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El cerrojo corrió por fuera.
Vera oyó el hierro antes de entender que la habían dejado dentro.
Un ruido corto y engrasado, de cerrojo que se ha probado muchas veces.
Estaba a media escalera, en el octavo escalón, con la mano en la pared para no resbalar, y se quedó mirando hacia arriba, esperando que la puerta se abriera sola y alguien dijera que era una broma.
—¿Samuel?
Detrás de las tablas no se oía nada.
—Samuel, abre —repitió, más alto.
Subió lo que le quedaba de dos en dos y empujó la puerta con el hombro. Eran tablas viejas, pero no se movieron ni un milímetro. Las golpeó con los dos puños, y una vez con la frente, sin querer, cuando se le fue el pie.
—¡Abre la puta puerta!
Al otro lado, muy cerca, la voz de Samuel.
—Solo hasta que tu madre diga la verdad. Te lo juro.
—¡Abre!
—Te lo juro, Vera.
Le temblaba la voz. A ella le pareció que eso era buena señal, y un segundo después le pareció lo contrario.
Oyó que se apartaba. Pasos en baldosas. Una puerta, otra más lejos. Un motor que arrancaba y se alejaba hasta que dejó de oírse.
Gritó hasta quedarse sin voz. No supo cuánto tiempo. Gritó su nombre y pidió socorro. Soltó palabras que no había dicho nunca en voz alta, y al final solo le salía aire rascado de la garganta y tuvo que sentarse en el escalón porque las piernas no la sostenían.
Abajo, una bombilla colgada de un cable pelado alumbraba un sótano de techo bajo, con vigas de madera negra.
El suelo era de tierra dura y las paredes, de algo que no era ladrillo, encaladas de un blanco sucio.
Buscó un interruptor con la mano, a los lados de la puerta, por toda la pared. No había. El interruptor estaba fuera.
En el centro, dos postes de madera gruesa sostenían la viga más gruesa del techo. En la base de cada uno, a un palmo del suelo, había una argolla de hierro clavada en la madera, negra de óxido. Vera las miró una vez y no volvió a mirarlas.
Un colchón en el suelo con una sábana bajera nueva, todavía con las marcas de la doblez del paquete. Un cubo de plástico azul con tapa. Al lado del cubo, un rollo de papel higiénico.
Fue el papel higiénico lo que le dio más miedo. Que alguien hubiera ido a un supermercado, hubiera cogido un paquete de papel higiénico de la estantería y hubiera pensado en ella.
Seis botellas de agua de litro y medio, en fila, contra la pared.
Bajó a mirarlas. Cogió una y le dio la vuelta.
El precinto del tapón estaba entero. Cogió otra.
Entero. Las comprobó todas, una por una, porque en las series la gente se moría por beber, y cuando terminó se sintió idiota y a la vez un poco menos idiota.
Olía a tierra mojada, a cal y a algo agrio y antiguo, como de vino derramado hacía mucho. Hacía frío de sótano, de ese que no viene de ningún sitio y está en todos.
Volvió a gritar, una vez, para probar. La voz se le fue por las vigas. Fuera no ladró ningún perro ni pasó ningún coche. Arriba no había nadie. Estaba sola en una casa sin nombre en mitad de ninguna parte, y la única persona que sabía dónde estaba acababa de irse.
Se había subido al coche ella solita.
A las 15:10, en la esquina del instituto, con la mochila colgada de un hombro.
Un Renault viejo, granate, con olor a perro aunque no había perro.
Antes de arrancar, Samuel le había pedido el móvil.
«Por si te lo rastrean. Tu madre es capaz».
Y ella lo había apagado con su propio pulgar y se lo había dado.
En Las Moreras le dijo que dejara la mochila en un banco.
«Las mochilas llevan de todo. No te fíes».
Y ella la dejó. La dejó en un banco junto al río, como se deja una bolsa de basura, y volvió al coche.
«Te enseño dónde estuvo tu madre», le había dicho. «Dónde la tuvieron. Quieres saberlo, ¿no? Pues te lo enseño».
Y ella había querido saberlo.
Llevaba casi tres semanas queriendo saberlo. Desde el lunes en que una cuenta llamada samu.ribera le escribió por privado, al día siguiente de que ella colgara la foto del Puente.
Se llamaba Inés Valverde. Desapareció la misma noche que secuestraron a tu madre. ¿Nunca te lo ha contado?
Vera se había quedado sentada en la cama con el móvil en la mano, leyendo una y otra vez la palabra secuestraron, como si fuera de otro idioma.
Aquella noche buscó en las hemerotecas hasta las 04:00.
Encontró a una tal M. Q., de diecisiete años, vecina de Castrovado del Duero, que había escapado de su captor.
Encontró la fecha. Hizo la cuenta con los dedos.
Luego fue al baño a vomitar sin hacer ruido para no despertar a M.
Q., que dormía en el cuarto de enfrente con la puerta abierta.
Un puente sobre el Pisuerga al salir de la ciudad, la autovía, luego una comarcal, y después caminos de tierra entre chopos amarillos, uno detrás de otro, sin un cartel.
A las 16:52, según el reloj del salpicadero, el coche se paró delante de una casa baja con las ventanas cegadas.
Él abrió una puerta, encendió una luz desde fuera y la dejó bajar primero.
Eso era todo. Ese había sido el plan entero de Vera Ferreras, dieciséis años, primero de Bachillerato, media de ocho coma cuatro. Bajar detrás.
No podían haber pasado más de veinte minutos.
Se tocó la nuca y encontró la etiqueta de la sudadera, de pie, raspándole. La llevaba del revés. La había llevado así todo el día.
No pensó en el desayuno.
El ventanuco estaba en la pared de enfrente de la escalera, alto, casi pegado a las vigas.
Un rectángulo de luz gris del tamaño de una bandeja.
Tenía reja. Vera arrastró el cubo, le dio la vuelta y se subió encima.
Desde ahí llegaba con la punta de los dedos.
Cuatro barrotes de hierro retorcido, oxidados, y en las esquinas cuatro tornillos nuevos, brillantes, de cabeza de estrella, que no pegaban con nada de lo demás.
Tiró. Tiró colgándose con todo el peso. La reja no se movió.
Los tornillos no se movieron. Lo único que se movió fue el cubo, que se le escurrió de debajo de los pies y la tiró al suelo de costado.
Por el hueco, a ras de tierra, solo se veían tallos cortados, un rastrojo gris y amarillo, y un trozo de cielo. Ni un camino. Ni una casa.
Se quedó en el suelo con la cadera dolorida y la mejilla contra la tierra fría, respirando polvo.
Por eso las vio.
Debajo del ventanuco, a la altura de sus ojos, en la cal. Rayas. Arañadas, no pintadas: surcos finos y torcidos, con la cal saltada en los bordes. En grupos de cinco, cuatro palotes y uno atravesado, como las que hacen los presos en los dibujos animados.
Alguien había estado ahí abajo contando algo.
Se puso de rodillas y las contó.
Las contó otra vez, con el dedo, tocando cada una, porque la primera vez se le mezclaron.
Cuarenta y ocho.