La primera que se escapó 6
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Sonia Llorente ya tenía una bota atada cuando el comandante terminó la frase.

—... de Castrovado.

En la tele, sin volumen, dos hombres con delantal discutían delante de una tarta que se había hundido por el centro. La dejaba puesta para que algo se moviera en el salón. Llevaba media hora tumbada en el sofá, mirando el techo.

—Repítemelo desde el principio.

El comandante se lo repitió. Menor desaparecida en Valladolid, dieciséis años, Vera Ferreras.

La mochila, en un banco de Las Moreras. La había entregado un corredor a las 17:40.

El móvil había dejado de dar señal a las 15:10.

En el bolsillo pequeño de la mochila, un pendiente de plata con forma de luna.

La madre tenía otro igual, guardado en el abrigo, y había tardado más de una hora en decirlo.

A las 21:40 le había llegado un mensaje desde un número desconocido.

—Te lo leo —dijo, y se lo leyó sin entonación, palabra por palabra.

Inés siguió viva cuarenta y ocho horas después de que tú salieras. Eso es lo que tienes.

—¿La madre? —Llorente apretó el nudo de la otra bota.

—Mara Ferreras Quiroga. Treinta y seis años. En los papeles de 2007 figura como Mara Quiroga Ferreras. Se cambió el orden de los apellidos.

—La del Puente.

—La del Puente. Zamora ha llamado a Madrid y Madrid te llama a ti. Dicen que tú conoces el caso.

—Lo quiero.

—Por eso te llamo a estas horas, Llorente. No es para preguntarte qué tal duermes.

—Mándame lo que haya. Las fotos de los pendientes, el mensaje con la cabecera completa, la declaración de la madre. Y quién tiene la mochila ahora.

—Te va llegando —dijo el comandante, y colgó.

Inés.

No se acordaba de la cara. Se acordaba del papel: una fotocopia en el tablón del puesto de Castrovado, al lado del cuadrante de guardias, con una chica de pelo largo que sonreía a alguien que no salía en la foto.

INÉS VALVERDE. 17 AÑOS. Desaparecida el fin de semana de las fiestas.

A las dos semanas el cabo le pidió que colgara una circular de Tráfico y no quedaba otro hueco en el tablón.

Llorente la clavó encima, con cuatro chinchetas.

Nadie volvió a levantarla. En el atestado, Inés constaba como salida voluntaria: una casa difícil, una chica que hablaba de irse a Madrid.

Si el mensaje decía la verdad, la chica del Puente no había estado sola.

Y ella había clavado cuatro chinchetas encima.

Arrancó un pósit del bloc de la entrada y escribió con letra grande: DOM 21:40. Si alguien había puesto un plazo, el plazo acababa ahí. Lo pegó en la funda del móvil.

Cogió la bolsa que tenía siempre hecha detrás de la puerta y apagó la tele.

A las 00:20 pasaba el túnel de Guadarrama con la radio apagada.

Diecinueve años antes había sido la más joven del puesto de Castrovado y le habían tocado las fiestas enteras, de noche, con un compañero que se dormía en el coche en cuanto paraba el motor.

A las 05:40 del lunes, en la curva de la carretera del río, los faros cogieron a alguien en mitad del Puente.

Se acordaba de los pies antes que de nada. Dos pies descalzos, en carne viva, sobre los tablones. Del tobillo. De una mano cerrada que la chica no abrió ni en la ambulancia. Del olor, que se le quedó en el chaquetón una semana y que no se fue del todo con la lavadora.

Y de que venía del otro lado. La chica estaba en mitad del Puente mirando hacia el pueblo, con la vega a la espalda. Venía del norte, de las choperas, de donde no había más que caminos de tierra y fincas cerradas.

Llorente no le preguntó nada. No le dio tiempo.

—Estaba sola —dijo la chica.

Nadie le había preguntado si estaba sola.

A las 07:10, cuando el compañero la recogió en la puerta de urgencias, se sentó en el coche patrulla, con el café del termo frío en el salpicadero, y lo apuntó en la libreta con su letra de academia: viene del lado de la vega.

Dice que estaba sola sin que se le pregunte.

Lo apuntó porque en Baeza le habían enseñado a apuntar lo que no encaja.

Después cerró la libreta y se bebió el café frío.

El martes por la noche detuvieron a Anselmo Rebollo.

A las 21:00 empezaron con la nave del desguace y a ella le tocó la oficina: una caseta de chapa al fondo, una mesa, un archivador, una estufa de butano.

Abrió los cajones uno por uno. El de la derecha solo tenía clips, una grapadora sin grapas y un calendario de una marca de neumáticos del año anterior.

A las 23:12 lo fotografió abierto con el móvil, como fotografiaba desde la academia todo lo que registraba, para que nadie pudiera decirle luego que no lo había mirado.

El miércoles a las 10:00 volvieron con el equipo de Policía Judicial del capitán Sáez. Llorente abrió el mismo cajón porque era el que tenía más cerca.

Dentro había una cajita de cartón vacía y dos tarjetas escritas a máquina.

Supo lo que ponían antes de leerlas. En el operativo lo sabía muy poca gente, y ella desde el lunes: el dato que no había salido en ningún periódico, el que servía para separar al asesino de los que llamaban diciendo que lo eran.

Esa tarde escribió una nota a mano, una cara de folio, y se la llevó al capitán al despacho. Sáez la leyó de pie. La dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo de la camisa.

—Te habrás equivocado, niña.

Ella dijo que sí, que a lo mejor se había equivocado. Esa noche vomitó en el baño del cuartel, de rodillas, con la gorra puesta. Al día siguiente se planchó el uniforme.

No volvió a ver la nota.

La felicitaron. Un coronel vino desde Zamora a darle la mano y ella se la estrechó con la misma mano con la que la había escrito. Durante años, en la comandancia, fue la novata del cajón. Con aquel cajón pidió plaza en Policía Judicial y con aquel cajón, mucho después, llegó a la UCO.

A las 00:52 paró en una gasolinera pasado el túnel. Café de máquina, el más largo, sin azúcar. Se lo bebió de pie junto al coche, con el motor en marcha y el móvil en la otra mano.

Ya le habían llegado los primeros archivos.

La declaración de la madre ocupaba media página.

Había encontrado el pendiente al despertarse, en la mesita de noche.

No sabía quién lo había dejado. Nadie había forzado nada: la puerta de casa tenía echadas las dos vueltas de llave. No lo había comunicado hasta las 21:45.

En la foto que venía detrás, el pendiente de la mesita tenía una costra oscura en la curva. Una nota a mano de la Nacional, escaneada torcida: sangre de la madre, se lo había clavado en la palma.

Llorente lo leyó dos veces. Una mujer se despierta con el pendiente del hombre que la secuestró a un palmo de la almohada, y se va a trabajar. Anotó la hora en el pósit, debajo de la otra: 06:50.

Después buscó la foto.

Había pasado por cinco teléfonos. La había ido copiando de uno a otro cada vez que cambiaba, sin abrirla nunca. Ahora la abrió.

Un cajón de madera abierto, con clips, una grapadora y la esquina de un calendario con un neumático dibujado. Nada más.

En la esquina de la imagen, la fecha de la cámara: 16/10/2007, 23:12.