30
Hilal llegó al pie de la peña al atardecer del primer día, y lo primero que sintió, mirando hacia arriba los muros que él mismo había ayudado a hacer altos, no fue la sed de asalto, sino algo parecido al vértigo.
No mandaba el ejército. Esa era la primera amargura.
La revuelta había echado al frente a otros, jefes más nuevos, más fanáticos, más jóvenes, hombres que veían en Velagra solo una plaza enemiga que tomar y un botín que repartir, y a Hilal, el veterano, el que conocía aquella frontera mejor que nadie, lo habían puesto al mando de un flanco, con sus jinetes, bajo las órdenes de otro.
La misma historia de siempre. Hasta entre los suyos, hasta en la rebelión contra los que lo despreciaban, a Hilal le tocaba obedecer.
Y obedecer, esta vez, significaba ayudar a tomar la peña donde estaban su hijo y la mujer del vado.
El que mandaba el cerco era un tal Ziyad, un bereber joven del sur, de los que habían encendido la revuelta con más fe que años, un hombre que hablaba de la guerra como de una oración y que miraba Velagra con el odio limpio del que no ha vivido lo bastante para saber que el odio limpio no existe.
A Hilal le repugnaba y lo entendía a la vez: Ziyad era él mismo veinte años atrás, antes de las bofetadas y los inviernos, antes de aprender que ningún bando es del todo justo.
Para Ziyad, la peña era sencilla: un nido de cristianos ricos que había que vaciar, un escalón hacia el sur, un botín para pagar a la tropa.
Que dentro hubiera mujeres, niños, viejos, no le entraba en la cuenta; los infieles eran infieles, y la guerra santa simplificaba el alma de un modo que Hilal envidiaba y temía por igual.
Aquella primera tarde, en el consejo de los jefes, Ziyad expuso su plan con la frialdad de quien reparte una herencia: cercar, hambrear, abrir la brecha por el norte, y al entrar no dejar nada en pie, para que la noticia corriera por la frontera y las demás plazas se rindieran de miedo.
Los otros jefes asintieron. Hilal asintió también, porque no asentir era señalarse, y se mordió por dentro pensando en una niña que correría por aquella era, en un viejo cantero, en un niño con sus ojos, todos metidos en la palabra «nada» con que Ziyad pensaba arrasar la peña.
Cabalgó alrededor de Velagra aquella tarde, reconociendo el terreno como buen soldado, y fue una tortura, porque conocía cada palmo.
Conocía el vado donde había hablado con Adosinda diez veces.
Conocía, por sus espías y por sus propios ojos de años de frontera, la fuerza de aquellos muros, lo bien trabada que estaba la sillería nueva, lo imposible que era cortar el agua de unas cisternas talladas en la roca viva.
Y conocía, sobre todo, el único punto débil: que la obra estaba sin terminar.
Que en el lienzo norte, donde la muralla nueva aún no se había unido a la roca, quedaba un tramo más bajo, a medio levantar, un punto por donde, con hombres suficientes y bastantes muertos, se podía entrar.
Lo vio con ojo de soldado en un instante.
Y supo que tarde o temprano lo verían los otros jefes, y que por ahí caería Velagra.
Aquella noche, en el campamento al pie de la peña, mientras los demás afilaban las armas y se repartían de antemano un botín que aún no tenían, Hilal se sentó aparte, mirando hacia arriba las luces de la peña sitiada, y libró la única batalla que de verdad le importaba, que era dentro de él.
De un lado estaba todo lo que era: bereber, soldado, uno de los humillados, leal a una revuelta que era justa, que cargaba treinta años de agravios verdaderos, la única causa que le habían dejado tener.
Traicionarla era traicionar a los suyos, a los que lo habían acompañado en la peor tierra del mundo.
Del otro lado estaba una peña con un niño dentro.
Su niño. El hijo que nunca podría nombrar, que crecía creyéndose godo y cristiano y puro, heredero de una corona, y que era, en su sangre, mitad de él, mitad bereber, mitad de los de abajo, mitad del mundo nuevo que la guerra estaba pariendo a sangre y fuego sin saber que lo paría.
—¿De qué lado estoy? —le preguntó a Yahya, el único que sabía lo del hijo.
Yahya tardó en contestar.
—Del lado en que has estado siempre —dijo al fin—.
Del de los que pierden. La cuestión, Hilal, es por cuál de las dos pérdidas quieres pelear esta vez.
—Removió las brasas—. Si peleas por los nuestros, tomas esa peña y a lo mejor matas a tu propio hijo sin verle la cara.
Si peleas por tu hijo, traicionas a los que cruzaron el mar contigo.
No hay salida buena. Solo hay la que puedas soportar después, si sobrevives.
Hilal pensó en callarse lo del lienzo norte.
Por un instante lo pensó: no decir nada, dejar que los otros jefes se estrellaran contra los muros buenos, que el asalto fracasara, que Velagra aguantara.
Pero era inútil y lo sabía. El punto débil estaba a la vista de cualquier soldado con ojos; si no lo veía él, lo vería otro al segundo día, y entonces, además de caer la peña, caería él por no haberlo señalado, y con él Yahya y los suyos.
No podía salvar Velagra callando. Solo podía elegir dónde poner su cuerpo cuando llegara la hora.
Y decidió lo único que le dejaba una rendija: pedir el mando del asalto por el lienzo norte.
Si entraban sus hombres y no los fanáticos, quizá, solo quizá, pudiera contener la matanza, salvar a quien se pudiera, llegar él primero a donde hubiera que llegar.
Era una esperanza miserable, la de meterse en el incendio para apagarlo con las manos. Pero era la única que tenía.
Aquella última noche, Yahya se sentó a su lado sin decir nada, le pasó un odre, y al cabo, mirando las luces de la peña, dijo lo único que un amigo podía decir: «Pase lo que pase mañana ahí arriba, yo estaré contigo.
No me preguntes de qué lado, porque mi lado eres tú.
Llevo veinte años a tu sombra y no voy a empezar mañana a entenderte; voy a empezar a seguirte, como siempre.
» Hilal no contestó, porque tenía la garganta cerrada, pero le apretó el hombro, y supo que, hiciera lo que hiciera al día siguiente, hubiera al menos una espada que no le preguntaría por qué.
Era poco. Era todo. Un hombre partido en dos bandos, con un solo amigo que ha decidido ser su único bando: a veces, en la frontera, eso era lo más parecido a la lealtad que se podía tener.
Hilal no durmió. Y al amanecer, cuando los jefes de la revuelta dieron la orden de empezar el asalto y señalaron, como él sabía que harían, el lienzo norte sin terminar, el punto débil de la obra inacabada, Hilal pidió, y le concedieron, llevar él aquel ataque, porque conocía el terreno.
Ninguno de los otros jefes entendió por qué el veterano pedía el puesto más duro.
Hilal sí lo sabía, y no se lo dijo a nadie más que a Yahya con una mirada.
Todavía no sabía qué iba a hacer cuando estuviera arriba, entre los suyos y los de ella.
Solo sabía una cosa: que cuando llegara, lo sabría, y que ya no habría vado al que volver.