La primera que se escapó 5
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Desde el primer puente que encontrara de camino a casa, con el brazo estirado, sin mirar. Lo tenía pensado entero, con la misma calma con que se calcula una superficie útil. El otro ya lo tenía la policía. Nadie iba a saber nunca que había dos.

Estaba sentada en una silla de plástico naranja en el pasillo de la comisaría, frente a una máquina de café que zumbaba.

Lo primero que había buscado al sentarse era la salida de emergencia del fondo, con su barra roja.

Llevaba allí casi una hora. Le habían dicho que esperara mientras activaban no sé qué protocolo y hacían llamadas, y ella esperaba.

La agente del pelo corto le había traído un vasito y lo había dejado en la silla de al lado.

Se estaba enfriando. Mara no lo había tocado.

Tenía la derecha metida en el bolsillo del abrigo y el puño cerrado dentro, y había dejado de notar si le dolía, porque le dolía siempre.

Por el pasillo pasaba gente. Un hombre con las manos esposadas por delante y una sudadera de un equipo de fútbol, que la miró de arriba abajo al pasar.

Una mujer que lloraba en un teléfono. Dos agentes hablando de una cena de empresa.

Nadie la miraba a ella más de un segundo.

Era una madre en una silla. Había muchas.

Directa a casa. Vale. «Mamá». «¿Qué?» «Nada».

Vera se había parado en el recibidor, a seis pasos, con la mano en el picaporte, y había estado a punto de decirle algo.

Mara lo había visto en la cara que ponía de pequeña.

Y no le había preguntado qué. Llevaba toda la tarde oyendo ese «nada» por dentro, dándole vueltas como a un tornillo pasado de rosca.

El móvil le vibró en la otra mano.

21:40. Un número que no tenía guardado. Un móvil. Lo abrió.

Inés siguió viva cuarenta y ocho horas después de que tú salieras. Eso es lo que tienes.

El aire se le paró.

Y entonces volvió el pitido. El mismo. Fino, detrás de los ojos, un alambre tensado de oreja a oreja. Diecinueve años sin oírlo y lo reconoció en el primer segundo, como se reconoce el olor de una casa en la que se ha vivido.

Inés siguió viva. La máquina de café zumbaba y dejó de oírse. Los pasos del pasillo dejaron de oírse. Mara leía el mensaje y no terminaba de leerlo, empezaba otra vez por arriba, y cada vez se le quedaba enganchada la misma palabra.

Viva.

Cuarenta y ocho horas.

Después de que tú salieras.

Una ventana. El frío.

—Oiga. ¿Está usted bien?

La agente del pelo corto estaba en la puerta del despacho, con la libreta en la mano, mirándola. Mara no supo qué cara tenía. Tuvo que ser una cara que la agente no había visto nunca, porque dejó la libreta en la silla y se acercó deprisa.

Mara levantó el móvil y se lo dio.

La agente lo leyó. Lo leyó otra vez. Dijo algo hacia el despacho, un nombre, y el agente de la barba salió con el teléfono fijo todavía pegado a la oreja y el cable estirado.

Mara se levantó. Entró en la sala sin ventanas, la de la formica, donde seguía la bolsa transparente con las cosas de Vera, y se sentó donde estaba sentada antes. Sacó la mano del bolsillo. La abrió encima de la mesa.

La luna estaba pegada a la palma con su sangre. Tuvo que despegarla con la otra mano. Tenía una mancha oscura en la curva.

—Estaba en mi mesita esta mañana.

La agente miró el pendiente, y la palma abierta con el agujero en el centro, y la tirita colgando.

—¿Esto es sangre? —preguntó sin tocarla.

—Mía.

Eran las 21:45. La agente anotó la hora sin que nadie se lo pidiera.

—¿Quién es Inés?

Mara miró el pendiente. La muesca junto al cierre.

Tardó. No sabía cuánto se tarda en decir una cosa que no se ha dicho desde los diecisiete.

—Era mi mejor amiga.

—¿Era?

—Desapareció la misma noche que a mí me... —Se paró—. La misma noche. No la encontraron nunca.

—¿Qué significa esto? «Después de que tú salieras». ¿Salir de dónde?

Mara abrió la boca. Le costó encontrar por dónde empezar.

—En 2007 me secuestraron. En Castrovado del Duero. Tenía diecisiete años. —La voz le salía plana, de atestado, como si leyera lo de otra—. Ese pendiente es del hombre que lo hizo. Dejaba uno igual a cada chica que mataba. El otro se lo quedaba.

La agente dejó de escribir.

—Las Chicas del Puente —dijo, despacio.

Mara asintió sin levantar los ojos del pendiente.

—Usted es la que se escapó.

Mara no contestó a eso.

—¿Tiene idea de quién ha podido dejarle esto en la mesita?

—No.

—¿Quién tiene llave de su casa?

—Yo. Hay una de repuesto en un cajón. —Se oyó decirlo antes de pensarlo—. Y mi hija.

La agente sostuvo el bolígrafo en el aire un segundo antes de apuntarlo.

—No conteste al mensaje. A nada. Si le llega otro, nos lo enseña.

A partir de ahí la sala se llenó. El agente de la barba entró sin colgar.

Otro, mayor, con corbata y sin chaqueta.

Alguien trajo un portátil y tecleó con dos dedos, y Mara vio de lado, en la pantalla, un titular antiguo con una foto del Puente en la niebla.

Alguien dijo Castrovado. Otro dijo el Puente, y los que estaban en la puerta dejaron de hablar.

Mara oyó «menor», «protocolo», «Zamora».

Oyó al de la corbata decir, en voz más baja que el resto, con la mano apoyada en el marco de la puerta:

—Llamad a la Guardia Civil.

Luego se volvió hacia ella, se aflojó la corbata y se sentó enfrente.

—¿Quién llevó el caso en 2007?

—La Guardia Civil de Zamora. Un capitán. Sáez.

Lo dijo y se le quedó el nombre en la boca, con su sabor de entonces, a tabaco viejo y a despacho con estufa.

—Y una guardia muy joven —añadió, sin saber por qué lo añadía—. La que me encontró en el Puente.

El de la corbata lo apuntó en el dorso de un sobre. El pitido había bajado, pero seguía ahí, debajo de todo, como el zumbido de un frigorífico que solo se oye cuando se para.

Alguien trajo la bolsita de pruebas con el pendiente de la mochila y la puso sobre la formica, al lado del suyo, para compararlos. Mara los miró.

Los dos pendientes, juntos sobre la mesa, formaban la pareja. El asesino del Puente nunca había devuelto uno.