La primera que se escapó 1
3%

1

Lo primero que vio Mara al abrir los ojos fue una luna de plata a un palmo de su cara.

Estaba sobre la mesita, entre el vaso de agua y el cargador del móvil, apoyada en su curva. Una C pequeña y brillante.

El aire se le paró a medio camino. No bajó. Se le quedó en algún sitio entre la garganta y el esternón, duro, sin sitio adonde ir.

Una C en una oreja derecha. Una oreja con tierra dentro.

Una chica boca arriba en la orilla, debajo del Puente, con la niebla encima.

Cuatro chicas. Cuatro fotos de colegio en el telediario, una detrás de otra, el pelo recogido, la sonrisa de las fotos de colegio.

Una luna en cada una. La otra, nunca. La otra de cada par no aparecía nunca porque él se la quedaba.

Él se quedaba la pareja.

Mara no se movió. En la pantalla del móvil, las 06:50. La luz del pasillo entraba por la puerta abierta, como todas las noches desde hacía diecinueve años, y dibujaba en el suelo un rectángulo amarillo que llegaba hasta la pata de la cama.

Contó. Tenía que contar algo. El vaso, lleno hasta la misma altura que anoche. La ventana, cerrada. La persiana, en la marca de siempre. Tres metros veinte de pared a pared. Todo en su sitio. Todo en su sitio menos eso.

El aire bajó de golpe, con un ruido que no le gustó oírse.

Alargó la mano y el pulgar encontró la muesca antes que la cabeza.

Estaba junto al cierre. Una mordedura mínima en el metal, el sitio donde el poste se había doblado y alguien lo había enderezado a medias. Mara la había visto hacerse. La había oído durante un día entero, en la oscuridad, como un ratón royendo.

Cerró el puño. El poste se le clavó en la palma, debajo del dedo corazón.

Dolió. Apretó más. Era un dolor pequeño y exacto, en un sitio que podía señalar con el dedo, y mientras le doliera ahí no le iba a doler en otra parte.

Se sentó en la cama con el puño contra el estómago.

Le temblaban las rodillas. Se puso los calcetines con una sola mano, el izquierdo primero, tirando del elástico por encima del tobillo, como cada mañana.

Recorrió la casa con el puño cerrado.

Setenta y ocho metros útiles, tercero sin ascensor, un pasillo de seis pasos.

La conocía como conocía todas las que tasaba: por los sitios donde cabía una persona.

El hueco de la caldera. El altillo del recibidor.

El armario del pasillo, sesenta de fondo.

El tendedero. Los abrió con la izquierda, uno detrás de otro, deprisa, y en cada uno se preparó para encontrarse una cara.

Nadie.

La puerta de Vera estaba cerrada. Vera siempre la cerraba. Mara abrió un palmo. Su hija dormía de cara a la pared, con un pie fuera del edredón, respirando por la boca. Mara miró el pie hasta que se movió, y solo entonces se dio cuenta de que llevaba un rato sin respirar ella.

La puerta de la entrada.

Dos vueltas de llave.

Las había dado ella a las 23:30. Lo comprobaba todas las noches.

Tres llaves en la casa. La suya, en el gancho. La de repuesto, en el cajón del recibidor, debajo de las facturas, con el polvo fino del cajón encima. Nadie la había tocado en meses. Y la de Vera, en un llavero con la chapa de un grupo que Mara no conocía.

Cogió el móvil y marcó el 112. Miró los tres números con el pulgar encima de la tecla verde.

Contarle a alguien lo del pendiente era contarle lo demás.

Los borró uno a uno.

En la cocina lo hizo todo con la izquierda.

La cafetera. El pan, que cortó apoyando la barra contra el pecho.

Dos tazas. Las mismas cosas en el mismo orden, y la derecha cerrada encima del hule como un peso que alguien le hubiera dejado en la mesa.

Al sentarse notó algo tibio entre los dedos.

Abrió un poco el puño por debajo de la mesa.

El poste le había hecho en la palma un agujero pequeño y limpio, y de él salía una gota oscura que se le iba metiendo por la línea de la mano.

Volvió a cerrar. Más fuerte.

—¿Qué es eso, mamá?

Vera estaba en la puerta de la cocina con la sudadera del revés y el móvil en la mano. No le miraba la cara. Le miraba el puño. Entre dos nudillos asomaba un filo de plata y en el hule, al lado, había una mancha roja del tamaño de una lenteja.

—Una baratija. Se me habrá caído de algo.

—Estás sangrando encima de la baratija.

Mara bajó la mano a las rodillas.

Vera no se movió de la puerta. La miraba como miraba a los profesores que le juraban que el examen iba a ser fácil: de abajo arriba, sin prisa, tomando nota.

Los ojos se le quedaron en el labio de arriba de su madre, donde Mara notaba el sudor, y luego en el pecho, que le subía y le bajaba demasiado deprisa.

—Estás blanca.

—He dormido mal.

—Ya. —Abrió la nevera, sacó la leche y bebió del cartón, de pie, sin dejar de mirarla.

—El jueves es lo de las fotos. En el instituto. Por si te interesa.

—Lo intentaré.

—Tú nunca prometes nada.

Se lo dijo al cartón de leche, sin levantar la voz, igual que se lee la hora.

Mara oyó su propia voz antes de decidir usarla.

—Esta tarde vienes directa a casa.

—¿Por? —Vera bajó el cartón.

—Porque te lo digo yo. Del instituto a casa. Nada de quedarte por ahí.

—Vale —dijo Vera, y se tocó el lóbulo de la oreja izquierda.

Fue un gesto de nada. Dos dedos, un segundo. Lo hacía desde los seis años, desde el día que juró que no había roto ella el espejo del baño, y ni se daba cuenta. Mara sí. Lo había visto cien veces y las cien había decidido no decir nada.

Vera le estaba mintiendo. Esa mañana. Con aquello encima de la mesa.

Mara se quedó quieta, con el puño en las rodillas y el poste dentro de la palma.

Tenía las preguntas en la boca: adónde vas a ir, con quién, qué me estás escondiendo.

Pero una pregunta pide otra, y la siguiente iba a ser qué tienes en la mano, mamá, de dónde ha salido eso, por qué sangras.

Y para eso Mara no tenía ninguna respuesta que no fuera la verdad.

El pan que le había cortado se quedó en el plato, entero.

A las 07:38 Vera se colgó la mochila de un hombro y salió al pasillo. En el recibidor se paró.

—Mamá.

—¿Qué? —Mara se levantó de la mesa.

Vera tenía la mano en el picaporte y la miraba desde allí, a seis pasos. Ya no tomaba nota. Tenía la cara de cuando era pequeña y quería preguntar algo y no encontraba cómo.

—Nada. Luego te veo.

La puerta se cerró sin golpe. Vera daba portazos desde los doce años.

Mara oyó los pasos en la escalera, tres pisos, rápidos, y el golpe del portal. Fue a la ventana del salón. Abajo, Vera cruzaba hacia la parada con la capucha puesta, la del revés. En mitad del paso de cebra levantó la cabeza hacia el tercero. Mara se apartó de la cortina.

Abrió la mano sobre el fregadero. La luna le había dejado en la palma una C roja y, en el centro, el agujero, que volvió a sangrar en cuanto dejó de apretar.

La plata tenía una mancha oscura en la curva y en el cierre.

No la limpió. Fue al recibidor y metió el pendiente en el bolsillo derecho del abrigo gris, hasta el fondo, donde la costura hacía un pico.

Después cogió la llave.

Una vuelta. Clac. Dos. Clac.

El mismo ruido de anoche, el de todas las noches. Limpio, sin un roce. La cerradura funcionaba perfectamente.

Mara se dio la vuelta despacio, con la espalda contra la puerta. Al fondo del pasillo, el reloj del horno marcaba las 07:45. Y al lado, la puerta de su dormitorio estaba abierta de par en par, como la dejaba siempre. Como la había dejado anoche, para poder respirar.