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Mientras Sisberto desenterraba la corona en el sur, Adosinda, en el norte, tomaba la decisión de su vida sobre una brecha que ya no se podía tapar.
La brecha se había abierto al fin. El lienzo sin terminar, batido durante semanas, cedió una noche con un estruendo de fin del mundo, y por el boquete de piedra rota empezó a entrar el enemigo.
Ardón estaba allí, como tenía que estar, con el puñado de hombres que le quedaban, tapando con carne lo que ya no se podía tapar con piedra.
Y peleaba como peleó en Guadalete por el puente, sabiendo que era la última cuenta, sabiendo que cada minuto que aguantara en la brecha era un minuto que ganaban los de dentro, sin saber muy bien ya para qué.
Adosinda comprendió, mirando aquello desde la torre, que Velagra iba a caer.
No en días: aquella noche. La brecha estaba abierta, los hombres se acababan, y por mucho que la piedra hubiera aguantado treinta años, una peña sin hombres que la guarnezcan es solo una tumba con vistas.
Lo había perdido. La obra de toda una vida, la suya y la de Teudila y la de los muertos, iba a caer aquella noche, y con ella su gente, su hijo, todo.
Su hijo. Lo buscó con los ojos desde la torre y lo encontró abajo, en el adarve, junto a la brecha.
Gundemaro tenía dieciséis años y se había negado a esconderse con los niños y los viejos; estaba allí, con una lanza, pálido, peleando al lado de los hombres de Ardón, el heredero de la casa haciendo lo que tenía que hacer un heredero, defender lo suyo.
Y al verlo allí, a su hijo, el niño de los ojos negros por el que había temido dieciséis años, jugándose la vida en el sitio donde la peña se rompía, a Adosinda se le acabó la duda.
No iba a dejar que cayera. No después de todo.
La corona la había guardado treinta años para que un día, lejano, hubiera un reino donde ponerla; pero qué reino iba a haber, qué nada iba a haber, si aquella noche moría en una brecha el niño que era a la vez la corona y la sangre, el viejo mundo y el nuevo.
La corona no servía de nada enterrada bajo un hijo muerto.
Si tenía que gastarla para salvarlo, la gastaría.
Para eso, comprendió por fin, la había guardado: no para un reino futuro, sino para esta noche.
Y entonces, en el último filo, Adosinda hizo aquello para lo que, sin saberlo, había guardado la corona veintinueve años.
Bajó al corazón de la torre a desenterrarla, con dos hombres de confianza y las barras, porque sabía, desde la noche en que la re-enterró con Teudila, que ya no la cubría una piedra suelta sino un sillar trabado que no se levantaba sin oficio ni sin fuerza.
Iba a sacarla, no para huir con ella, no para esconderla otra vez, sino para gastarla: para subir a la brecha con la corona de los reyes godos en alto, a la vista de todos, de los suyos y de los de fuera, y jugar la última carta que le quedaba, la única que un puñado de gente acorralada podía jugar contra un ejército.
Mostrarla. Decir: esto es lo que soy. Esto es lo que defendéis.
No una peña cualquiera: el último trozo de un reino.
Para enardecer a los suyos a morir de pie en vez de a huir.
Y, si había un resquicio, para negociar: una corona en la mano es lo único con que un sitiado compra la vida de su gente a un sitiador.
Pero al bajar al pie de la torre, lámpara en mano, encontró el trabajo ya hecho por otras manos: el sillar volcado a un lado, el hoyo abierto, la tierra removida y húmeda, recién cavada.
Y no había corona.
Por un instante, Adosinda creyó que el suelo se abría bajo sus pies.
Veintinueve años guardando un secreto, y la noche en que por fin iba a usarlo, alguien se le había adelantado, alguien que sabía que estaba bajo un sillar y no bajo una piedra suelta, alguien que conocía hasta el último cambio del escondite.
El topo, pensó, con un escalofrío: el que husmeó hacía un año.
No había dejado de saber. Y había vuelto.
Alguien lo sabía. Alguien había entrado, esa misma noche, aprovechando que la peña entera se desangraba en el norte.
Y entonces, en la oscuridad del sur del recinto, lejos del combate, vio el resplandor tapado de otra lámpara, y oyó voces que no eran de los suyos, y echó a correr hacia allí con el corazón en la garganta, hacia la poterna, hacia donde un hombre al que no había visto en su vida sostenía en las manos la corona de su padre, rodeado de sombras, frente a otra sombra que ella sí conocía.
Llegó a tiempo de oír a Hilal hablar.