35
Adosinda subió a la brecha con la corona en alto, y lo que pasó entonces no lo olvidaría ninguno de los que sobrevivieron para contarlo.
Subió en lo peor del combate, cuando Ardón y su puñado de hombres se sostenían en el boquete por puro milagro, exhaustos, sangrando, a punto de ser desbordados.
Subió al adarve, a la luz de las antorchas y de los incendios, y levantó sobre su cabeza el aro de oro con su cruz y sus cuatro zafiros, para que lo vieran todos, los de dentro y los de fuera, y gritó, con una voz que sacó de no se sabe dónde, que aquello era la corona de los reyes, que aquella peña no era una aldea sino el último trozo del reino, y que el que cayera defendiéndola caía por algo más grande que su vida.
Teudila, abajo, en la brecha, con las manos despellejadas de arrojar piedras y un tajo en el brazo que no se había mirado, levantó la vista al oír aquel grito, y vio lo que no había visto en su vida: la corona que él mismo había vuelto a enterrar a oscuras un año antes, en lo alto de la muralla, ardiendo a la luz de las antorchas sobre la cabeza de la mujer a la que llevaba treinta años queriendo en silencio.
Y sintió, por un instante, por encima del cansancio y del miedo y de la sangre, una cosa absurda y enorme: orgullo.
No de la corona, que era oro de un reino muerto.
Orgullo de la muralla sobre la que ella la sostenía, de sus muros, de su piedra, que aguantaban en pie sirviéndole de pedestal a aquel oro y de escudo a toda aquella gente.
Treinta años de hiladas para esto, pensó: para que una mujer pudiera subirse a ellos en la peor noche del mundo y dar a su gente una razón para no morir.
Y gritó él también, sin saber qué gritaba, y los hombres de la brecha gritaron con él.
No sabía Adosinda si serviría de algo. Era un gesto, una última carta de una mujer acorralada.
Pero a veces los gestos, en el filo, deciden, porque los hombres no mueren por cuentas, mueren por cosas que brillan.
Los de Velagra, que se rendían por dentro sin decirlo, vieron el oro de un reino sobre su muralla y algo se les encendió, una furia última, y se rehicieron en la brecha con una fuerza que no tenían un momento antes.
Y los de fuera vacilaron, porque una cosa es asaltar una aldea de pastores y otra muy distinta encontrarse de pronto con que la peña que asaltas enarbola la corona de los reyes godos, y entre gente supersticiosa y cansada de una noche de asalto, esa vacilación de un instante fue una grieta.
Y en esa grieta entró lo que ninguno de ellos esperaba, lo que cambió la noche: la revuelta, abajo, se rompió.
Porque la guerra de los bereberes no era contra Velagra; era contra el sur, contra Córdoba, contra los señores árabes, y aquella noche, mientras una columna se desangraba contra una peña que no caía, llegó la noticia, por los mismos caminos por los que llegaba todo, de que las cosas grandes habían cambiado lejos de allí: que se acercaban tropas, que la revuelta necesitaba sus hombres en otro sitio, que perder una noche más y cien hombres más en una peña de la frontera era un lujo que la rebelión ya no se podía permitir.
Los jefes que mandaban el asalto, los jóvenes fanáticos, recibieron la orden de levantar el cerco y acudir al sur.
Y un ejército que duda ante una corona y que recibe orden de marcharse, se marcha.
Al amanecer, la vega estaba vacía. Se habían ido, dejando sus muertos y sus máquinas y el silencio.
Velagra, maltrecha, con una brecha abierta en el lienzo norte, con la mitad de sus hombres muertos o heridos, con los graneros casi vacíos, seguía en pie.
Había aguantado. La piedra había aguantado.
La obra de treinta años había hecho, en una sola noche, todo aquello para lo que se había empezado: había mantenido vivos a los que estaban detrás.
No hubo gritos de victoria. La gente fue saliendo despacio de donde se había refugiado, parpadeando a la luz gris del amanecer, y lo que había en sus caras no era alegría, sino el asombro mudo de los que no esperaban seguir respirando.
Fueron por la peña recogiendo a los suyos: a los muertos, para enterrarlos; a los heridos, para llevárselos a Sabina, que llevaba dos días y dos noches sin dormir y siguió otro más, cosiendo y cortando.
Quirico estaba vivo, con una mano destrozada que no volvería a sujetar bien un martillo, de modo que el herrero que había armado la defensa salía de ella sin poder ya forjar, y tendría que enseñar a otro lo que él ya no podría hacer, que es la peor de las heridas para un artesano: sobrevivir a las manos.
Froila estaba vivo, negro de humo, ronco de gritar órdenes, y aquella noche, en la brecha, dirigiendo a hombres el doble de viejos que él, había terminado de hacerse maestro de un modo que ninguna bóveda le habría dado.
Munio estaba vivo, había salvado el grano y la gente.
Honorato estaba vivo, con sus papeles, que también habían combatido a su manera.
Eilo estaba viva, había pasado el cerco acarreando agua y vendas y piedras al adarve como todas las mujeres, y cuando se reencontró con Froila al amanecer, los dos negros de humo y de sangre ajena, no se dijeron nada, solo se agarraron las manos un momento, y fue la primera vez que se las agarraron como lo que ya eran, dos personas mayores que se querían, y no como los niños que se cambiaban un pájaro por una espiga.
Pero faltaban muchos, y al hacer la cuenta, esa cuenta terrible que se hace después de toda batalla, contando las caras que ya no están, Velagra entendió que había sobrevivido, sí, pero que había pagado por sobrevivir un precio que tardaría una generación en reponerse.
Enterraron a sus muertos durante tres días, sin parar, en la falda de la peña, hasta que el camposanto que habían abierto el primer invierno con siete tumbas se llenó de cruces nuevas, y Velagra fue, después del cerco, un pueblo con más muertos bajo su tierra que los vivos que la pisaban, que es, al final, lo que es todo sitio donde de verdad ha vivido gente.
Y el precio mayor tuvo un nombre.
A Ardón lo encontraron en la brecha, cuando se hizo de día, entre los sillares rotos del lienzo sin terminar, en el único sitio de toda Velagra donde la piedra no había estado puesta.
Había aguantado allí toda la noche, tapando con su cuerpo el boquete que la obra no había llegado a cerrar, y allí se había quedado, con la espada todavía en la mano, con la cara vuelta hacia el sur de donde venía el enemigo, como había estado siempre.
Lo rodeaban sus muertos, los suyos y los del otro bando, un montón de hombres caídos en aquel paso estrecho que él había defendido hasta el final, hasta que la brecha dejó de ceder porque dejó de haber por dónde, tapada con carne como había dicho que habría que taparla.
Tenía heridas que no se había parado a mirar, de horas atrás, peleando con ellas, porque un capitán que se cura en la brecha abre la brecha.
Se había muerto de pie, o casi, apoyado en un sillar roto, mirando al sur, y le habían tenido que abrir los dedos uno a uno para quitarle la espada, que no soltaba ni muerto.
El veterano de Guadalete, el que cruzó aquel puente la tarde en que se acabó un mundo y que treinta años atrás, en una hoguera, le había dicho a un cantero asustado que la cuestión no era el puente que cruzabas sino si ibas a saber quedarte quieto en un sitio y defenderlo en vez de correr hasta el mar, había muerto haciendo exactamente eso: quedándose.
No había corrido hasta el mar. Se había quedado en su peña, en su sitio, defendiéndolo, treinta años después de prometérselo a sí mismo junto a un fuego.
Lo único que la piedra no pudo salvar, en toda aquella peña, fue al hombre que se plantó en el sitio donde aún no había piedra.
Teudila lo miró largo rato, en la brecha, al amanecer.
Y comprendió, con una claridad amarga que ya no se le iría, la verdad entera de todo lo que le habían enseñado sus maestros muertos.
La piedra dura. Los hombres, no. Habían levantado treinta años de muros que aguantaban, y un hombre los había salvado muriendo en el único hueco que les faltaba por levantar.
Esa era la cuenta. Esa era toda la cuenta.
—Hay que cerrar la brecha —dijo Munio a su lado, ronco, vivo, sucio de toda la noche, el ganadero gruñón que había sobrevivido salvando el grano y la gente—.
Antes de que vuelva nadie. —Y luego, mirando el cuerpo de Ardón, añadió, en voz muy baja, lo más parecido a una oración que sabía decir—: Ciérrala bien, maestro. Que este no tenga que volver a taparla.