La primera que se escapó
© inepub.com
Prólogo
Los tablones del Puente estaban helados y Mara los pisaba con la carne viva.
No sentía los pies como pies. Sentía dos cosas calientes y mojadas al final de las piernas, y cada paso las pegaba a la madera y las despegaba con un ruido pequeño, de cinta adhesiva. En cada tablón se dejaba algo. No miraba qué.
La niebla subía del río hasta las rodillas. Por encima asomaban los remaches de la barandilla, uno detrás de otro, y ella los contaba.
Treinta y uno. Treinta y dos.
Si llegaba a cien, no iba a pasar nada. Lo había decidido al pisar la primera tabla.
Detrás quedaban el camino, la chopera, el carrizal.
Horas en el carrizal, agachada en el agua, con la mandíbula apretada para que no le sonaran los dientes.
Coches en la carretera. O el mismo coche.
Las luces barriendo las cañas y ella haciéndose pequeña, más pequeña, un bulto de barro entre los juncos.
Había bebido del río con la mano izquierda y todavía tenía tierra entre los dientes.
Treinta y seis. Se olía. A cada paso le subía de la ropa, con el poco calor que le quedaba en el cuerpo, un olor que era suyo y no lo era.
Orina vieja. Sangre. El hierro de la cadena, que se le había metido en la piel del tobillo y en las uñas y en la boca, un sabor a moneda chupada.
Los vaqueros se le habían puesto rígidos de barro y de lo otro.
La camiseta de la peña se le pegaba a la espalda.
La amarilla. La que se había puesto el viernes delante del espejo mientras alguien le gritaba desde el pasillo que se diera prisa, que se iban sin ella, que se
El pitido.
Treinta y nueve. Le escocía el tobillo izquierdo. Un anillo de carne levantada, morado por los bordes.
La mano derecha, cerrada. En el carrizal había intentado abrirla dos veces y no había podido. Ya no lo intentaba. Tenía los nudillos llenos de barro seco.
Cuarenta. Un motor. Se quedó quieta en mitad del Puente, con las rodillas dobladas. Correr. Hacia atrás. Hacia atrás no. Hacia la vega no. Hacia la vega no, no, no.
Faros. Bajaban por la carretera del río, frenando en la curva, y se pararon al principio del Puente, en el lado del pueblo. Un coche blanco y verde. Una luz azul en el techo, apagada. El humo del escape metiéndose en la niebla.
Una puerta. Alguien bajó y se quedó junto al coche, mirándola. Una chica con un chaquetón verde. No mucho mayor que ella. Una linterna apagada en la mano.
—Eh. Tranquila. Ya está.
Ya está. Entonces el pitido subió. Estaba dentro de la cabeza, detrás de los ojos, fino como un alambre, y se iba comiendo los ruidos de uno en uno. Primero el río. Luego el motor. Luego la voz de la chica, que seguía hablando: la boca se le abría y se le cerraba y no salía nada.
Pensaba en una ventana.
Una ventana. Pequeña. A ras de tierra. El frío entrando por ella. El rastrojo clavándose en la tripa a través de la camiseta. La piedra del borde contra las costillas. Y abajo, dentro, en lo oscuro.
El pitido se lo tragó todo.
Cuarenta y uno. O cuarenta y dos. Había perdido la cuenta.
La guardia se acercaba con las manos abiertas, separadas del cuerpo, despacio, como se acerca uno a un perro que muerde.
A cada paso le llegaba de ella algo antes que la voz.
El olor. Jabón. Jabón de pastilla, del barato, del que había en los lavabos del instituto.
Café de termo. Suavizante de ropa lavada esa misma semana en una casa con calefacción.
Olía a limpio.
Mara se vio como la estaba viendo ella: descalza y apestando, una cosa que había salido del río.
La guardia se paró a dos pasos. Tenía la cara redonda, de cría, y la nariz se le arrugó una vez, solo una, antes de que la pudiera controlar. Miró por encima del hombro de Mara hacia el extremo norte del Puente, hacia la vega a oscuras. Volvió a mirarla.
—Soy guardia civil —dijo, y esta vez el pitido la dejó pasar—. No te voy a hacer nada. Ya estás bien.
Se quitó el chaquetón y se lo echó por los hombros. Pesaba y estaba caliente por dentro. Olía a ella. Mara lo sujetó contra el cuello con la mano izquierda y el olor a limpio se le mezcló con el suyo, y le vinieron ganas de vomitar, y no vomitó.
La chica bajó la vista. Los pies. El tobillo. Mara le vio en la cara el segundo exacto en que entendía lo que era aquel anillo morado. La vio coger aire. Vio cómo se le empezaba a abrir la boca para una pregunta.
Detrás, en el coche, una radio dijo algo con voz de hombre y se calló.
—Estaba sola —dijo Mara, antes de que nadie le preguntara nada.