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Sisberto entró en Velagra la misma noche en que se abrió la brecha, que fue, exactamente, la noche que llevaba veintinueve años esperando.
No entró por la brecha. Eso lo dejaba para los soldados, para la carne, para los que ponían los muertos.
Sisberto había subido a la zaga del ejército con sus pocos hombres y, lo más importante, con la otra mitad de su plan dormida dentro de la peña desde hacía seis años: el arriero.
El topo. El hombre de la cara honrada que Velagra creía suyo.
Bermudo cumplió su parte aquella noche con el alma en los pies.
Llevaba seis años espiando, despreciándose, pero una cosa es contar y otra abrir una puerta para que entren a robar y a matar a la gente que te ha dado de cenar.
Cuando empezó el asalto y todos los hombres corrieron al norte, a la brecha, él se quedó atrás, como tenía mandado, con la excusa de cuidar de unos enseres, y se fue arrimando, en la oscuridad y el griterío, al lienzo sur, donde había una poterna pequeña, un portillo de servicio que daba a la roca, de los que en tiempos de paz se usan para sacar la basura o bajar al río sin abrir el gran portón.
La conocía bien: en seis años de entrar y salir, Bermudo había aprendido los rincones de Velagra mejor que muchos de los que vivían allí.
Le temblaban las manos al quitar la tranca.
Por un instante, uno solo, estuvo a punto de no hacerlo, de dar media vuelta, de subir al adarve a morir con los demás y limpiarse de golpe seis años de mugre.
Pensó en su hija, casada y a salvo con la dote de aquella traición, y en su amo del sur que no perdonaba, y en que ya era tarde, que el que ha bajado entero la pendiente no puede volver a subirla.
Y abrió la poterna. Y dejó entrar a su amo.
Y se quedó dentro, en la sombra, temblando, sabiendo que acababa de hacer lo único de su vida que no tendría perdón ni olvido, y que lo había hecho, como casi todo lo malo del mundo, no por maldad, sino por cobardía y por una hija.
Sisberto entró en Velagra de noche, con seis hombres, mientras la peña entera se desangraba en la brecha del lado contrario.
Y por primera vez en su vida, el hombre que siempre había jugado a largo y desde lejos, el que nunca arriesgaba el cuerpo, estaba dentro, en persona, porque algunas cosas no se delegan: una corona se coge con las propias manos o no se coge.
Le temblaban las piernas, y no de viejo.
Veintinueve años llevaba moviendo a otros como piezas, mandando cartas, dictando informes, sin pisar nunca el barro de sus propias jugadas, y ahora estaba allí, en la oscuridad de una plaza sitiada, con el corazón golpeándole como no le golpeaba desde joven.
Sintió, por encima del miedo, una cosa rara, casi una borrachera: por fin tocaba el tablero con las manos.
Y mientras cruzaba a oscuras el recinto, oyendo a lo lejos el fragor de la brecha, los gritos, el choque del hierro, Sisberto el cauto se dio cuenta de que aquella peña, que durante treinta años había sido para él una idea en un mapa, una casilla que ganar, era un sitio de verdad, lleno de gente de verdad que estaba muriendo de verdad a doscientos pasos para defender lo que él venía a robar.
No le dio lástima; la lástima nunca le había servido de nada.
Pero le dio, por un instante, vértigo, el de comprender que toda su vida de cálculo limpio terminaba, esa noche, en un hombre viejo cavando un agujero en la tierra con las uñas, en mitad de una matanza, como un ladrón cualquiera.
Lo apartó. Faltaba poco. Después de aquella noche, nunca más tendría que mancharse.
El arriero lo llevó derecho al sitio. Cruzaron el recinto pegados a los muros, en la confusión y la oscuridad, sin que nadie reparara en seis sombras más en una noche llena de sombras que corrían.
Subieron al corazón de la obra, al pie de la torre, allí donde la roca afloraba limpia, donde Bermudo había tocado con el pico, un año atrás, la losa lisa que cubría el secreto.
Y allí, a la luz tapada de una lámpara sorda, Sisberto, viejo, con las manos por primera vez en la tierra, se puso a cavar lo que toda su vida había sido para él una idea, un cálculo, una pieza en una partida, y que ahora era, por fin, barro real bajo sus uñas.
Pero el secreto se había movido, y Bermudo no lo sabía.
Donde un año atrás había tocado una losa suelta, una piedra cualquiera que se levantaba con la mano, ahora la pala chocó con otra cosa: un sillar grande, trabado, escuadrado, asentado a hueso en la propia roca, de los que no se sacan con las uñas ni con prisa.
Bermudo soltó una maldición entre dientes.
«Aquí había una losa suelta, señor, lo juro.
Alguien lo ha rehecho. Alguien lo sabe.» Sisberto sintió, por primera vez en la noche, un pinchazo de alarma; pero estaba demasiado cerca para volverse atrás.
Mandó traer las barras. Y allí, en el corazón de Velagra, mientras a doscientos pasos los hombres morían en la brecha del norte, seis sombras hicieron palanca sobre el sillar que Teudila había asentado un año antes jurando que nadie llegaría a lo de debajo sin tirar la torre.
No tuvieron que tirar la torre, pero les costó: el sillar resistió, chirrió, hubo que cavar a su alrededor, levantarlo a pulso entre cuatro, y se les fue en ello un tiempo precioso, un tiempo que ninguno sabía que estaba regalándole a otra sombra que ya cruzaba la poterna a su espalda.
Por fin el sillar cedió y se volcó a un lado con un golpe sordo.
Debajo, en un hueco abierto en la roca viva, un codo más hondo de lo que Bermudo recordaba, había tierra removida y, envuelto en lo que quedaba de un lino podrido, un bulto.
Apartaron la tierra. Y allí estaba.
Envuelto en lo que quedaba de un lino podrido por veintinueve años de humedad, apareció el oro.
El aro liso, las pocas letras colgantes, la cruz con sus cuatro zafiros pálidos, intacto, brillando a la luz sucia de la lámpara como si lo hubieran enterrado ayer, porque el oro no envejece, el oro espera.
La corona votiva del conde Gundemaro, salvada del altar de Toledo la última noche, enterrada bajo una peña sin nombre, cimiento secreto de todo.
Sisberto la tomó en sus manos y, por un instante, el hombre de hielo de toda una vida sintió algo que se parecía a la veneración, porque tenía en las manos la legitimidad misma, el derecho a llamarse continuador de los reyes, la cosa por la que había maniobrado, mentido y esperado durante veintinueve años.
—Es esto —murmuró—. Era verdad. Estaba aquí. —Levantó la vista hacia su arriero, y por primera vez en años sonrió de verdad—. Has servido bien. Nos vamos. Lo demás que se lo queden los bereberes, que para eso ponen los muertos. Nosotros tenemos lo único que vale.
Pero al volverse hacia la poterna, los seis hombres y el amo con la corona en las manos, se encontraron de frente con una sombra que no era de los suyos.
Una sombra que había entrado por donde ellos, en la confusión, siguiendo a unos jinetes que en la oscuridad nadie había sabido de qué lado venían.
Una sombra que había visto, desde fuera, abrirse aquella poterna del sur mientras todos peleaban en el norte, y que la lógica fría de la guerra y otra lógica más caliente le habían dicho que cruzara.
Era Hilal.