31
El asedio duró, y durar era, para Velagra, la única forma de ganar.
Los primeros días fueron de furia. El enemigo, confiado en su número, intentó tomar la peña a la brava: oleadas contra la puerta, escalas contra los muros, una lluvia de flechas sobre el adarve.
Y la piedra hizo lo que Teudila había rezado treinta años por que hiciera.
Los muros bien trabados no cedieron. Las escalas se estrellaban contra una sillería que no daba un asidero.
Desde lo alto, los hombres de Velagra arrojaban el sillarejo que Teudila había amontonado, y cada piedra bien puesta de la defensa mataba mejor que una flecha.
Ardón dirigía aquello con la calma fría de un veterano de Guadalete, repartiendo a los hombres por el adarve, tapando cada amago, sin gastar fuerzas, sin dejarse llevar por el pánico ni por la euforia, sabiendo que un cerco es una cuenta larga y que el que se descompone primero, pierde.
—Que no os emborrache rechazarlos —les gritaba a los suyos cuando una oleada se retiraba y los jóvenes querían cantar victoria—.
No hemos ganado nada. Solo hemos durado un día más.
Eso es todo lo que tenemos que hacer: durar un día más.
Y otro. Y otro. El día que ellos se cansen antes que nosotros, ese día ganamos. Hasta entonces, no ha pasado nada.
Teudila peleó como no había peleado en su vida, ni siquiera de joven en Guadalete, donde lo único que había hecho era correr.
Ahora no corría. Ahora estaba en lo alto de su propia obra, defendiendo cada sillar que había puesto, y descubrió que un hombre defiende lo que ha construido con una furia que no le sale por nada más.
El tercer día, una escala se enganchó al adarve a su lado y empezaron a trepar por ella, y Teudila, sin pensarlo, hizo lo único que sabía: cogió un sillarejo de los que él mismo había amontonado, lo levantó por encima de la cabeza con esos brazos de cargar piedra que tenía desde niño, y lo dejó caer sobre el primer hombre que asomaba.
La piedra hizo lo que la piedra hace. El hombre cayó hacia atrás llevándose a los de abajo, y la escala se desprendió, y Teudila se quedó mirándose las manos, las manos de cantero, que acababan de matar con la misma piedra con que construían, y volvió a sentir, veinticinco años después de los salteadores, el mismo horror frío de entonces: que el oficio de levantar y el de matar, allá arriba, en el filo, eran el mismo, y se hacían con las mismas manos.
A su lado, Froila, cojo, no podía trepar ni cargar como antes, pero hacía lo que mejor sabía un maestro: miraba el conjunto, veía dónde flaqueaba la línea, gritaba a unos que fueran allá y a otros que aguantaran aquí, dirigía la defensa de un muro como había aprendido a dirigir su construcción, y los hombres, sin pensarlo, le obedecían.
El agua, de hecho, fue su mejor arma, y ni la blandieron.
Porque los sitiadores hicieron lo primero que hace todo el que cerca una plaza: cortarle el agua.
Bajaron al río, tomaron el manantial del pie de la peña, desviaron lo que pudieron, y se sentaron a esperar, seguros, como han esperado los sitiadores desde que el mundo es mundo, a que la sed hiciera por ellos el trabajo.
La sed no llegó. Pasaban los días, y arriba, en la peña, la gente bebía, los animales bebían, hasta se permitían, para que se viera desde abajo, vaciar de vez en cuando un caldero de agua por el adarve, un derroche calculado, una burla.
Los de abajo no lo entendían. No sabían que treinta años atrás un viejo de Alejandría había hecho cavar, antes que ninguna otra cosa, antes que la torre, antes que los muros, dos cisternas enormes en la roca viva, y que en ellas dormía el agua de muchos inviernos, fuera del alcance de cualquier ejército, porque estaba dentro de la propia montaña.
Aquel derroche de agua sobre las cabezas de los sitiadores fue, sin que ellos lo supieran, el primer puñetazo del muerto Macario, que llevaba años en su tumba y seguía defendiendo la peña con una obra que nadie veía.
Y a Teudila, viéndolo, se le encogió el corazón de un orgullo extraño: que la mejor defensa de Velagra, en el peor día, no fueran sus muros ni sus lanzas, sino un agujero ingrato que un viejo hereje les había hecho cavar entre protestas, treinta años antes de que hiciera falta.
Y duraron. Pasada la furia de los primeros asaltos, el cerco se asentó en la guerra lenta, la de verdad, la de las cuentas.
El agua de las cisternas no faltó: bajo el adarve, en la roca, los dos vientres tallados por Macario daban de beber a Velagra como si tal cosa, y los sitiadores, abajo, junto al río, no entendían cómo una peña cercada no se moría de sed.
El grano de Munio se molía a brazo en el molino de sangre, ración corta pero diaria, y el ganadero llevaba la cuenta de cada espiga como un avaro, alargándola, estirándola, porque sabía que el cerco se ganaba o se perdía en su granero más que en el adarve.
Quirico reparaba de noche lo que el día rompía, reforzaba la puerta cada vez que un ariete la castigaba, y maldecía cada clavo que gastaba porque el hierro se acababa.
Y Sabina libraba en la ermita la guerra más callada y más dura de todas.
Allí, sobre la paja, a la luz de las lámparas, le llevaban lo que el adarve devolvía: hombres con flechas clavadas, con brazos abiertos, con el vientre roto, muchachos que por la mañana defendían un muro y por la tarde la llamaban a gritos por su madre.
La vieja se movía entre ellos con una calma terrible, sin prisa y sin pausa, las manos rojas hasta el codo, cosiendo, cauterizando con un hierro al rojo que Quirico le subía de la fragua, dando a beber sus cocimientos de adormidera a los que se podían salvar para que aguantaran el dolor, y a los que no, una dosis distinta, más larga, más piadosa, que ella preparaba aparte y de la que no hablaba con nadie, porque hay misericordias que es mejor no nombrar.
Porque ese era su verdadero oficio en el cerco, el que nadie quería ver: decidir.
No tenía vendas para todos, ni adormidera, ni manos, ni horas.
Así que miraba a cada herido que entraba y hacía, en un instante, con los ojos, la cuenta más espantosa que puede hacer un ser humano: este vive si me ocupo de él; este se muere haga lo que haga; este puede esperar.
Y según esa cuenta, repartía lo poco que tenía.
Mandaba a la muerte, con una mirada, a hombres que quizá se habrían salvado con más recursos, para salvar a otros que sí podía salvar con los que había.
Era el cálculo de Munio con el grano, el de Adosinda con todo, llevado a su extremo más desnudo: el de una vieja decidiendo, con el corazón cerrado a cal y canto para poder seguir, quién de los suyos vivía y quién no.
Nadie le dio nunca las gracias por aquello, porque nadie quería saber que existía.
Y Sabina lo llevó sola, como llevaba todos los secretos, sabiendo que el día que terminara el cerco tendría que vivir el resto de su vida con la cara de cada uno al que dejó morir para salvar a otro.
Hubo muertos. No fue gratis. Cada asalto se cobraba alguno de los de dentro, y Velagra no era tan grande como para no sentir cada hueco.
Enterraban de noche, deprisa, en la falda interior de la peña, y cada mañana eran un poco menos para defender los mismos muros.
Esa era la trampa del cerco: que el de dentro no podía reponer a sus muertos y el de fuera sí.
La cuenta, a la larga, no salía. Lo sabían todos.
Lo sabía Ardón mejor que nadie, que veía menguar a sus hombres y sabía que, por bien que aguantara la piedra, llegaría un día en que no habría brazos suficientes para guarnecer todo el muro, y que ese día el enemigo entraría por donde faltara un hombre.
Y el enemigo, que tampoco era tonto, había encontrado ya por dónde: el lienzo norte.
El tramo sin terminar, la herida de la obra inacabada, el punto que Hilal había visto el primer día.
Allí concentraban, poco a poco, su esfuerzo.
Allí cavaban, allí arrimaban máquinas, allí iban a abrir la brecha.
Teudila lo vio, lo vio con su ojo de constructor que leía un muro como otros leen una cara, y supo que toda su obra, toda, treinta años de piedra, iban a decidirse en el único sitio donde la piedra aún no estaba puesta.
—Necesito una noche —le dijo a Adosinda—. Una noche sin asalto en el norte y cien brazos, y cierro ese lienzo. Lo subo. Lo trabo. Y por ahí ya no entra nadie.
—No la vas a tener —dijo Ardón, sombrío—.
Han visto lo mismo que tú. No nos van a dar ni una hora de paz en el norte.
Van a abrir esa brecha aunque les cueste cien hombres, porque saben que es el único sitio donde la peña no es peña.
—Miró a Teudila, y luego a Adosinda, y dijo lo que llevaba días sin decir—.
Cuando abran la brecha, y la abrirán, habrá que taparla con carne, porque ya no habrá tiempo de taparla con piedra.
Y la carne se acaba antes que la piedra.
Esa es la cuenta, señora. Esa es toda la cuenta.