden. —Cerró la carpeta—. A usted no.
—Tengo buena memoria —dijo Mara.
—Ya lo veo —dijo Llorente.
Sacó una foto de debajo de la carpeta y la puso encima. El pendiente de la mesita, fotografiado sobre un fondo blanco, con una regla al lado. La curva de la luna estaba cubierta de algo oscuro y cuarteado.
—Esto es sangre suya. Lo tuvo en el puño desde las siete de la mañana hasta las diez menos cuarto de la noche.
Fue a trabajar con él. A las ocho y media le enseñaron el de la mochila y dijo que no lo había visto nunca.
Tardó más de una hora en decir que tenía el otro.
—Levantó la vista—. Y cuando lo dejó en la mesa estaba así.
Mara sacó la mano de debajo de la formica y la abrió. La tirita colgaba de un lado. En el centro de la palma estaba el agujero, pequeño, con los bordes blancos y una gota nueva que empezaba a salir.
Llorente miró la herida un rato largo.
—¿Por qué? —preguntó sin apartar los ojos de la palma.
Mara bajó la mano a las rodillas, abierta.
—Anselmo Rebollo murió en la cárcel en 2012 —dijo Llorente.
—Lo sé —dijo Mara.
—¿Y por qué está tan segura de que es de él?
El pulgar se le fue solo, dentro de la cabeza, al sitio de siempre: el cierre, la mordedura mínima en el metal. Un día entero de ruido en la oscuridad. Un ratón royendo. Contar eso era contar quién roía.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Llorente.
Mara le sostuvo la mirada hasta que la teniente cambió de pregunta.
—¿Y Inés Valverde?
—Se fue a Madrid. Hablaba de irse.
Llorente asintió. Abrió otra vez la carpeta, sacó una foto más y esta la dejó con cuidado, de cara a Mara, al lado de la luna.
Vera.
La foto de la ficha del instituto, la de principio de curso. Fondo azul. Vera con el pelo más corto que ahora, el aro en la oreja derecha, mirando al objetivo sin sonreír, con esa cara de no pensar regalarle nada a nadie. Mara no la conocía. No había visto nunca aquella foto.
—Esta es la del DNI —dijo Llorente—. La que dio usted era de espaldas.
Mara miró a su hija. Su hija la miró desde el cartón como la había mirado por la mañana desde la puerta de la cocina: sin prisa, tomando nota.
—¿Qué le ha contado a su hija de todo esto?
—Nada. No sabe nada.
Llorente se echó hacia atrás en la silla y se frotó los párpados con dos dedos. Era la primera vez en toda la noche que Mara la veía cansada.
—Usted dijo que estaba sola antes de que nadie le preguntara.
—¿Qué? —Mara levantó la vista de la foto.
—En el Puente. Yo todavía no le había preguntado nada. Y usted me dijo que estaba sola.
Mara se oyó respirar. El fluorescente malo parpadeó dos veces y se quedó encendido. En el móvil de Llorente, al lado del pósit amarillo, eran las 02:58.
—¿Estaba sola, Mara?
—Estaba sola.