La primera que se escapó 28
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El documento de Meta tenía cuarenta y dos páginas.

Dos columnas: a la izquierda, fecha y hora, y a la derecha, el texto.

Quién escribía lo decía una etiqueta pequeña, en gris, delante de cada línea.

La cuenta de Vera se llamaba como una marca de carretes antigua.

La otra era samu.ribera, con la foto de un río.

Ya había visto la frase marcada en amarillo. Volvió al principio. Siempre empezaba por el principio.

Se llamaba Inés Valverde. Desapareció la misma noche que secuestraron a tu madre. ¿Nunca te lo ha contado?

¿Secuestraron?

Llorente se detuvo en el signo de interrogación. Dieciséis años. Una foto del Puente colgada un domingo, preguntando quién era la chica que estaba con su madre. Y el lunes, un desconocido le decía que a su madre la habían secuestrado. No lo sabía. Nadie se lo había contado nunca.

Siguió bajando. Las primeras noches eran de Vera.

Preguntas, muchas, a deshoras, de madrugada.

Enlaces a hemerotecas. Una captura de un periódico de 2007 con una frase subrayada: M.

Q., de 17 años. ¿Es ella? ¿Es mi madre? Samuel contestaba poco y despacio.

Frases cortas. Nunca de más. Le daba una cosa y la dejaba sola con ella hasta el día siguiente.

La segunda semana, el martes 29, a las 23:40, Samuel escribió su nombre completo.

Me llamo Samuel Rebollo. Mi padre era el hombre al que tu madre señaló.

Vera no contestó en dos días. El jueves por la noche volvió.

Cuéntamelo todo.

Y Samuel se lo contó. No todo de una vez.

En trozos, noche tras noche, como se le da de comer a un animal que no se fía.

La nave. El juicio. La cárcel. Las cartas a lápiz.

Su padre muerto en una celda a los cuarenta y nueve años.

Y entre medias, siempre, una frase que volvía: tu madre sabe más de lo que dice.

Llorente se frotó los ojos. Fuera, la niebla había tapado el parabrisas entero y el coche era una caja blanca en mitad de la calle.

Lunes 5 de octubre. Un café en Valladolid, cerca de la estación de autobuses. Lo habían quedado por mensajes, con la hora y la mesa. Por la noche, a las 21:02, un mensaje de Samuel. El que el inspector había marcado.

Pónselo en la mesita. Uno. Mírale la cara cuando lo vea. Si te miente, ya sabes quién es.

Debajo, Vera preguntaba qué hacía con el otro. Y la respuesta de Samuel:

En tu mochila. Por si hay que enseñarlo.

La cajita. El café. Los dos pendientes. Llorente se quedó un momento con el pulgar quieto sobre la pantalla.

Luego bajó hasta el viernes.

Viernes 9 de octubre, 04:10.

Ya está. Se lo he dejado.

Samuel contestó a las 04:11. Estaba despierto.

¿Duerme?

Con la puerta abierta. Como siempre. Ni se ha movido.

Llorente volvió a leer esa línea. Con la puerta abierta. Como siempre.

Las dos vueltas de llave. Ninguna puerta forzada. Una mujer que se despierta con el pendiente del hombre que la secuestró a un palmo de la almohada y no entiende cómo ha entrado nadie. Nadie había entrado. Ya estaba dentro. Dormía en el cuarto de enfrente.

Viernes 9, a las 07:52.

Me ha dicho que es una baratija.

Samuel, a las 07:52 también. Menos de un minuto.

Pues ya sabes quién es.

Y menos de un minuto después, a las 07:53, Vera otra vez. Después ya no había nada suyo. Ni una línea más. El móvil se apagaba a las 15:10 y no volvía a encenderse.

Llorente no leyó todavía el último mensaje. Lo dejó en la pantalla, abajo, y levantó la vista hacia la niebla.

Vera había ido por su propio pie. Había puesto el pendiente ella.

Había salido de casa sabiendo con quién iba a verse, con la mochila y el segundo pendiente dentro, porque su madre le había dicho una mentira a la cara aquella mañana.

Una baratija. Dónde se habían visto, eso no estaba en ningún mensaje.

Lo habían hablado por otro sitio. Llorente lo apuntó al margen con un signo de interrogación.

Y la madre, en la comisaría, en la cocina de Encarna, delante de ella misma, no lo sabía. Seguía pensando que alguien había entrado de noche en su cuarto.

A las 20:50 le entró un correo. Criminalística. El asunto en mayúsculas, como siempre que había prisa. Lo abrió.

Por debajo de la sangre seca del pendiente de la mesita, en la cara plana del cierre, junto a la muesca, habían conseguido sacar una huella parcial.

Poca cosa. Unos milímetros de dedo. Suficiente para compararla con las que habían levantado el viernes de la cámara de carrete de la mochila, la de plástico negro, con el carrete a medio pasar.

Coincidía. La huella de Vera, debajo de la sangre de su madre.

Llorente leyó el correo dos veces. Luego volvió a abrir el documento de Meta y lo miró entero, de arriba abajo, cuarenta y dos páginas, sin leer ya las palabras.

Solo las horas. Las madrugadas. Las 02:40, las 03:15, las 04:10.

Una cría de dieciséis años despierta a esas horas en su cuarto, con la puerta cerrada, al otro lado de un pasillo de seis pasos de una madre que dormía con la suya abierta.

Tenía que enseñárselo a la madre, y no había forma buena de hacerlo.

Buscó en la radio a la patrulla que seguía a Mara. Delante de la casa de Luisa Valverde, le dijeron. Sentada en su coche. Lleva ahí un rato. No arranca.

Llorente encendió el motor y la calefacción. Antes de meter la marcha, bajó otra vez hasta el final del documento. El último mensaje de Vera. Viernes 9 de octubre, 07:53. Menos de un minuto después de «Pues ya sabes quién es».

¿Dónde quedamos?