La primera que se escapó 3
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La puerta del cuarto de Vera estaba abierta.

Mara se quedó en el recibidor con las llaves en la mano y el abrigo puesto. Desde allí, a seis pasos, se veía la cama sin hacer, el pijama en el suelo, la esquina del escritorio. Vera nunca dejaba la puerta abierta. Desde los doce años la cerraba hasta para coger un cargador.

—¿Vera? —llamó, sin soltar las llaves.

Directa a casa.

Se había dicho que Vera apagaba el móvil cuando se enfadaba, que lo había hecho otras veces, que a los dieciséis años apagarle el móvil a tu madre es una forma de hablar.

Se lo había dicho en el coche, y en el portal del piso de Parquesol, y mientras medía con el láser un salón de veintidós metros en la calle Labradores y apuntaba la mancha de humedad del techo del baño.

Había hecho su trabajo entero. Lo había hecho con el pendiente en el bolsillo y una tirita en la palma que ya no pegaba.

Entró en el cuarto.

La cama deshecha. El cargador enchufado a la pared, sin móvil. Faltaban la cámara de carrete de la mesa, la mochila y la chaqueta vaquera del perchero. Todo lo que faltaba era lo que falta cualquier día normal. El cuarto no decía nada.

Abrió el armario. La ropa colgada de cualquier manera, las perchas vacías de lo que se había puesto esa semana.

Abrió los cajones del escritorio. Apuntes, cables, un paquete de carretes sin estrenar, pintauñas.

Miró debajo de la cama como miraba debajo de todas las camas: buscando lo que alguien escondería si tuviera algo que esconder.

Polvo. Un calcetín. Nada que le dijera adónde había ido su hija ni con quién.

Llamó a Carla. Contestó al cuarto tono, con una tele de fondo.

—No sé, Mara. Ha salido a las dos y media, como siempre. Me ha dicho que se iba a casa.

—¿Estaba bien? —Mara se apoyó en el escritorio.

Carla tardó un poco.

—Estaba rara. Lleva unas semanas rara. Con el móvil todo el rato.

—¿Con quién?

—No sé. No me lo decía. Le preguntaba y se reía.

A casa. «Vale». Dos dedos en el lóbulo de la oreja izquierda. Un segundo.

Mara se sentó en la cama de su hija. Cerró la mano derecha sin querer y el agujero de la palma se abrió debajo de la tirita. Dejó que doliera. Apretó hasta que dolió más.

Lo había visto. A las 07:30, en su cocina, a un metro de distancia. Lo había visto y se había quedado sentada.

A las 19:20 le sonó el móvil. Un fijo de Valladolid.

—¿Mara Ferreras Quiroga? ¿Es usted la madre de Vera Ferreras?

Mara se puso de pie.

—Le llamo de la Policía Nacional. No se asuste. Hemos recogido una mochila en un banco de Las Moreras, con los libros de su hija. Su nombre está en la carpeta. ¿Su hija está con usted? ¿Sabe dónde está?

—No.

Condujo hasta la comisaría con la derecha en el volante, y cuando paró en el primer semáforo vio que había dejado una marca oscura en el cuero, a la altura de las diez y diez.

Pasó junto a Las Moreras sin mirar. El Pisuerga iba negro por debajo de las farolas.

Había gente corriendo por la orilla con chalecos reflectantes, como cualquier viernes.

Cualquiera de ellos podía haber pasado por delante de la mochila sin verla.

La comisaría olía a café requemado y a desinfectante de limón.

La hicieron pasar a una sala sin ventanas, y Mara la midió antes de sentarse, como medía todo lo que pisaba.

Cuatro por tres. Falso techo de placas, dos fluorescentes, uno parpadeando.

Una mesa de formica, cuatro sillas. Una sola puerta, con el cristal esmerilado.

El agente que la había acompañado, un chico joven con la barba recortada, fue a cerrarla.

—¿Puede dejarla abierta? —pidió Mara.

Él la miró un momento. La dejó entornada.

Le preguntaron lo que se pregunta. Si habían discutido. Si Vera tenía novio. Si se había ido otras veces. Si el padre. No, no, no. El padre no había existido nunca.

—Nombre del padre —dijo una agente mayor, con el pelo muy corto, que lo apuntaba todo en una libreta.

—Rodrigo Anaya. Vive en Bilbao. No la reconoció. No sabe ni cómo es.

—Lo llamaremos igualmente —contestó la agente, sin levantar la vista.

Le pidieron una foto reciente. Mara abrió la galería del móvil y fue bajando.

Fotos de fachadas. Fotos de cuadros eléctricos, de humedades, de contadores, de escrituras.

Tuvo que bajar hasta abril para encontrar una de Vera: de espaldas, en el pasillo, con la cámara colgada del cuello, sin enterarse de que su madre la estaba fotografiando. La anterior era de Navidad.

La agente se inclinó a mirar la pantalla y volvió a su libreta.

Mara dejó el móvil encima de la formica, con la foto de su hija de espaldas en la pantalla, y se miró las manos: la izquierda abierta al lado del móvil, la derecha escondida en el regazo.

La agente apuntó la ropa que Mara recordaba: vaqueros, deportivas blancas, la chaqueta vaquera, la sudadera gris.

—Del revés —dijo Mara—. La sudadera. La llevaba del revés.

No se lo había dicho a su hija. Se lo estaba diciendo a una desconocida con una libreta.

—¿Esta mañana notó algo raro?

Mara vio la cocina. El hule. La mancha roja del tamaño de una lenteja. Dos dedos en la oreja.

—No. —Mara bajó la vista a la formica—. Estaba normal.

A las 20:10 pidió ir al baño. Echó el pestillo y se quedó apoyada en la puerta, con la luz blanca del fluorescente zumbando encima.

Sacó la mano del bolsillo y la abrió. La luna estaba pegada a la palma.

La despegó. Tenía una costra oscura en la curva y en la cara plana del cierre.

La muesca seguía en su sitio, pequeña y exacta.

Se lavó la mano con el jabón rosa del dispensador hasta que el agua dejó de salir teñida.

El pendiente no lo lavó. Miró la taza del váter un momento, con la luna entre los dedos.

Después volvió a cerrar el puño, se lo metió en el bolsillo y salió.

A las 20:30 trajeron la mochila en una bolsa grande de plástico transparente.

El agente se puso guantes y fue sacando las cosas una a una sobre la formica y diciendo en voz alta lo que era mientras la agente escribía.

Dos libros de texto. Una carpeta de anillas con pegatinas.

Un estuche con la cremallera rota. Un paquete de chicles de menta, empezado.

La cámara de carrete, la de plástico negro, con el carrete puesto y la palanca a medio pasar.

—¿Esto es suyo? —preguntó el agente con la cámara en la mano.

—Hace fotos. De las de antes. El jueves tiene una exposición en el instituto.

Lo intentaré, había dicho. Tú nunca prometes nada.

El agente siguió sacando cosas. Las llaves de casa, con la chapa de un grupo que Mara no conocía.

Mara miró las llaves. Pensó en la cerradura, clac, clac. No pudo terminar de pensarlo.

—Falta el bolsillo pequeño —dijo la agente.

El agente bajó la cremallera del bolsillo delantero con dos dedos y metió la mano. La sacó despacio, con algo pequeño que brillaba en la punta del guante. Lo sostuvo un momento a la luz del fluorescente bueno. Luego lo dejó caer dentro de una bolsita de pruebas y la cerró.

Una luna de plata. Una C pequeña.

Mara tenía la mano derecha en el bolsillo del abrigo. Dentro, cerrada sobre la otra. El poste encontró el agujero de la palma sin buscarlo, como si ya supiera el camino.

—¿Lo había visto antes? —preguntó el agente.

—No.