La primera que se escapó 4
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—Alguien me quiere —dijo Inés, y abrió la cajita encima de las rodillas.

Estaban en el banco de la ribera, con una bolsa de pipas entre las dos y las cáscaras a los pies, en el de siempre, el que tenía grabadas a punta de llave las iniciales de medio instituto.

Enfrente, el Puente, con el sol de la tarde de lado y los remaches encendidos como botones.

Inés había sacado la caja del bolsillo de la cazadora con dos dedos, igual que se saca algo que quema, y se la había enseñado cerrada: cartón blanco, sin marca, sin nada escrito, del tamaño de una caja de cerillas grande.

—Estaba en el buzón. Sin sello. Alguien la ha metido con la mano.

Dentro, sobre un algodón, dos pendientes de plata. Dos lunas pequeñas y finas, con cierre de poste.

Debajo del algodón, doblada en dos, una tarjeta. Inés la desdobló y la leyó en voz alta, con voz de locutora de radio:

Para la que se queda.

Escrita a máquina. Las letras un poco hundidas en el papel, la a con un borrón.

—¿Para la que se queda dónde?

—En el pueblo, tonta. Para la que no se va. —Inés se rio muy alto, echando la cabeza atrás—. O sea, que no me conoce de nada.

Mara cogió una de las lunas. Pesaba menos de lo que parecía. La plata estaba fría y tenía la forma exacta de una uña cortada.

A Mara nadie le había regalado nunca nada sin firmar. A Mara le regalaban cosas su madre, su tía de Zamora, sus abuelos, con tarjeta y con nombre. Devolvió la luna al algodón y se limpió los dedos en los vaqueros. Tenía la cara caliente y la tapó enseguida con una sonrisa.

—Será el de Correos.

—El de Correos tiene sesenta años y le huele el aliento a anís.

Jugaron a adivinar, como jugaban a todo.

Rubén el de la gasolinera, que le había dicho a Inés en agosto que tenía ojos de gata.

El profesor de Educación Física, que las llamaba señoritas.

Uno de las peñas de Toro que había estado toda la verbena de San Juan mirando a Inés sin atreverse.

Inés decía nombres y los descartaba con una mueca, y cada nombre le gustaba un poco más que el anterior, y a Mara le gustaba un poco menos.

Siempre era así. En las fiestas, en el instituto, en la cola del autobús a Zamora.

Miraban a Inés. Inés tenía el pelo teñido de caoba con dos dedos de raíz oscura, las uñas pintadas de negro y mordidas hasta la carne, una cicatriz en la ceja de cuando se cayó de la bici a los nueve años y una risa que se oía desde la otra orilla.

Mara iba a su lado. Mara era la que iba al lado.

Desde lo de Tamara Hidalgo, en mayo, las madres del pueblo no las dejaban volver solas de noche.

La de Mara la esperaba despierta con la tele puesta aunque fuera la 01:30.

Pero eran las 18:00, hacía sol, estaban en el banco de siempre y eran dos.

Nadie pensaba en el Puente a esa hora, con el sol dándole de lado.

Inés se puso una de las lunas delante del ojo y miró el cielo a través de la curva.

—¿Sabes qué? La luna es mentirosa.

—¿Qué dices?

—Lo dice mi abuela. Cuando la ves así, con forma de C, parece que está creciendo, ¿no? C de crece. Pues no. Está menguando. Cuando crece hace una D. —Bajó el pendiente—. Te dice lo contrario de lo que hace. Es una mentirosa.

Mara miró la C en la palma de Inés.

—Entonces te han regalado una mentira.

—Me han regalado dos. —Inés cerró la mano—. Y me las quedo.

Volvieron por la calle Mayor con la bolsa de pipas vacía.

Al pasar por delante del puesto de la Guardia Civil, Mara miró el tablón de la entrada sin querer.

Seguía ahí el cartel de Tamara Hidalgo, de cuando la buscaban, amarillo ya por el sol de todo el verano.

Diecisiete años. Pelo recogido. Los ojos medio cerrados por el flash.

Nadie lo había quitado después de mayo. Inés no lo miró. Inés nunca miraba ese cartel.

Esa tarde, al llegar a casa, Mara abrió el buzón aunque no esperaba nada, y metió la mano hasta el fondo por si acaso. Una factura de la luz. Un folleto de supermercado con las ofertas de la semana. Lo cerró de golpe y se sintió estúpida en el portal.

Arriba, su madre freía tortillas de patata para el fin de semana y su padre veía el fútbol en el salón con el volumen demasiado alto.

Todo olía a aceite caliente. Nadie le preguntó qué tal el día.

Mara se encerró en su cuarto, se miró los lóbulos de las orejas en el espejo, con los agujeros que se había hecho en tercero de la ESO y que casi no usaba, y se tapó las orejas con el pelo.

Después de cenar volvió a salir, con la excusa de unos apuntes, y acompañó a Inés hasta su casa por la calle de la Estación. La luz del porche de los Valverde estaba apagada. La bombilla llevaba fundida desde el verano y nadie la cambiaba.

Dentro olía a fritura y a vino. Luisa estaba sentada en la cocina con un vaso en la mano y la tele muy alta. No se levantó.

—Hola, Mara, hija.

—Hola, Luisa —dijo Mara sin entrar.

Desde el salón, Genaro gritó algo sobre si aquella era hora y sobre quién se creía que era. Inés no contestó. Tiró de Mara escaleras arriba y echó el pestillo de su cuarto.

De debajo de la cama sacó una lata de galletas azul, de las danesas, con la tapa abollada. Dentro había billetes de cinco euros doblados por la mitad y sujetos con una goma. Los contó encima de la colcha, mojándose el dedo, como hacía siempre, aunque ya sabía cuántos eran.

—Ciento ochenta. En junio, cuatrocientos. Con cuatrocientos se va una a Madrid.

—Con cuatrocientos no pagas ni un mes de nada.

—Con cuatrocientos llegas. Luego ya trabajas. En una tienda de ropa de Fuencarral, o de camarera, o de lo que sea. Compartimos piso. Uno con balcón, aunque sea pequeño. Para tender y para fumar.

—Yo no fumo.

—Pues para tender. —Inés metió los billetes en la lata y la lata debajo de la cama, contra la pared, donde no llegaba la escoba—. Cuando me vaya a Madrid, te vienes.

Mara no dijo que sí ni que no. Se quedó mirando la pared, donde Inés tenía pegados con celo recortes de revistas, un plano del metro de Madrid arrancado de una guía y una foto de las dos en la piscina municipal con los ojos rojos de cloro.

Abajo, Genaro seguía hablando solo. La tele de Luisa se reía con risas enlatadas.

En el bolsillo de los vaqueros, el móvil de tapa le vibró una vez: un SMS de su madre.

No hacía falta abrirlo para saber lo que decía: a las diez en casa y no vuelvas sola.

Lo abrió igualmente. Decía eso, con las mismas faltas de siempre.

Inés se puso delante del espejo del armario. Se quitó los aros de siempre, los de plástico negro, y se puso las dos lunas. Se apartó el pelo caoba, con las raíces oscuras asomando, para verlas bien. Brillaban.

—¿A que parezco otra?

—Pareces tú con pendientes.

Inés se rio. Luego se giró hacia Mara, muy seria, con voz de película:

—Si me pasa algo, ya sabes quién ha sido: el admirador.