La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 34
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Hilal había cruzado la poterna sin un plan, y se encontró, en la oscuridad, ante la respuesta a la pregunta que llevaba toda la noche, toda la vida, sin contestar.

Vio a un viejo godo de manos finas sosteniendo una corona de oro.

Vio a seis hombres armados protegiéndolo.

Vio, en un rincón, la cara que reconoció de los mercados de la frontera, un arriero, un traidor.

Y entendió, con la rapidez del soldado, toda la trama en un instante: que aquel viejo no era de la revuelta ni de la peña, que era un tercero, un carroñero, que había usado el asalto de los suyos como tapadera para robar lo que la peña guardaba, y que pensaba escabullirse con ello mientras los bereberes y los de dentro se mataban en la brecha por nada.

Y supo, también en un instante, de qué lado estaba.

No fue por la corona. A Hilal la corona le daba igual; un aro de oro de un reino muerto que nunca había sido suyo ni de los suyos.

Fue por lo otro. Fue porque comprendió que si aquel hombre se llevaba aquello, Velagra caería sin remedio aquella noche, sin la última carta que pudiera salvarla, y con Velagra caerían la mujer del vado y el niño de ojos negros que era su hijo.

Y porque entendió, en aquel sótano oscuro, que llevaba toda la vida creyendo que tenía que elegir entre los suyos y su sangre, y que era mentira: que su sangre, su hijo, era ya las dos cosas a la vez, godo y bereber, de arriba y de abajo, y que defenderlo no era traicionar a los suyos, sino defender lo único que la guerra de todos ellos podría llegar a parir que valiera la pena, un mundo donde un niño pudiera ser de los dos lados del río sin que lo mataran por ello.

—Esa corona —dijo Hilal, y los seis hombres y el viejo se volvieron hacia él, sobresaltados— no sale de aquí.

Sisberto lo midió con una mirada rápida, la mirada de toda su vida, calculando.

—Eres bereber —dijo, con una calma de hielo—. De los de fuera. Esto no es asunto tuyo. Es oro de godos. Llévate tu parte de la peña cuando caiga y déjame lo mío. Hay de sobra para los dos.

—No quiero tu oro —dijo Hilal, y desenvainó—. Y no es asunto tuyo lo que hay en esta peña. Es mío. Más de lo que tú sabrás nunca.

Lo que vino después fue rápido y sucio, como es todo lo de verdad.

Seis contra uno, en un sótano, a la luz de una lámpara.

Hilal era el mejor soldado que había en aquella peña aquella noche, treinta años de frontera en el brazo, y cayeron tres de los hombres de Sisberto antes de que el resto le hicieran mella.

Pero seis son seis, y a Hilal le entraron al fin el hierro, en el costado, en el muslo, en el hombro, y siguió de pie por pura voluntad, peleando, hasta que los que seguían vivos se apartaron, escarmentados, fuera del alcance de su hierro, y quedaron frente a frente él, malherido contra la pared, y el viejo Sisberto, con la corona apretada contra el pecho, retrocediendo hacia la poterna.

Y entonces llegó Adosinda.

Llegó, con sus dos hombres un paso por detrás, y lo vio todo en un relámpago: a Hilal sangrando contra el muro, a Sisberto huyendo con la corona, los muertos por el suelo.

Y Sisberto, al verla, cometió el único error de su vida de hombre cauto: se detuvo.

Se detuvo a mirarla, a saborear, un instante, el triunfo de tenerla delante, vencida, con la corona de su padre en las manos de él.

Un instante. Le bastó a Hilal. El bereber, con lo último que le quedaba, se arrancó de la pared y se le echó encima, y los dos cayeron juntos sobre la roca, y cuando Adosinda llegó hasta ellos solo uno se movía.

Sisberto el paciente, Sisberto el que jugaba a largo, Sisberto que había sobrevivido a la caída de un reino doblando la cabeza, había muerto al fin por lo único que no había sabido administrar: su propia codicia, que lo había hecho detenerse un instante de más, dentro de unos muros ajenos, con un oro que no era suyo.

De los hombres de Sisberto, los que quedaban vivos habían huido por la poterna en cuanto cayó su amo, porque a un mercenario sin quien le pague no le queda causa.

Y con ellos huyó Bermudo, el topo, el arriero de la cara honrada, escabulléndose en la oscuridad hacia el sur de donde había venido.

Adosinda lo reconoció en el último instante, a la luz de la lámpara caída, la cara del amigo que les revolvía el pelo a los niños y que los había vendido, y no mandó a nadie tras él, porque no tenía a nadie que mandar y porque comprendió, en aquel relámpago, que un hombre que huye cargando una traición así ya lleva encima el peor castigo.

No volvió a saberse de él. Se lo tragó la noche y la guerra, como se traga a los cobardes, sin gloria y sin tumba.

Y a su lado, con la corona caída entre los dos, agonizaba Hilal.

Adosinda se arrodilló. Le tomó la cabeza. Y Hilal, con los ojos negros ya idos, los mismos ojos que ella veía cada día en la cara de su hijo, encontró fuerzas para una última cosa.

—El niño —murmuró—. Dile, algún día, cuando el mundo sea otro…

dile de quién era esta cara. —Tragó sangre—.

La corona dice una cosa, Adosinda. La sangre dice otra.

Que se quede con las dos. Es lo único… verdad que va a haber, cuando todo esto pase.

Las dos cosas a la vez. —Y sonrió, el bereber al que abofeteaban en los mercados, el desposeído, el padre que nunca pudo nombrar a su hijo—.

Dile que su padre no cruzó el río… hasta el final.

Murió así, con la corona de un reino que no era el suyo a un palmo de la mano, habiendo salvado, sin que nadie de la peña lo supiera nunca, la última carta con que Velagra iba a salvarse.

Y Adosinda, sola en el sótano entre los muertos, tomó la corona del suelo, la apretó contra el pecho con el mismo gesto exacto de veintinueve años atrás, y lloró por su padre y por Hilal y por su hijo y por el mundo viejo y el nuevo, un instante, uno solo, antes de levantarse, porque arriba seguían muriendo los suyos en la brecha y ella tenía, todavía, una última carta que jugar.