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Cuarta parte · El asedio
El humo del sur tardó nueve días en convertirse en un ejército, y en esos nueve días Velagra hizo lo que llevaba veintinueve años ensayando sin saberlo: convertirse, toda entera, en una sola cosa.
Adosinda no convocó un consejo. Repartió tareas, que es lo que de verdad manda en una guerra.
Y al repartirlas vio, por primera vez con claridad, que cada uno de los pulsos que la habían desvelado durante treinta años, el pan contra la piedra, el hierro contra la herramienta, la espada contra todo, dejaba de ser un pulso en cuanto llegaba el enemigo: se volvía un engranaje.
La comunidad que tanto le había costado tejer se tejía sola ante el peligro, como se cierra una mano.
Los hombres de Teudila dejaron la obra fina y se hicieron, en días, obra de guerra: apuntalaron los lienzos flacos, cegaron con piedra las brechas viejas, levantaron un parapeto en el adarve de la torre inacabada, dispusieron montones de sillarejo en lo alto para arrojar.
Froila, cojo y todo, dirigía a una cuadrilla con una autoridad que a Teudila se le hinchó el pecho de ver.
La piedra, por fin, iba a hacer aquello para lo que se había empezado.
Munio metió los rebaños. Bajó del alto hasta la última oveja, las encerró en los corrales pegados a la muralla, y con sus pastores acarreó al recinto todo el grano de la vega, hasta la última espiga, vaciando los campos para no dejarle al enemigo ni una brizna.
Refunfuñaba, como siempre, pero trabajaba como tres, y cuando Adosinda le agradeció el grano, el ganadero la cortó con un gruñido: «No lo hago por la torre, señora.
Lo hago por que coman los míos cuando esos de ahí abajo nos quieran rendir por hambre.
Que es lo que harán. Un cerco no se gana matando.
Se gana esperando a que al de dentro se le acabe el puchero. »
Y ahí estaba la cuenta de verdad, la que Adosinda echaba de noche con Honorato y con el molinero: cuánto se aguanta.
El agua la tenían, gracias a Macario, gracias a las cisternas talladas en la roca que ningún sitiador podía cortar.
El agua no era el problema. El problema era el pan, y el pan dependía del grano almacenado y del molino.
Un molino de río, abajo, junto al agua, quedaba fuera de los muros y el enemigo lo tomaría el primer día.
Sin molino, el grano de Munio no era pan: era un montón de semillas que no se podían comer, y una peña con los graneros llenos podía rendirse de hambre a la vista de su propio trigo.
Así que Teudila, Quirico y el carpintero hicieron en tres días lo que en tiempos de paz habría llevado un mes.
Desmontaron parte de la maquinaria del molino del río, lo que se podía cargar, las piezas de hierro que Quirico no sabría rehacer a tiempo, y lo subieron a la peña a lomos y a hombros por la ladera.
Dentro del recinto, sobre la roca, montaron un molino de sangre: una muela de piedra que ya no movería el agua, sino los brazos de los hombres, empujando una barra en círculo, como las bestias de noria, dando vueltas y vueltas.
Teudila talló la solera y la volandera, las dos piedras, picándoles los surcos por los que sale la harina; Quirico forjó el eje y los herrajes; el carpintero hizo la barra y el armazón.
Era lento, era penoso, molía en un día lo que el del río molía en una hora, y dejaba a los hombres molidos a ellos también.
Pero estaba dentro, a salvo, y mientras hubiera grano y brazos para dar vueltas, en Velagra habría pan.
Lo probaron el último día, antes de cerrar la puerta, y cuando de la muela cayó la primera harina, blanca, fina, fruto de tres días de no dormir, los que lo vieron sintieron una alegría rara, casi feroz, porque acababan de fabricarse, con sus manos, el derecho a aguantar.
Quien controla el molino controla cuánto se resiste.
Lo habían aprendido en el hambre del año anterior. Ahora les iba la vida en ello.
Quirico, en la fragua, hacía la otra cuenta.
Ya no forjaba herramienta: forjaba puntas de lanza, refuerzos de escudo, herrajes para la puerta, reparaba las pocas espadas y cosía mallas viejas.
El hierro que durante años se había peleado con la obra ahora era todo para la guerra, y aun así era poco, siempre poco.
«Reza por que esto sea corto, maestro», le dijo a Teudila, «porque tengo hierro para empezar una guerra, no para terminarla. »
Y Sabina preparó la otra parte de la guerra, la que nadie quiere ver y todos necesitan: la de los que caen.
Convirtió la ermita en enfermería, hirvió lienzos, molió hierbas, alineó sus cuchillos y sus agujas y sus ungüentos con la calma terrible de quien sabe exactamente lo que va a tener encima en unos días.
La vieja sanadora, que en sesenta años había visto de todo, no se hacía ilusiones: sabía que en un asedio se muere más de gangrena que de hierro, y que llegaría un momento, si aquello se alargaba, en que ella, y no Ardón ni Teudila, tendría que decidir a quién se le gastaban las pocas vendas y a quién se le dejaba ir, y se preparó para esa decisión como se prepara un soldado para la suya.
Las mujeres acarrearon agua a las cisternas, repartieron el grano por escondites distintos para que un solo golpe no lo perdiera todo, prepararon a los niños.
Los muy pequeños no entendían y jugaban a la guerra entre los andamios; los mayores entendían demasiado y callaban.
Y por encima de todo, en aquellos nueve días, hubo en Velagra una cosa rara, casi serena, que Adosinda no esperaba: no pánico, sino una especie de aplomo sombrío, el de la gente que lleva treinta años sabiendo que este día llegaría y que, ahora que por fin llegaba, casi agradecía dejar de esperarlo.
Habían huido una vez, en Guadalete, en Toledo, en los caminos.
No iban a volver a huir. Esta vez tenían muros. Esta vez se quedaban.
Hubo, esos días, una discusión que a Adosinda le costó más que cualquier reparto de armas.
Su hijo, Gundemaro, que tenía dieciséis años, exigió un puesto en el adarve, con los hombres.
Ella se negó, con todas sus fuerzas, porque era su hijo, porque era lo único que le quedaba de su casa y de su sangre, porque si lo perdía a él se perdía todo, la corona, el derecho, el futuro, todo.
Pelearon. El muchacho le dijo que un señor que se esconde mientras su gente muere en el muro deja de ser señor, y tenía razón, la maldita razón de los dieciséis años, la misma con que ella, a su edad, le había dicho a su padre «¿quién mira el mar?
». Y Adosinda comprendió, mirándolo plantarle cara con los ojos negros de Hilal encendidos, que no podía hacerle a su hijo lo que ningún padre debe: quitarle el derecho a defender lo suyo para mantenerlo a salvo, criar a un cobarde por amor.
Cedió. Le dio un puesto, no en lo peor, pero un puesto, junto a hombres de Ardón que ella, en secreto, encargó de no perderlo de vista.
Y aquella noche, viéndolo afilar una lanza con la torpeza orgullosa de un mozo que juega a hombre, Adosinda rezó dos rezos a la vez, como en el embarazo: que su hijo se portara como un hombre, y que sobreviviera para arrepentirse de haberlo querido.
Y en lo más alto, los atalayeros. Velagra había sobrevivido siempre por verlos venir, y aquel verano los ojos de la peña no se cerraron ni de noche.
Al noveno día, al amanecer, el que velaba en la torre encendió no una columna de humo, sino tres, la señal que nunca se había encendido en veintinueve años, la que todos conocían y rezaban por no ver: no una aceifa. Un ejército.
Adosinda subió a lo alto de la torre inacabada y miró al sur.
Por la vega, levantando una polvareda que tapaba el horizonte, subía hacia la peña una columna como no se había visto desde Guadalete: jinetes, infantes, el brillo del hierro, los estandartes de la revuelta.
Cientos. Quizá más de mil. Venían a tomar la plaza fuerte de la frontera para asegurarse la retaguardia, y aquella plaza fuerte era su casa.
Bajó. Reunió a toda Velagra en el patio de la torre, bajo la gran bóveda que habían cerrado dos años antes, la que se sostenía sola sobre el vacío, y no les hizo un discurso, porque ya no eran tiempos de discursos.
—Ahí abajo viene lo que llevamos treinta años esperando —dijo—.
No os voy a engañar: son más, muchos más.
Pero ellos vienen a tomar una peña, y nosotros somos esta peña.
Ellos pelean por una retaguardia. Nosotros, por los hijos que tenemos detrás.
—Puso la mano en el sillar más cercano, la piedra fresca de la torre—.
Y tenemos algo que ellos no traen y no pueden traer: tenemos esto.
Treinta años de piedra bien puesta. Agua en la roca que no nos pueden cortar.
Muros que no se caen. Cerrad la puerta. Que empiece.
Cerraron la puerta de Velagra. El gran portón herrado por Quirico, atrancado con vigas, y detrás de él cuatrocientas almas, el grano de Munio, el agua de Macario, el hierro de Quirico y la piedra de Teudila. Fuera, la polvareda llenaba la vega. El asedio había empezado.