La primera que se escapó Inés. Hora 0
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Inés. Hora 0

El ventanuco abierto y el frío entrando por él.

Inés está de pie en el colchón con el brazo todavía levantado. La mano abierta, arriba, en el aire del hueco. Tarda en bajarla. Cuando la baja, le tiemblan los dedos. Todavía nota los de Mara en los suyos. O el sitio donde estaban.

La cadena está en el suelo, abierta, enroscada sobre sí misma. El tobillo le arde donde estaba el hierro, un anillo de carne abierta que le late a cada golpe de corazón. Cierra la mano derecha. Está vacía.

Intenta trepar. Vuelca el cubo, se sube encima, se estira.

Llega con los dedos al alféizar. Los brazos no le dan para subir el resto.

Se escurre. Lo intenta otra vez. Otra. Se le levanta una uña hasta la carne y sigue, hasta que se le doblan las rodillas y se queda sentada en el colchón, jadeando, chupándose el dedo de la uña levantada.

Sube la escalera a oscuras. La puerta. El cerrojo, por fuera. Empuja con el hombro. Nada.

Baja.

Se sienta debajo del hueco negro y escucha. Grillos. Algo que puede ser el río o el viento.

Mara ha dicho que vuelve.

Al rato, fuera, pasos en el rastrojo. Despacio. Alguien se agacha junto al ventanuco. Inés no respira. La reja vuelve a su sitio con un golpe sordo y después, uno a uno, cuatro tornillos. El chirrido de un destornillador. Una respiración tranquila, de hombre, a medio metro de su cabeza.

No dice su nombre. Mara diría su nombre.

Los pasos se van.

Inés se queda muy quieta mucho rato. Después busca a tientas el pendiente doblado, el que abrió los candados, y lo esconde debajo del colchón. La otra luna se la deja puesta.

Empieza a contar.

Cuando llegue a tres mil seiscientos, hará la primera raya.